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Encuentros en la tercera frase

Carlos y Rosa rechazaron la propuesta de pasar la noche con ella. Disuelta la diversión de forma tan brusca, Sofía sacrificó algunos rituales sagrados. Abandonando por una noche su higiene bucal, Sofía se quitó la ropa y también se olvidó de ponerse el pijama, tal era su estado de embriaguez. Durante el corto espacio de tiempo que estimó que la borrachera le concedería antes de que todo se fundiera en negro, reflexionó sobre sus nuevos compañeros, amigos en ciernes con una pizca de suerte. En medio de tanta agitación, que partía desde el cerebro, atravesaba el estómago y se tornaba en algo distinto mucho más abajo, Sofía se sorprendió intentando dirimir qué labios bañados en ginebra le habían atraído más esa noche, si los de Rosa o los de Carlos.

Sus pensamientos más lujuriosos no llegaron a ninguna conclusión. Un timbrazo la sobresaltó en la cama y entonces reparó en su error. «¡La madre que me parió!». Se había ido a la cama dejando la música puesta en el salón. Sofía tardó en reaccionar y el timbre sonó de nuevo, corto pero contundente. Confusa, fue a buscar algo con que cubrirse. Antes de que pudiera apagar el estruendo, el timbre martilleó una tercera vez. Un tono largo, alevoso, cargado de desprecio y de superioridad moral.

El timbre descansó al fin, detuvo la música y el silencio de la noche recuperó su cetro. Sofía se quitó la sudadera raída con la que había visualizado enfrentarse a su propia vergüenza y regresó a la caricia del nórdico. Todo le daba vueltas. Mañana le aguardaba uno de los peores días de su vida. Dudaba si podría llegar a la oficina de una pieza. Tampoco sabía muy bien cómo la recibirían sus compañeros, Rosa y Carlos en especial. Puede que las miradas que les había dedicado la hubiesen delatado. Puede que los ojos de Sofía los hubiese desnudado como el viento arranca las hojas de las ramas de los árboles. O quizás la saludarían con indiferencia, negándole el avance en el nivel de camaradería que ella había creído lograr. No obstante, ni sus temores, ni la condena en forma de una resaca de proporciones astronómicas, ni el torbellino que zarandeaba cado uno de los órganos de su cuerpo, pudo borrar la sonrisa con la que Sofía entró en la inconsciencia. La persona que vivía al lado —su cerebro ya no verbalizaba esa identidad desconocida como vecino o vecina— había pulsado el timbre con dedos de exquisito pianista. Una sonata efímera y perfecta compuesta por tres notas e interpretada en un piano de una sola tecla. Dos timbres cortos, trémulos, rozando apenas el pulsador, y un timbre largo, repleto de gravedad. La misma melodía, el mismo tempo, que ella había utilizado para expresar su rabia un día antes. Al otro lado del rellano había alguien inteligente, con sentido del humor. La cosa se estaba poniendo interesante.

Cualquier pronóstico con respecto a su estado a la mañana siguiente había sido demasiado optimista. Había dormido tres horas a lo sumo. Era como si una cuadriga de caballos enloquecidos hubiese pateado su estómago, como si el campeón del mundo de los pesos pesados se hubiese cebado con su cráneo. Parecía que algún científico loco hubiese trasteado su pituitaria y sus papilas gustativas y las hubiese conectado a una piscina de ginebra. El declive físico venía esposado a una autoestima igualmente pisoteada. Por si todo eso fuera poco, no era domingo y por tanto tenía que ir a trabajar.

Salió del piso arrastrando los pies. Se le cerraban los ojos, tanto que no vio el paquete de tabaco que había en el suelo del ascensor hasta que el mecanismo la sacudió levemente al aterrizar en la planta baja. No tardó en relacionar aquel logo y aquellos colores con la marca que divisó mientras realizaba maniobras de espionaje en el balcón. Todo en su vida parecía girar en torno a la peculiar relación que mantenía con el vecino —con la persona que dormía en la puerta de al lado, se corrigió a sí misma—. ¿Debía volver sobre la hipótesis de que era un hombre porque aquel día fueran unos dedos masculinos los que sostenían el cigarro? Tampoco era nada extraordinario que en una pareja de fumadores el paquete pasase de las manos de un amante a las del otro con naturalidad. Las pistas que iba recopilando eran inconcluyentes. Había visto a una mujer y a un hombre. Había escuchado el ruido de unos tacones. Él fumaba, pero nada aseguraba que no lo hiciesen ambos. Para Sofía, eso sí, solo había una certeza en su mente lastrada por los efectos secundarios de una borrachera. La refinada protesta devolviéndole los tres timbrazos originales habían transformado la irritación y la preocupación en curiosidad y en una especie de ansia por descubrir de una vez con quién mantenía aquella comunicación repleta de señuelos, ojeadas furtivas y una sistemática violación de la prudencia y el reposo.

