Imagen de cada sección

Encuentros en la tercera frase

Frente a él, la estantería presentaba una rendija estrecha pero insondable cuyo fin se hallaba mucho más lejos que el marcado por el tablón de conglomerado. Aquel agujero se le antojó definitivo. La vida podía definirse como un juego de lugares llenos y vacíos. Su transcurrir no es más que un desplazamiento de arena que deja relojes huecos a su paso. A veces el vacío se asocia a la pérdida —la muerte de un ser querido, un amor malogrado—; a veces es la señal certera de que la vida se abre camino —el vientre de una madre que queda desierto tras el parto—. El vacío es en ocasiones permanente —el cerebro desmemoriado de un demente—; en otras fugaz —como el que se siente en la boca del estómago cuando el coche salta un badén inesperado—.

Que algo malo había de sucederle ese día, Martín lo supo desde el mismo momento en que pidió su granizado de manzana en su terraza favorita. Lo pedía con la misma pasión durante una mañana atorrante como aquella como en pleno aguacero de noviembre. Eso sí, solo recurría a esa bebida y a ese sabor cada vez que su alma se retorcía inquieta. Aquella hiedra helada trepando por su garganta siempre presagiaba alguna desgracia para él. Apuró su contenido con lentos sorbos, retrasando en lo posible el enfrentamiento contra un destino adverso. El regusto a manzana metamorfoseaba caprichosamente en el paladar: mutaba del dulce al ácido reflejando la mezcla de deleite y angustia que abrumaba a Martín cada vez que bebía su granizada de manzana. Cuando esta había quedado reducida a un diminuto iceberg verdoso, Martín dejó unas monedas en la mesa y se marchó.

Subió al trote las escaleras de la biblioteca pública y se consumó lo inevitable. Cruzó el vestíbulo que separaba la entrada de la sala principal, se internó por pura intuición en el pasillo que custodiaba el libro que buscaba y allí mismo, entre una novela romántica y una de ciencia ficción, descubrió la negrura que creyó que lo engulliría, la del tomo que las yemas de sus dedos no llegarían a acariciar.

La bibliotecaria, ajena al marasmo que lo paralizaba por dentro, certificó con un tecleo lleno de suficiencia que el ejemplar por el que preguntaba se encontraba «extraviado». Ni destruido ni robado. Fanático del uso quirúrgico de las palabras, el término le pareció de una indefinición espantosa. No hubo por parte de la mujer ni una aclaración ni una promesa de hacer algo para restaurar el orden natural de las cosas. Ante eso, Martín agachó la cabeza con resignación y se marchó. El granizado le había resecado la garganta. Su ánimo no podía reptar más bajo cuando descendía los peldaños de la biblioteca, esta vez a un ritmo vencido, arrastrando los pies por el mármol.

Cuando pasó junto a la mesa de la cafetería que había ocupado escasos minutos antes, las monedas seguían allí. Enseguida resolvió sentarse de nuevo en la silla. Rebuscó en el bolsillo, dobló la cantidad de dinero depositada y se preparó para pedir otra granizada. Esta vez sería de fresa, pues era el sabor que auguraba instantes de creatividad artística. Agarró nervioso una servilleta y se puso a escribir. Nada le gustaba más a un escritor —ególatra por necesidad— que hablar de sí mismo y el extravío de su primera novela en la biblioteca municipal le pareció a Martín un material de primera clase.