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Cruda destrucción

Como todos los lunes por la tarde, Antonio llevó a su hijo al bar de la esquina. No había ningún cliente, y cuando entraron el chico se acercó a una de las mesas de madera. Se sentó a ella y sacó de su mochila vieja su carpeta, un lápiz a medio terminar y unas pocas ceras de colores. Antonio fue hasta la barra, se sentó en el taburete y pidió un whisky doble con hielo. El camarero se lo sirvió en un vaso cuadrado y chato. En ese no, dijo Antonio, pareces nuevo. Lo siento, respondió el camarero.

—Hasta arriba.

—Sí, Don Antonio.

El niño estaba tranquilo. Eran las nueve y sabía que hasta dentro de un rato no podría volver a casa: su padre le necesitaba. Dibujaba un tigre de bengala. Hoy había visto uno en un libro de la biblioteca. Pondría el dibujo en la pared de su cuarto para que por las noches le protegiera de los ruidos.

—Qué tal su señora —preguntó el camarero.

—En casa —respondió Antonio con la vista puesta en su vaso.

—Veo que al chico le gusta pasar tiempo con usted.

—Sí.

—Qué tal sus notas.

—Ni idea —dijo Antonio—. Supongo que bien.

Hubo un pequeño silencio. El camarero limpiaba con su paño sucio una de las copas.

—Adolfo preguntó ayer por usted.

—¿Adolfo?

—Sí —dijo el camarero—. Parece que le anda buscando.

—Dile a ese hijo de puta que ya sabe dónde estoy.

El chico repasaba los bigotes del felino. Ya había dibujado la cabeza y perfilado las líneas del cuerpo para que, al terminar, el tamaño de lo segundo estuviese equilibrado con la primera.

—También estuvo Rosa, la señora de Pablo.

Antonio levantó la mirada hacia el camarero.

—Y qué.

—Nada —respondió el camarero—. Que preguntó por usted.

—¿Estaba Pablo?

—No, señor.

—Y entonces qué cojones dijo —preguntó Antonio.

—Nada en particular. Tan solo me lo preguntó.

Antonio se quedó mirando al camarero con gesto nervioso. Apartó la vista hacia el vaso y se lo bebió de tres tragos.

—Llénalo.

—Sí, señor.

Ahora el niño dibujaba las garras del animal. Las hacía grandes y afiladas, con volumen, para que pudiera salir del folio. Lo llamaría Hércules.

—¿Y el trabajo? —preguntó el camarero

—Más o menos.

—Vaya.

—Cuesta encontrar gente decente en el barrio.

—¿Problemas de dinero?

Antonio volvió a levantar la vista.

—Y a ti qué coño te importa.

—No era mi intención ofenderle, señor.

Antonio cogió su vaso sin dejar de mirar al hombre y se lo terminó. Esta vez de dos tragos.

—Cállate y llénalo.

El tigre estaba casi terminado. Ahora tocaba colorearlo. Primero usaría la cera de color negro para las rayas del lomo. Después, sombrearía la parte inferior del cuello con el lápiz y, seguidamente, aplicaría las ceras de color rojo y amarillo porque la naranja le desapareció de su cuarto hace ya un tiempo.

—Hace bastante frío —dijo el camarero.

—Qué hora es —preguntó Antonio.

—Las diez menos cuarto, señor.

—Pronto.

—¿Su hijo tiene mañana escuela?

—Sí —respondió Antonio, mirando al niño—. Pero tiene que ayudar a su padre con un asunto, ¿verdad, chico?

El niño escuchó lo que decía sin levantar la vista del folio. El dibujo estaba terminado. No quería firmarlo porque perdería realismo: solo quería un tigre grande y majestuoso.

—Además —dijo Antonio, mientras se levantaba del taburete con su vaso—. En el colegio solo enseñan chorradas.

Se acercó a la mesa del chico con el anda fatigada. Se quedó mirando su dibujo. Sonreía en una mueca burlona y se contoneaba ligeramente hacia los lados.

—Esto no se hace así. —dijo Antonio mientras sacaba una cera de color naranja de su bolsillo. Con el vaso en la mano, garabateó el trazo negro de las rayas del tigre, ensanchó de forma desproporcionada las patas e hizo círculos irregulares en los ojos del animal.

—¿Ves? Ahora está mucho mejor —dijo Antonio mientras pasaba su mano por la cabeza del niño.

Se alejó de la mesa y volvió a sentarse a la barra. Esta vez se acabó el whisky de un trago.

—Llénalo.