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Encuentros en la tercera frase

Los últimos intercambios amistosos supusieron el fin de las hostilidades y el comienzo de una duradera etapa de paz. Pasaron los días e incluso las semanas y Sofía no volvió a escuchar aquella canción a todo volumen ni ninguna otra que la destronara. Tampoco pudo detectar tacones, humo de cigarrillos o cualquier otra pista que resolviese el enigma de la identidad de los inquilinos del piso contiguo. De alguna manera, la ausencia de novedades en el caso había abierto un pequeño vacío en el interior de Sofía. Los tabiques habían dejado de ser sus soplones; ningún otro objeto perdido había terminado en el ascensor. Por otro lado, las relaciones con sus compañeros de trabajo atravesaban también una época de estancamiento. No se repitió aquella atracción dual que había sentido por Rosa y Carlos o por la combinación de la presencia de ambos y las salidas con ellos y con otros compañeros del trabajo no cruzaron los límites de lo pasable. A todo eso había que añadir que su exnovio se descolgó con una tanda de mensajes destinada a poner a prueba su resistencia a la nostalgia. Mensajes que comenzaban con un «¿Te acuerdas de cuando…?» o con un «¿De verdad no piensas en mí?» Tras aquellos ataques a sus puntos débiles, la memoria de Sofía comenzó a funcionar como una hormigonera defectuosa. Sus recuerdos se revolvían en extrañas aleaciones, desnaturalizándose, invirtiendo su significando y confundiendo a su poseedora. Lo doloroso se convertía en una lección con trazas de justicia, las traiciones parecían menos definitivas, los mejores momentos no habían sido valorados en su justa medida… Sofía no era una estúpida ni una chiquilla, una ofensiva desde la distancia no iba a cambiar sus convicciones y sus sentimientos, pero Raúl, su exnovio, había plantado las semillas de la duda razonable. Sofía se culpaba por no haberlas arrancado de cuajo.

Justo cuando se cumplía un mes de la cena entre compañeros y de la posterior juerga con Carlos y Rosa, tiempo en el que Sofía había admitido vía monólogo interior que su vida actual, cambio de ciudad incluido, no estaba cumpliendo sus expectativas, la jefa de Sofía le comunicó que su relación laboral tocaba a su fin. Sentía la brusquedad de los acontecimientos. Le aseguró una y mil veces, con la mano apoyada en su hombro, que nada tenía que ver con su rendimiento o con su encaje en el frágil microcosmos de la oficina. Sofía creía cada palabra que le decía y hasta creía notar cómo su hombro izquierdo recibía el calor de un cariño sincero. Simplemente, prosiguió la directora, el mundo era un lugar asqueroso y se veía forzada a devolver el favor a alguien que una vez la sacó de un apuro grave. El puesto de Sofía en la empresa era la moneda de cambio que zanjaría la antigua deuda. Lo sentía muchísimo, pero tendría que buscarse otro trabajo a partir del día siguiente. Sofía ignoraba si el resto de la plantilla conocía aquel cruel giro en su currículum y optó por regresar a su escritorio y aparentar que todos esos infames mantras sobre la recompensa tras el esfuerzo personal y lo insoslayable de la meritocracia no eran una patraña vomitiva.

Sofía consiguió de alguna forma seguir trabajando sin distraerse ni venirse abajo, posponiendo las implicaciones de lo que acababa de sucederle. Se unió a sus colegas durante la parada del almuerzo como de costumbre. Nadie dijo nada sobre Sofía y ella tenía aún menos intención de revelar su tragedia. Un poco menos participativa en la conversación, quizás, pero podía sentirse orgullosa de su aplomo para guardar las apariencias. No renunció a tomarse un café de pie junto a la máquina con los compañeros y aún trabajaría un par de horas más, justo las necesarias para cumplir los objetivos que se había marcado para aquella jornada. A eso de las seis de la tarde se acercó con discreción a la pequeña cocina de la oficina, agarró su taza de café aún húmeda, la secó frotándola en el muslo del vaquero, se giró una vez más para comprobar que nadie la miraba y la guardó en la mochila. Se despidió de la gente con normalidad y no volvió a pisar aquel lugar nunca más.

