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No solo vuelan los pájaros

Son las ocho de la tarde, solamente dispongo de dos horas para salir de aquí con la mente orgásmica hundida en esa parte líquida que posee la interrogación.

Detrás, dejo pedazos de piel en el amor que adornan las aceras, las fuentes, el viento que se mece en el espacio de los labios de dos desconocidos. Parte de mi sombra queda petrificada en cada esquina mordida por las encías de esta ciudad.
Delante, justo a un paso de mis ojos, miles de años están concentrados en una jaula artística, viejo baúl que guarda la placenta y los huesos de una vida.

Entro decidido con el entusiasmo de un niño por encontrarme con aquello que había leído tiempo atrás. Todo y todos habían dormido en mi cabeza con una postura y una mueca equivocada, pero ahora la realidad regalaba la imagen perfecta y me hacía sangrar como sangran las rocas cuando son lamidas por la espuma del océano.
Debía encontrarme con aquella mujer desgastada con la mirada de millones de personas, y allí está, esa mimo griega sin salario deseaba tanto como yo fundirnos en un abrazo que nos hiciera desaparecer, átomo a átomo en un instante de luz ciega, pero sus brazos semivacíos carecían de dolor y sensibilidad en las yemas de sus dedos, que hoy descansan en una profundidad amarga y solitaria.

Allí, en el otro extremo, sobre una balsa con cabellos serpenteantes, permanecen inmóviles los quince supervivientes de un naufragio, condenados a la soga de la desesperanza y una frase serigrafiada en sus cerebros “Dormir junto a la muerte es morir a escondidas”. Sus rostros rotos de hambre y delirio se balancean entre carne en descomposición que imploran a un Dios sordo de plegarias.

Mire donde mire, me dirija donde me dirija, siempre hay algo o alguien que me detiene con un interrogante incontestable, como ese inacabado esclavo moribundo, un pezón al desnudo que porta una bandera con absoluta libertad o un código al que le sobran ojos y dientes.

Aunque tú, tu eres la reina de corazones de esta jaula. Da igual mi ubicación, tus retinas parecen que me persiguen como si estuvieras atenta a cada uno de mis movimientos en falso, por siempre jamás con esa sonrisa periférica, alegre pero a la vez mustia como hojas en el preámbulo del otoño. Pienso en lo cansada que debes estar de tantas personas examinando tu cuerpo e intentando averiguar quién eres realmente, a mí me vale con haberte contemplado desde la lejanía y sin poder hablarnos.

Escondido entre tantos siglos y milenios de diferencia he olvidado mi propio tiempo. Llevo casi dos horas aquí dentro y van a cerrar, así que vuelvo a salir por donde he entrado. Detrás, dejo esta jaula llamada Museo del Louvre. Delante, comienzo a recoger los pedazos de piel en el amor que adornan las aceras, las fuentes, el viento que se mece en el espacio de los labios de dos desconocidos, a reencontrarme con mi sombra mordida por las encías de esta ciudad llamada, París…