En 1986 yo tenía tres años. Crecí en un mundo que no tardó en acostumbrarse y normalizar de manera asombrosa la situación un tanto crítica que nos dejó a todo ser viviente el accidente ocurrido en abril de aquel mismo año en la central nuclear Vladímir Ilich Lenin, más conocida por todos como la central de Chernóbil. La explosión de uno de sus reactores provocó el peor accidente nuclear de la historia y uno de los mayores desastres medioambientales acontecidos en nuestro ya de por sí maltratado planeta. El problema, 33 años después, sigue sin tener una solución realmente efectiva. La zona cero es todavía un lugar inaccesible para cualquier forma de vida, la radiación afecta incluso a robots y maquinaria compleja. Para ganar tiempo se han construido sarcófagos de contención que consiguen retener gran parte de las partículas radiactivas que tras la explosión fueron arrojadas a la atmósfera y repartidas al capricho del clima por buena parte del continente europeo. El último de esos sarcófagos terminó de construirse en 2017. Al parecer, su vida útil es de unos cien años, por lo que, si pasado ese tiempo no se ha conseguido desmantelar la vieja estructura y extraer el material radiactivo, habrá que construir otro más grande, y así sucesivamente. Pero como decía, el mundo siguió girando y fueron otros los problemas que reclamaron nuestra atención y no ese monstruo de Frankenstein que se rebeló contra su creador y acabó encerrado tras gigantescos muros de plomo y hormigón.

Aun así, a pesar de la política de silencio y manipulación que la vieja URSS impuso con el fin de ocultarlo al mundo, el hecho encontró el eco suficiente para no ser olvidado, y lo hizo más allá de las voces de grupos ecologistas y de fervientes anticomunistas. Decenas de libros, documentales, canciones o películas han mantenido viva la memoria de la catástrofe. Por otra parte, es innegable que también ha sido fuente de inspiración predilecta para la ciencia ficción en cualquiera de sus expresiones, sin olvidarnos de los videojuegos. El mundo postnuclear es un escenario tan atractivo como terrorífico. La radiación, las mutaciones, el apocalipsis en la Tierra brindan unas posibilidades poco menos que infinitas de criaturas, conspiraciones y futuros distópicos, un caramelo irresistible para cualquier guionista. Aunque una vez más, es la realidad la que ha superado a la ficción. O al menos la que se ha impuesto como material artístico por su capacidad de penetrar en el espectador y hacer que este asista a un horror que quizá conocía de oídas pero que ahora puede sentir como si lo hubiese vivido. ‘Chernobyl’ es una miniserie de cinco episodios que se ha convertido casi por unanimidad de la crítica, y con un enorme beneplácito de la audiencia, en la última obra maestra de factoría HBO. Lo que es del todo comprensible. Según su creador, Craig Mazin, para lograr la máxima fidelidad a los hechos ocurridos necesitó indagar en multitud de archivos, testimonios y documentos que le ayudasen en la elaboración del guion. Una de las fuentes que más ha aportado al resultado final ha sido el libro ‘Voces de Chernóbil’, de Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura en 2015, en el que se recopilan testimonios de al menos noventa personas afectadas de manera directa por el desastre e ignoradas por el gobierno ucraniano. El valor documental se fortalece gracias a un trabajo técnico impecable que recrea la atmósfera opresiva de los últimos años de la Unión Soviética, así como la impotencia y las nefastas consecuencias que sufrieron en carne propia héroes, víctimas y verdugos.

Podría mencionar la genialidad de sus diálogos, las sobresalientes interpretaciones de sus actores, la maravillosa fotografía o el espectacular trabajo de dirección, pero no creo que descubra nada nuevo que no se haya dicho ya a estas alturas. Sin embargo, me gustaría destacar un elemento que por su minimalismo tal vez haya pasado desapercibo, pero que sin duda ha sido crucial en la tarea de tensionar y hacer partícipe de la hecatombe al espectador. Me refiero a la banda sonora, a cargo de la compositora islandesa Hildur Guðnadóttir. Melancólica, cruda, precisa, tonalmente fría al igual que las imágenes que nos desgarran. Casi no se percibe, o eso parece, y por eso es perfecta. Una pieza maestra que lubrica un engranaje en el que, pese al pesimismo dominante, todo armoniza y en el que los únicos excesos manifiestos son los relativos a la realidad.

Habrá quien resalte alguna que otra imprecisión histórica, o incluso quien la tache de panfleto de propaganda yanqui. La verdad es que la serie golpea duro contra una Unión Soviética en descomposición que no puede permitirse más derrotas frente al bloque capitalista. Con el paso de los años, Mijaíl Gorbachov, el último de los líderes de la desaparecida URSS, reconoció que el accidente nuclear de Chernóbil propició la caída y disolución del régimen comunista. Política aparte, la calidad técnica, artística y documental está fuera de toda discusión. ‘Chernobyl’ es una oportunidad única de acercarse a la tragedia y comprender cuáles fueron sus causas y cuáles las consecuencias de una gestión irresponsable ante una de las peores crisis de la humanidad. Un relato de alto nivel, riguroso y necesario.