Sofía recogió la cajetilla y la examinó con recelo. No había ninguna colilla a medias con una marca de pintalabios y el propio olor a cartón quemado del tabaco descartaba cualquier indicio olfativo que apuntase a un hombre o a una mujer. Sofía, que empezaba a disfrutar de cada renglón que se añadía a la historia, insignificante en el prólogo pero de repente trascendental para ella, se detuvo en el cubículo del ascensor para pensar cuál sería el siguiente paso. Lo que resolvió al final fue subir a la sexta planta y depositar el tabaco sobre el felpudo al que ya se había presentado frotando la suela de los zapatos contra él. Era consciente de que más de una docena de vecinos podría fumar la misma marca de cigarrillos, pero lo más importante en aquel momento era que el espectáculo debía continuar.

Rosa recibió a Sofía esa mañana con una cordialidad insulsa que la decepcionó. Era el conocido efecto rebote de las amistades etílicas. El grado de acercamiento durante la fase de excesos era directamente proporcional a la tierra puesta de por medio al día siguiente. Hasta los labios de Rosa se le antojaron como una versión desmejorada de la boca que con descaro había observado la noche anterior. Sus labios habían mutado en gajos agrietados sin atractivo y el arco de cupido, una vez desaparecido el baño de ginebra, había sido desposeído de toda la sensualidad que había derrochado la noche anterior. Carlos, por su parte, ni siquiera asomó por la oficina. Pronto surgieron los chascarrillos y el refranero pertinentes, cariñosos más que maledicentes, pero a Sofía nada de aquello le hizo demasiada gracia.

La vieja canción country, con aquel poso de desgarro juvenil, no volvería a escena hasta el día siguiente, en los albores de un nuevo fin de semana. Junto a ella, también reapareció la lluvia. Sofía renegaba por encontrarse en medio de un dilema en el que las dos opciones la disgustaban por igual. Si se quedaba en casa tendría que aguantar aquella tortura musical a la que ni siquiera podía poner nombre; si huía de ella, se echaría en brazos de la lluvia, idea que la contrariaba casi aún más. La avergonzaba ese rechazo. ¿En qué momento había dejado de gustarle dar un buen paseo bajo el paraguas? ¿Por qué ya no la entusiasmaba ver las luces de neón reflejadas en el adoquín mojado? La indiferencia ante un arcoíris agazapado tras la silueta de un edificio, dejar de jugar con el vaho abrazado a los cristales como cuando dibujaba espirales en las ventanas del colegio… No se reconocía en aquella figura abúlica. Se decía que era injusto que aquellos pequeños milagros para los sentidos dejasen de erizar la piel de la noche a la mañana. Un día gozabas de todo eso y al siguiente eran enterrados en el olvido. Sofía hubiese querido despedirse de todos esos encantos microscópicos y sin embargo, era incapaz de recordar la última vez que los saboreó.

Luchando contra lo irremediable, forzándose a encarnar a su yo del pasado, Sofía se preparó para salir a la calle. Botas, anorak, paraguas y buena música —a decir verdad, le bastaba cualquiera con tal de que lograse alejar de su mente esa preciosa y al mismo tiempo odiosa canción—. Tras una hora caminando por una ciudad que le era extraña, perdida en algunos momentos, de nuevo en la senda y de nuevo perdida, después de haber pisado dos charcos y de que el agua que repelía el paraguas se colara por el hueco que separaba el abrigo y la nuca, reconoció que aquella aventura introspectiva no había estado nada mal. Cuando entraba por el portal, algo entumecida pero realizada, Sofía se propuso recuperar otras víctimas de su colección de percepciones descatalogadas.

El horrible pensamiento de ensuciar el suelo con las botas mojadas provocó que Sofía desviara sus pasos hacia la puerta de al lado, con intención de recurrir una vez más al auxilio del felpudo de otro. Su asombro fue mayúsculo cuando descubrió que había una alfombrilla gemela delante de su piso. El mismo tamaño, el mismo patrón ajedrezado. Su vecino —su vecina o sus vecinos— había mandado un mensaje claro sobre la autoría de aquel obsequio. Los timbrazos recíprocos, el tabaco y ahora el felpudo. Conocía un puñado de parejas con un código de comunicación mucho más pobre que el que empleaban los vecinos del sexto. Sofía se quitó el sombrero de nuevo ante la perspicacia y la inteligencia de aquel gesto.