El día de su despido concluyó sin que Sofía compartiese su mala estrella con nadie. Postergó las consecuencias durante algún tiempo más. Una vez lejos de allí, tiempo después, de vuelta a su ciudad, cuando las compuertas se abrieron y las emociones fluyeron río abajo, Sofía descubrió que aquella última tarde en su piso de alquiler había sido la más placentera de todas. Leyó y su piel se fundió con el papel rugoso del libro. Cuando rozaba con el dedo un pasaje que la había conmovido, su piel se erizaba al mismo tiempo. Dormitó en el horrendo sofá-cama y volvió a juguetear con la noción del porvenir, que se le mostró esta vez con la forma de una criatura gigante y tranquila que avanzaba lenta, arrastrándose, imparable hasta acabar llamando a su puerta. Se encontraba tan bien que terminó llamando a Raúl. Sin que este apenas pudiese intercalar argumentos, Sofía le invitó a meterse toda esa palabrería desesperada por donde le cupiese y a que la dejase en paz de una vez por todas. Sofía durmió como un bebé esa noche y el colchón barato le pareció que reunía todas las cualidades que prometían los anuncios de teletienda nocturna y muchas más.

A la mañana siguiente Sofía se levantó pasadas las once. Había tiempo de sobra. No había quedado con la casera hasta la tarde y según sus cálculos, la mudanza y el adecentamiento de la casa no le llevarían más de tres horas. La señora parecía casi más disgustada que Sofía por el fin del arrendamiento y desde luego bastante tenía Sofía con tener que buscar trabajo en aquellos tiempos tormentosos como para que ella se dedicase a poner trabas a la pobre muchacha, alegaba la propietaria durante su conversación telefónica.

Cargó el coche y se fue a comer a algún restaurante de la zona. Alargó cada bocado de su bandeja de sushi como si fuese el último menú de un reo condenado a la silla eléctrica. Siguiendo aquel espíritu hedonista, disfrutó enormemente del paseo de vuelta al piso, maravillándose de la capacidad de los homo sapiens de andar tan erguidos, con tanta elegancia. Se entretuvo en observar a algunas parejas con las que se iba cruzando. Era increíble, muchas de ellas caminaban y sus pasos se sincronizaban a la perfección. El pie derecho de ella avanzaba cuando lo hacía el de él, el pie izquierdo de una chica se levantaba del suelo al mismo tiempo que el pie izquierdo de su novia. ¡Cómo no se había fijado antes en un descubrimiento tan fascinante!

La casera devolvió a Sofía la parte proporcional de la renta de los tres meses que nunca llegaría a completar como inquilina. Incluso le abonó el importe del felpudo que Sofía no había pagado. Se excusó por no quedarse más rato a charlar, pero es que llegaba tarde a la reunión de propietarios que se celebraba en el portal del bloque. Se dieron un abrazo y en ese momento Sofía descubrió que casi se había olvidado de los cojines que había comprado para enmascarar la fealdad del sofá-cama:

—Hay qué ver qué cojines más grandísimos, chiquilla, si casi ni se ve el sofá —y ambas rieron, cada una por un motivo diferente—.

—Angelines, ¿te importa que me quede un rato a solas para despedirme de la casa?

—Claro, chiquilla. Tú tira de la puerta y ya está, ¿vale? Un beso, que llego tarde a la dichosa reunión de vecinos. ¡Y gracias por el felpudo!

Angelines se marchó apresurada y entonces Sofía calló en la cuenta. Se marchaba sin conocer la identidad de la persona que ponía la canción a todo volumen ni tampoco el título. Resolver alguno de aquellos enigmas habría sido un buen suvenir para cerrar aquel breve capítulo de su vida. Y ahora que se iba para siempre, era posible que se cruzara con aquel personaje misterioso en el portal —su mente testaruda rechazó definitivamente la hipótesis de que una pareja pudiese vivir en medio de aquellas orgías musicales—. Desde luego, iba a fijarse con detenimiento en cada uno de los rostros que encontrase abajo.

Con los cuatro cojines apresados bajo los brazos, Sofía cerró la puerta de una suave patada. El ascensor estaba ocupado —quizás con algún vecino en su interior ensayando la queja que expresaría por el gasto superfluo que suponían los buzones nuevos—, pero Sofía prefirió bajar por las escaleras antes que esperar a que quedase libre. Subestimó la tarea de acarrear con aquellos cuatro almohadones inabarcables. No podía ver los peldaños donde ponía los pies y en un par de ocasiones se apagó la luz de la escalera y estuvo a punto de tropezar y caerse.

Al pasar por la entreplanta Sofía pulsó la luz con el hombro. Procedente de abajo le llegaba la voz de la que seguramente sería la presidenta de la comunidad. Con cada paso, el discurso se hacía más audible. Sofía se notaba cada vez más nerviosa al aproximarse a la planta baja. Sabía que no se trataba de una alarma activada por su sentido del ridículo ante la idea de cruzar el portal lleno de extraños cargada de cojines que casi le tapaban la cara. Lo que la intimidaba de algún modo era encontrarse con la persona que había deseado desenmascarar desde que llegara al edificio hacía un mes y medio. Unos peldaños más y si era lo bastante hábil para evitarse el trauma de entrar en el portal dando un traspiés o algo aún peor, Sofía y sus brazos arqueados estarían atravesando aquella pequeña congregación.

