Hablemos de los genios. Mujeres y hombres destacables por su potencial sobrehumano para la creación. Admirados y envidiados por el resto de los mortales. Temidos por una minoría, esos pocos que acaparan mayores cuotas de poder, cosas de la competencia. Los genios, tan necesarios como milagrosos. La historia está plagada de ellos, unos pocos conocidos y otros muchos por descubrir. Nadie sabe de dónde salen, si se convierten, si nacen. Dice la leyenda que existe una fórmula presente en todos ellos. Una combinación más o menos compensada de talento y esfuerzo. De eso está compuesto un genio: trabajo y aptitud. Pero hay quien dice que esta fórmula no es del todo infalible. A veces, personas con capacidades latentes no terminan de florecer, o ni siquiera llegan a germinar. Es entonces cuando se recomienda añadir un ingrediente más. Unas gotas de locura. Ya solo queda que la suerte y el azar remuevan estos elementos a su antojo y, si la leyenda es cierta, se engendrará el próximo elegido, cuya misión, al igual que la del resto, consistirá en hacer uso de su luminiscencia para que podamos ver con un poco más de claridad las noches de nuestra existencia. Hablemos de ellos, de los genios. Hablemos de Daniel Johnston.


Daniel Johnston quiso ser artista. Nació hace 54 años en Sacramento, California, en el seno de una familia cristiana fundamentalista. El menor de cinco hermanos. Su padre, piloto de combate de la Segunda Guerra Mundial, su madre, protagonista involuntaria de las extrañas y desconcertantes películas caseras que el jovencísimo Daniel rodaba a todas horas en Super-8. Pasó casi toda su infancia y adolescencia en New Cumberland, en Virginia Occidental, donde la familia se trasladó cuando Dan era todavía un niño. Fue allí, en el sótano de aquella casa, donde dio rienda suelta a su creatividad. Junto a aquellos insólitos cortometrajes, grabó también cientos de cintas de casete a modo de diario, registrando mediante una voz aniñada y nerviosa sus pensamientos y experiencias, convirtiendo su vida en un performance continuo e incomprensible para el resto de la familia, sobre todo para su madre, que como buena madre ultracatólica, asistía atónita, sin entender nada, a su particular versión del “mamá, quiero ser artista“.

Admirador devoto de los Beatles, Daniel encontró en la música un magnífico medio de expresión. Un medio que combinaría a la perfección con su primera gran pasión: el dibujo. Daniel Johnston es un prolífico y exitoso dibujante, al igual que un excelente compositor de canciones. Es un genio; y también es un enfermo mental. Su diagnóstico dice trastorno bipolar y esquizofrenia, dolencias que no han impedido una productiva carrera como artista, tanto en lo musical como en el arte del dibujo. Con nueve años ya componía piezas para películas de terror con un pequeño piano. Descubriendo, experimentando. Poco después comenzó a grabar sus propias canciones en el sótano de su casa reconvertido en un estudio de grabación. Aquellas cintas, que siempre regalaba, llevaban los personajes de sus dibujos como portada. Joe el Boxeador, Casper el fantasma amigable o la rana Jeremías son, junto al Capitán América o Hulk, algunos de los superhéroes encargados de ayudarle en su lucha contra el Maligno. Temas y motivos recurrentes, al igual que las letras de sus canciones. Ambas disciplinas son un reflejo perfecto de la tormentosa, y a la vez inocente, mente de Daniel.

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Joe el boxeador y el Capitán América. Dibujos de Daniel Johnston.

Tras el instituto, pasó un breve tiempo en la Universidad Cristiana de Abilene, Texas. Aquella experiencia sacó a la luz, por primera vez, esos problemas psicológicos que más tarde se manifestarían con mayor intensidad. Deprimido, con problemas de personalidad y de adaptación, sus padres decidieron sacarle de aquel centro religioso del saber y traerle de vuelta a casa. Después de pasar una temporada con los suyos, Dan, parecía haber vuelto a la normalidad, por lo que regresó a la universidad, pero esta vez para estudiar arte en la Universidad de Kent, en Ohio. Allí conoció a Laurie Allen, compañera de clase de la que se enamoró perdidamente. Daniel, como artista, necesitaba una obsesión, algo o alguien a quien perseguir. Laurie se convirtió en su musa. Gran parte de la producción musical de aquellos años -y posterior- tiene como referente directo el amor no correspondido que Daniel sentía hacia Laurie. Algunas de sus primeras maquetas como Song of Pain More Song of Pain están dedicadas casi por completo a ella. La historia de amor con Laurie terminó cuando ésta se casó con el propietario de una funeraria. Puro simbolismo de manual.

