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El simio acuático

Y encima se ponía a llover.

John descendía la ladera fatigado, cada paso se estaba convirtiendo en una farragosa búsqueda de equilibrio para no salir rodando y zambullirse en las aguas limosas de Rio Nuevo. Joder, ya estaba empapado por esta llovizna tropical, pero no quería acabar troceado en el estómago de algún hambriento cocodrilo. No quedaría bien en su biografía, John aspiraba a una muerte menos prosaica. John McAfee se sentó en una pequeña roca plana, se sacudió algo de barro de las botas y sacó un pequeño cigarro liado de marihuana, se dispuso a encenderlo, maldita sea, estaba mojado.

Quizás os suene, a los que usáis la ofimática de manera ocasional a mediados de los 90, el nombre de McAfee. Este programa antivirus que competía con el ecosistema de sharewares como Dr.Web, más tarde fue engullido por una riada de software como Panda, Avira, Avast, Norton…hasta su compra por Intel en 2010 por cerca de 7000 millones de dólares. Me vino bien esa panoja, pensó John, lástima que se fuera tan rápido por el desagüe. Malditos buitres, siempre detrás de la carroña. Él era el único que tenía derecho a convertir en humo esos billetes con la cara de Benjamin Franklin. La vida era más plácida aquellos años de chimenea y batín de terciopelo rojo.

Ahora, sucio, tostado por el sol ecuatorial, con el cinto del rifle adherido a su pecho cuarteado. A pesar de su constitución atlética, era un sexagenario, los años son sacos de arena que van abriendo poco a poco el Telón. Respiración entrecortada. Quedaban unas cuantas horas de sol, había calculado que cruzaría la frontera con Guatemala de madrugada si no paraba en toda la noche. Sería complicado, la jungla de Belice podía ser una trampa mortal, pero esos sabuesos pronto seguirían su pista. Era cuestión de tiempo que encontraran el cadáver.

John había tenido una infancia y adolescencia jodidas. Nació en Escocia en los años cuarenta, hijo de un soldado norteamericano destinado allí en la Segunda Guerra Mundial y una menuda mujer de Stirling. El amor se fue pronto y fue sustituido por el Bourbon. La familia se trasladó a Virginia, y allí John adquirió ese acento sureño que se pegaba al paladar como goma de mascar. Su aspecto desgarbado y fibroso imponía respeto. Le interesaron las matemáticas desde bastante joven, reservado en ocasiones e inquieto en otras, ningún pequeño bastardo se metía con aquel extraño niño que escribía fórmulas en su libreta compulsivamente. A la llegada a casa, el aliento a destilería en la boca de su padre, todos los días sin excepción, menos uno: el olor dulzón a sangre. Con quince años se encontró a su progenitor tirado en la moqueta, se había descerrajado la cabeza con una escopeta.

El Personaje entre la hibris y la frónesis. El personaje cambia su careta de cuero por supervivencia. El Personaje silba la vieja melodía de Omar en callejones. El personaje es Juno y Cerbero, sus cabezas se pegan dentelladas entre un océano de espuma.

Y está claro que la genética acaba asomando la patita.

Fuck you, Zola. El veneno de la toxicomanía es irrepudiable. El joven McAfee intentó huir del ambiente familiar y se aplicó en los estudios, lo tuvo fácil, veía instintivamente las situaciones y problemas como simples algoritmos que resolver. En 1960 se doctoró sin demasiado esfuerzo en la Universidad de Louisiana. Allí también se graduó en el uso del láudano, bencedrina y los alucinógenos, todo ello regado con generosas dosis de alcohol.

Debió ser una buena época, pensó John, de esos años no recordaba casi nada. Sin embargo, si se acordaba del motivo porque le expulsaron del campus, unas largas piernas que retozaban en su dormitorio, esos jodidos puritanos no entendían que aquella alumna acabara sucumbiendo a sus encantos de profesor adjunto ¿Qué culpa tuvo él?

John admiraba los tucanes que le observaban con indisciplina desde las ramas bajas. Sus colores amarillos y verdes chillones le recordaban a la camisa del zoquete de Faull, tirado allí, con aquel agujero de 9mm en la sesera. Un chillido penetrante le sobresaltó; era sólo un águila crestuda. Temía realmente encontrarse con un jaguar o un puma. El sol iba cayendo, y estaba un poco desorientado. Sabía que tenía que dirigirse del Distrito de Orange Walk por este camino que desembocaría en el distrito vecino de Corazol. La jungla iba adquiriendo una cacofonía inquietante conforme el cielo se iba tornando dolorosamente añil.

Un treintañero McAfee llegó a Nueva York a finales de los 70 con su flamante nueva esposa. Su verborrea, su carácter resuelto y su brillante expediente académico le abrieron pronto todas las puertas. Estuvo en la NASA, General Electric, Siemens, Univac y Xerox. Había que comportarse como un estúpido ejecutivo, un yuppie, un mono con dos pistolas intentado contentar a todos esos ingenieros, ludópatas, adictos y petimetres que acudían a sus puestos laborales puestos de estimulantes recetados legalmente y martinis en los pubs de moda. Él prefería otro tipo de ambientes, el realismo sucio del South Bronx, esos bloques de pisos en los que cada dos meses se producían incendios provocados para cobrar el seguro. De aquella época conservaba, como medallas de guerra, esos tatuajes tribales que le conferían un aspecto de expresidiario.