Resultaron ser unas tres docenas de propietarios. «No está mal», pensó Sofía. La misma mujer continuaba en el uso de la palabra y los demás escuchaban, los aburridos ganándoles la partida a los más sensibilizados con la vida comunal. El portal dibujaba un rectángulo alargado. Sofía veía las caras de los asistentes de frente y la espalda de la presidenta. Poco a poco, como naipes manejados por manos invisibles, los vecinos allí reunidos se fueron girando para ver el espectáculo de la mujer oculta bajo cuatro cojines enormes. El tedio fue tornándose en una modesta colección de sonrisas agradecidas. Sofía supo que dadas las circunstancias no estaba en disposición de analizar los rostros en busca de la solución de su estúpido misterio. Empezaba a sentir cómo las mejillas se le encendían. La prioridad ahora era recorrer los quince metros que la separaban de la calle a la máxima velocidad.

Sofía tenía la sensación de que la carga se le resbalaba de las manos. Un hombre de unos sesenta años le ofreció su ayuda. Ella la rechazó con un movimiento rápido de cuello y continuó su camino. El trayecto se le estaba haciendo larguísimo, como si huyera por una gruta infinita e intentase escapar de un monstruo. Los espejos situados a ambos lados multiplicaban el número de ojos que la observaba. Sofía notaba cómo las gotitas de sudor luchaban por salir por los poros. Angelines la miraba entre risueña y compadecida. Estaba acaparando la atención de tal forma que incluso la presidenta de la comunidad interrumpió su intervención para esperar que Sofía desapareciese de la escena.

Un móvil comenzó a sonar cuando Sofía cruzaba el centro del portal. No lo podía creer. «¡Es la canción!» No había ninguna duda. La misma canción en inglés, la misma voz femenina cadenciosa y triste. Comprendió algunas palabras incluso. «Why does the sun goes on shining?» Sofía se detuvo y comenzó a elevar la vista sobre los presentes. El teléfono seguía inundando el lugar con aquella canción mientras crecía el murmullo de la protesta. Largos segundos que parecían años. Todo el mundo preguntándose por qué nadie cogía el dichoso aparato. «Why does the sea rush to shore?» Puede que su dueño, bloqueado o abochornado, descartara revelar su identidad y prefiriese enfurecer a la gente dejando que continuara aquella melodía del todo inapropiada en aquel contexto. «Don’t they know it’s the end of the world?» Sofía, sin embargo, fantaseaba con que todo fuese parte del juego y que el personaje misterioso estuviese esperando a que ella localizara el origen de la música. En cambio, todo lo que sucedió fue un desengaño: Sofía estaba demasiado nerviosa para realizar con éxito una tarea tan complicada. «Cause you don’t love me any more»

Y entonces se hizo un breve pero espeso silencio, sin música ni protestas veladas, un lapso de tiempo efímero antes de que la reunión prosiguiera su curso precipitándose hacia los ruegos y preguntas. Sofía asumió que nunca como en aquel instante estaría tan cerca de averiguar quién había vivido al otro lado durante aquellas extrañas semanas de guerra fría vecinal transformada en generosidad recíproca. Confirmó la triste realidad de que al final se iba de vacío. La habían dejado sin trabajo en nombre de las lealtades más obscenas. En un ataque arrebatado de dignidad, había perdido a un novio y aniquilado al amigo en que podría haber mutado. Por último, abandonaba ese piso, ese portal y esa ciudad sin saber quién la había martirizado con esa canción y con quién había mantenido aquella correspondencia tan astuta adornada con sutilezas y obsequios.

Salió a la calle sin todo eso, si acaso le quedaban sus cojines y el primer regusto en el paladar de todos los sentimientos que había aplazado desde el momento del despido. Recorrió los escasos metros que la separaban del coche, abrió la puerta y lanzó los cojines contra los asientos traseros. Después se acomodó junto al volante, introdujo las llaves en el contacto y sacó su móvil del bolsillo. Gracias a uno de los versos que había memorizada apenas dos minutos antes, encontró sin problemas la canción que la había llegado a obsesionar. Reclinó su asiento y dejó que la música acompañara sus lágrimas. Aquello no era alegría desde luego, pero Sofía tampoco lo hubiese calificado como tristeza, aquello era el porvenir torciendo su rumbo una vez más. Aquello era la vida, nada más y nada menos.

«Don’t they know it’s the end of the world/ It ended when you said goodbye»