Pájaro sigue sobrevolando las tierras de España, oteando desde las alturas la grande, sola y desierta llanura sobre las que resuenan ecos de cornetas cofrades y silbidos italoamericanos, y alzando la voz de entre los jinetes del pueblo que galopan escapando de las sombras.

Aferrando el célebre presagio salido de la mente de Stan Lee, “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, la banda sevillana -parapeto musical de Andrés Herrera, Paco Lamato y Raúl Fernández– no ha tenido miedo de la responsabilidad que conlleva haber firmado dos grandes discos en sus dos primeras apariciones discográficas. Y confirman su estado de gracia con Gran Poder, álbum que cierra la trilogía, y con un directo de los que perduran en las retinas y tímpanos de cada uno de los afortunados asistentes a su ceremonia de ‘Sagrario y Sacramento’.

En Gran Poder, Pájaro ha crecido en lírica y expandido un universo trazado con tiralíneas sobre los cimientos de una idiosincrasia forjada por la herencia cinematográfica paterna y el poso cofrade de esa ciudad única, la ambigua Híspalis, capaz de concentrar lo mejor y peor de la humanidad a lo largo de una (no figurada) depresión.

Con la sombra alargada que precede a los cowboys se presentaba Pájaro en la Sala Boogaloo de Cáceres. De la mano de Piñata Productions y con una sala abarrotada, la banda en formato completo -tres guitarras, bajo, batería y trompeta- desgranó en forma de sudor y rock and roll la mayoría de perlas que adornan su discografía. En ella, se imbrican la esencia rock del medio oeste, el polvo de la diligencia de John Ford, los silbidos de la Trilogía del Dólar de Leone, Morricone y Eastwood, el deje sevillanizado de las películas de Mastroianni, las cornetas que mecen con swing al paso de Los Panaderos y las inevitables vivencias musicalizadas junto a Silvio, Kiko Veneno o los hermanos Amador.

Así, revisitaron su corta pero disfrutada discografía en casi dos horas de rock y puro sentimiento, en las que desbordaron tante parole -‘Guarda Che Luna’, ‘Viene Con Mei’, ‘Perchè’- como acordes instrumentales -‘Santa Leone’, ‘Costa Ballena’-. Dos horas en las que no olvidaron a los siempre olvidados -‘Los Callados’- y que cerraron de manera magistral con un encore de ‘Apocalipsis’ (canción que eriza el vello y la imaginación, fabricada para ilustrar alguna creación de Tarantino, aunque el de Tennesse aún no lo sepa) y la, aún más en directo, frenética versión del clásico ‘A Galopar’.

Y así, galopando, Pájaro abandonó Cáceres para perderse entre los pedregales de la llanura y a lomos de su música dejar atrás las luces rojas del atardecer…