Hay momentos en los que la vida nos pone a prueba. Situaciones que hacen que la realidad se vuelva insoportable. Situaciones para las que no nos sentimos preparados. El amor, la enfermedad, la muerte o el futuro pueden hacer que nos replanteemos nuestra propia existencia y que, presa del pánico, reaccionemos como nunca creímos que pudiésemos hacerlo. Constantemente estamos expuestos a sufrir ese estado de incertidumbre, ante el cual, unos se verán sobrepasados, indefensos, sin fuerzas para plantar batalla a ese golpe repentino; otros, sin embargo, se descubrirán a sí mismos como seres valientes, dispuestos a luchar más allá de sus fuerzas contra lo que sea que venga. Quizás, la diferencia entre unos y otros resida en tener a una persona al lado, peleando junto a ellos, soportando el mismo peso, curándoles las heridas. Tal vez sea ese apoyo ilimitado, garante del éxito mediante la comprensión y la compañía, lo que marca la diferencia. Porque una cosa es cierta: las desdichas son menos amargas cuando son compartidas.


Con toda naturalidad, sin pretensiones de partirte el alma, el historietista suizo Frederick Peeters nos da una lección sobre qué es el amor sin indigestarnos a base de azúcar. Píldoras azules (Pilules bleues, 2001) es una historia autobiográfica en forma de cómic -o novela gráfica, según gusto de estilo- en la que el autor nos cuenta cómo conoció a Cati, y a su pequeño de tres años, y cómo ambos iniciaron su relación. En pleno enamoramiento, Fred se entera de la dura realidad: Cati y su hijo son portadores del VIH. Comienza con ello una nueva etapa que requiere una manera distinta de entender las cosas. Una manera en la que el miedo y las dudas, tan lógicas como humanas, queden relegadas a un segundo plano, sustituidas por el cariño. Fred y Cati, y por supuesto su hijo, muestran en cada instante una entereza y una serenidad a menudo inconcebibles.

Es tal la normalidad con la que encajan el día a día, que la enfermedad, aunque no deja de estar presente, queda lejos de acaparar el protagonismo de la historia. Píldoras azules no es un drama sobre la dura vida de una persona seropositiva. Ni Peeters tuvo esa intención al escribirlo, ni el lector siente ningún tipo de compasión ante sus personajes; porque no la necesitan. Todo lo contrario. Resulta abrumadora y digna de admiración la fortaleza y las ganas de vivir que desprenden en cada página. Enardece ver cómo la pasión y la devoción mutua consiguen plantar cara a la terrible coyuntura. The power of love, que diría alguno.

Aun con eso, Fred y Cati no son seres extraordinarios. Ellos también sufren, o se enfadan o se sienten culpables -Cati, por haberle traspasado la enfermedad a su hijo, por ejemplo- pero juntos forman un gran equipo. Se siente su amistad. Sus gestos, sus expresiones y sus diálogos irradian complicidad. Nos hacen testigos directos de la lucha diaria, de sus dificultades, pero también de todos esos momentos entrañables cargados de afecto y ternura, que sin olvidar el buen humor, consiguen que nuestra empatía aflore evidenciando que, junto a ellos, también estamos aprendiendo. Sin artificios, sin más romanticismo que el de la propia realidad, que no es poco. El miedo va desapareciendo y la tristeza se va echando a un lado, apartada -para quien aún no se haya enterado- por los sentimientos de un amor férreo y sincero. Porque al fin y al cabo, esto es una historia de amor.

Píldoras Azules cómic - Maldita Cultura Magazine

Píldoras azules. Frederik Peeters, 2001.

Peeters dibujó cada viñeta, cada página, directamente a tinta, sin repasar bocetos hechos anteriormente a lápiz. Una técnica algo arriesgada, pero con la que logró -como se puede comprobar- un magnífico resultado. En un cómic en el que se nos habla de sentimientos es fundamental mostrarlos, hacerlos creíbles, y ese trazo expresionista ayuda. Peeters logra algo que no es en absoluto fácil de conseguir: transmitir lo cotidiano, lo íntimo.

Bajo una apariencia de engañosa sencillez, se esconde un dibujo bastante más complejo de lo que en principio pudiésemos imaginar. Llenos de detalles y muy expresivo. Con moderadas incursiones en el terreno del surrealismo, como en algún que otro pasaje onírico. Evocaciones que materializan los pensamientos y las sensaciones del autor y de los personajes. Aparecen muy de vez en cuando, alternándose con el resto de la realidad que transcurre, y es un verdadero placer toparse con ellas. Otorgan una bonita profundidad y dinamismo a la historia, apoyado por la carencia de líneas rectas. Una verdadera obra de arte.

No es de extrañar que Píldoras azules obtuviera el premio Jules Töpffer de la Villa de Ginebra (2001); y que también fuese nominada al premio Alph’Art al mejor álbum en el Salón Internacional del Cómic de Angoulême (2002), y a la mejor obra extranjera en el Salón Internacional del Cómic de Barcelona (2005). Con 27 años, Frederik Peeters se había convertido en un historietista reconocido que deslumbraba con su talento. Una joven promesa con un estilo personal a la que convertirían en realidad sus posteriores trabajos. LupusRGAama dan buena cuenta de ello. Sin duda, uno de los grandes artistas de nuestro tiempo, cuya propia vida le inspiró a realizar, en apenas tres meses, su obra más relevante y conocida.  

Píldoras azules es un cómic honesto, sensible -que no sensiblero-, que huye del dramatismo y de la sobreactuación. Sin víctimas ni estereotipos. Un clamor contra los miedos y prejuicios. 

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