En Kent, Daniel continuó con su propio estilo de vida, desordenado y siempre creativo. Dibujando, componiendo y grabando canciones, persiguiendo a Laurie con su cámara. Sus padres vieron poco menos que imposible que Daniel consiguiera graduarse algún día, así que decidieron enviarle a Austin, a la capital de Texas, donde pasaría una temporada con su hermano. Allá donde iba, montaba su estudio de grabación. Nunca paró de tocar y grabar su música, aunque no siempre se sintiera cómodo del todo. La personalidad de Daniel tensaba y dificultaba la convivencia, sobre todo para él mismo, por lo que tras pasar algún tiempo con su hermano, y más tarde con su hermana, se compró una moto y se fugó con una feria ambulante durante varios meses. Finalmente, después de algunas aventuras y muchas decepciones, la feria regresó a Austin, y Daniel regresó con ella. Para poder vivir se buscó un trabajo como empleado de McDonald’s, actividad que compaginaba con el esfuerzo incansable que dedicaba a regalar, promocionar y difundir la grabación de aquella cinta que le impulsaría por fin hacia la fama. Su trabajo discográfico más conocido y aplaudido: Hi, How Are You? 

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Daniel Johnston. Imagen: Deb Pastor.

Aquella grabación acabó en manos de amigos y conocidos, pero también de músicos y de alguna que otra discográfica. En 1985, el canal de moda por aquella época, la MTV, celebró un programa especial en Austin. La ciudad enloqueció. Artistas conocidos tocarían su repertorio junto a muchos otros artistas locales. De alguna manera, Daniel, que había sustituido el piano por una guitarra que apenas sí sabía tocar, se coló entre los demás artistas y dio su primer concierto televisado, nada menos que a través del canal musical más visto de la historia. Su sueño comenzaba a tomar forma, a hacerse realidad, precisamente interpretando una canción propia titulada I Live My Broken Dreams. Su estilo, tono, e incluso su aspecto, recuerdan vagamente al Bob Dylan más joven y entusiasta. Un año después llegó la polémica. Daniel se había vuelto muy popular y comenzó a ganar premios como el de mejor compositor o mejor artista folk del año, en Austen, una de las ciudades con mayor número de cantautores profesionales de todo Norteamérica. La tradición nunca se ha entendido bien con el boom mediático. Además, para muchos, Dan era una persona extraña, desequilibrada, una bomba de relojería que estaba a punto de estallar.

Poco después empezó a consumir marihuana, a experimentar con LSD, y con ello se manifestó la segunda gran obsesión de su vida: el Diablo. Fruto de una educación fundamentalista religiosa, el temor infundido desde su niñez hacia Satanás como fuente eterna de todo mal, hizo que Daniel se convirtiera en una especie de predicador cristiano que veía señales de influjo demoniaco en cualquier parte. Su obsesión llegó al punto de agredir físicamente a su manager. Tras varios episodios de delirios y paranoias, su familia y amigos optaron por ingresarle en un hospital psiquiátrico. Cuando le dieron el alta, su padre lo trajo de vuelta en su avioneta a su antigua casa de Virginia, donde pasó algún tiempo totalmente medicado y alejado de la música.

A pesar de todo, Johnston se había vuelto bastante conocido entre los músicos del underground americano de finales de los ochenta. Estableció contacto con gente de Sonic Youth o de Glass Eye, abriendo algunas actuaciones para estos últimos. Su lugar ahora estaba en New York, donde acudía siempre que podía para asistir a conciertos, a fiestas, para promocionar sus trabajos e incluso para tocar cuando la ocasión lo permitía. El músico Jad Fair, de Half Japanese, amigo y admirador suyo, le invitó a pasar unos días en su casa. De aquel encuentro salió It’s Spooky, un disco grabado por Jad y Daniel en una única y efusiva sesión. Dan estaba viviendo la materialización de su sueño. Se estaba convirtiendo en un artista reconocido con todo lo que ello conllevaba. A medida que crecía su fama, también lo hacía su enfermedad. El descontrol de la medicación y las experiencias vividas estaban convirtiendo a Daniel en un maniaco depresivo con delirios de grandeza. Veía al demonio por todos lados. Él trataba de advertir a quien se cruzaba en su camino de los peligros y las maldades que Satanás tenía reservado a todo aquel incauto que no supiera leer las señales. Cuando le llegó la hora de regresar a casa, una partida motivada más por la preocupación de sus amigos que por su propia voluntad, Daniel se escapó y vagó por la ciudad descontrolado, hasta que finalmente fue detenido por la policía, para acabar de nuevo ingresado en el hospital psiquiátrico.

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Daniel Johnston. Imagen: Peter Juhl, 2010.

El fenómeno Daniel Johnston iba en aumento, seguía vivo, a pesar de no encontrarse en su mejor momento personal. Los premios de la música regresaron a Texas y Daniel fue invitado para una actuación. Su padre, aunque desconfiaba de su estado, se ofreció a acompañarle y juntos fueron hasta Texas volando en la pequeña avioneta que él mismo pilotada. Cuando iba medicado, Daniel, no era capaz de recordar bien las canciones. Por eso, cada vez que tenía que tocar en directo abandonaba temporalmente la medicación. Aquella noche no se le olvidó ninguna letra. El público enloqueció mientras pisó el escenario. Fue todo un éxito, lo mejor de la noche. Habría sido un día perfecto si no fuera porque Daniel sufrió una crisis de regreso a casa y estrelló la avioneta con su padre y él dentro. Daniel creía ser Casper, el fantasma amigable. Contra todo pronóstico, Daniel y su padre salieron vivos y de una pieza del aparatoso accidente, pero ya nada sería lo mismo para Dan. Sus padres se mudaron a Texas para vivir con él y velar de cerca por su salud. Con una medicación mucho más controlada, Daniel perdió del todo su independencia.

Y entonces ocurrió el milagro. El empujón definitivo hacia el estrellato se lo dio el líder de una banda que plantó cara -en lo que a venta de discos se refiere- a los mismísimos Guns N’ Roses. Kurt Cobain apareció en una serie de entrevistas y fotografías vestido con una camiseta en la que se reconocen los ojos saltones de Jeremías, la rana que nos saluda en la portada del disco Hi, How Are You? De repente, todo el mundo empezó a preguntarse quién era ese tal Daniel Johnston y por qué el líder de Nivarna lo llevaba impreso en su camiseta. También se lo preguntaron las grandes discográficas, que enseguida vieron un filón por explotar. De la noche a la mañana a Daniel le llovieron contratos millonarios. Pero él no lo pondría nada fácil. Su obsesión con el demonio le haría rechazar un contrato de más de 100.000 dólares con la discográfica Elektra. El que también fuera la discográfica de Metallica confirmaba sus sospechas de que estaba negociando con representantes de Satán, así que, temiendo incluso por su vida, decidió romper con cualquier acuerdo. Finalmente fichó con Atlantic Records, con la que grabó un único disco llamado Fun. Apenas se vendieron seis mil copias. Tras semejante fracaso comercial, la propia discográfica decidió romper el contrato. Pero Daniel no entiende de contratos ni los necesita. Hoy en día, en sustitución de su anciano padre, es su hermano quien le acompaña y le cuida, ejerciendo al mismo tiempo las labores de manager.

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Daniel Johnston. Imagen: Peter Juhl, 2010.

No hay duda de que Daniel Johnston es un Genio, con mayúscula. Tiene una veintena de discos grabados, ha dado conciertos por medio mundo, sus dibujos han sido expuestos en galerías y museos de arte en varias ciudades de América y de Europa, también tiene publicado un libro que recoge toda su producción visual –Daniel Johnston by Daniel Johnston (Sexto Piso, 2014)- así como varios libros de historietas, existe una ópera rock basada en su música titulada Speeding Motorcycle, y un premiado y más que recomendable documental sobre su vida: The Devil and Daniel Johnston, dirigido por Jeff Feuerzeig; hasta existe un videojuego basado en sus personajes. No es de extrañar que entre sus admiradores se encuentre figuras de la talla de David Bowie Matt Groening. Más de 150 artistas han tocado sus canciones: Pearl JamBeckWilcoTom Waits, entre muchos otros. Así que ¿qué duda cabe?

Daniel Johnston quiso convertirse en mito y lo ha conseguido. Su arte es sincero, a veces doloroso. Pocos artistas han sabido transmitir con tal precisión la fragilidad de los sentimientos. Conmueve su incansable lucha por arrojar luz a un mundo de tinieblas. Un mundo del que no puede escapar. Cabría preguntarse hasta qué punto su enfermedad tiene que ver con todo esto. Hasta qué punto es consciente de su propia realidad. Si al principio decíamos que para ser un genio, aparte de talento y esfuerzo, también se necesitaba esa pizca de locura, basta conocer a Daniel Johnston para replantearse si su enfermedad, precisamente, no está jugando en su contra. Si no es un obstáculo más que una ayuda. En palabras de su amigo y guionista de cómics Harvey Pekar: “Daniel Johnston no es grande porque tiene trastorno bipolar, sino a pesar de ello.” Y es que no es difícil imaginar lo complicado que debe ser encarar un proceso creativo bajo medicación y con la mente nublada. Eso sin contar con todo el tiempo perdido que ha pasado ingresado o recuperándose de alguna de sus crisis. Por eso, podemos decir sin temor a equivocarnos que Daniel Johnston es un genio, a pesar de todo.

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