Era noche cerrada y por fin llegó a las ruinas mayas de Lamanai, pronto cruzaría la frontera. Esos hijos de puta del gobierno le querían colgar el muerto de Faull. No sabían con quién estaban tratando. Las grotescas caras pétreas del Templo de las Máscaras le susurraban un cancionero en su idioma precolombino desconocido. Un manto tejido de estrellas le produjo cierto desasosiego. Se acordó de la pequeña Amy, se había marchado corriendo de la Isla sin avisarla, pero estaba seguro que le seguían de cerca los policías. Son perros sarnosos. Había traído el rifle y tenía munición para todos esos criollos desdentados. También le querrían separar de la pequeña Amy ¿Cómo coño iba a saber que tenía sólo 16 años? Él le sacó de la calle, McAffe le acogió en su casa, con el resto de muchachas, siempre se había portado bien con ellas. Sus muchachas se lo agradecían, claro.

El Personaje entre el delirio y la electromancia. El Personaje realiza posturas de yoga sobre la nieve. El Personaje se columpia entre los dientes del Diablo. El Personaje es una sombra, su contorno se adivina sobre la pared que ilumina el candelabro.

Y llegó 1984, y la irrupción de la cocaína.

Cuando tronó el alud y entró por todas las ventanas de los grandes rascacielos, McAfee estaba ya de vuelta. Su mujer le dejó, la adicción y aquellos comportamientos erráticos que le hacían salir desnudo a dar una vuelta por el Trader`s Joe del barrio, le conminaron a buscar ayuda. La desintoxicación le sentó bien, juro por sus ancestros de HighLands dejar toda aquella porquería. La droga se había introducido en su sistema como un virus informático. Le había cambiado patrones, pantallazos azules sacudían su existencia, eliminado información importante, todo era caótico en una terminal negra con comandos de color blanco. Se agarró como un clavo ardiendo a la espiritualidad del Indostán: Saravasti, la diosa hindú de la sabiduría, le telegrafiaba líneas de código en sueños. En una de aquellas iluminaciones, se le apareció con forma de ánsar, le pidió una ofrenda. McAfee le ofreció agua con leche. Los hinduistas creen que si se le ofrece a un jansá una mezcla de leche y agua, es capaz de tomar sólo la leche. De esta manera, el jansá simboliza la capacidad de sacar provecho de lo malo, o de obtener sabiduría de un conocimiento maligno. Meses más tarde, trabajando de contratista de defensa se encontró con el virus Pakistani Brain, su código autorreplicante grababa un sibilino mensaje en el monitor: “Bienvenido a la mazmorra. Cuidado con este virus”. No tuvo mucho problema para averiguar cómo neutralizarlo. Implementó un escáner para localizar el malware, la cosa funcionó, en poco tiempo había fundado su propia compañía: McAfee Associates.

John se atusó la barba de chivo, cubierta de canas y, posiblemente, una amigable colonia de insectos subtropicales. Maldito sea el momento en el que se le ocurrió aterrizar en este país de piratas y corruptos. Todo se había ido al garete muy rápidamente. Tenía mis negocios, mi rancho y ahora me encuentro arrastrándome por esta selva a expensas de que este gobierno de peleles me meta en un agujero por una buena temporada, pensó. Cuando en 2008 se le ocurrió destinar una importante parte de su fortuna para la búsqueda de nuevos medicamentos a partir de la detección de quórum todo el mundo le ovacionó. La detección de quórum o autoinducción es una forma de comunicación entre bacterias a través de enzimas. John no tardó en relacionarlo con los mensajes de comunicación entre procesos cliente-servidor. Debido a la diversidad microbiótica de Belice, especialmente las procelosas aguas de Rio Nuevo, era factible encontrar compuestos que inhiban a las bacterias para coordinar sus ataques. Todo parecía perfecto hasta que apareció la doctora Allison. Esa jodida zorra chiflada no entendía que había que hacer tratos con los pandilleros de la zona para tener buenas relaciones con la comunidad. Puso el grito en el cielo cuando descubrió el laboratorio de metanfetamina.

El periodo comprendido entre los últimos años del siglo XX y los primeros del nuevo milenio fueron una buena época para McAfee. Su empresa de antivirus era una gigantesca máquina de hacer dinero. Con todo el pescado vendido, se dedicó a otras aficiones como los deportes extremos, proselitismo escribiendo libros de Hatha Yoga, y actividades más terrenales que sus años de amante esposo le impidieron realizar. Un excéntrico multimillonario más que ocupa tabloides en las revistas sensacionalistas. Quizás no ayudó demasiado a cambiar esa imagen las sesiones de fotos que colgaba en las redes sociales con el torso desnudo, acariciado por su harén de señoritas, y rodeado de armas de fuego.

Allí estaba Walter al lado de un zapote, su salvoconducto. Era media mañana y el calor húmedo volvía a ser asfixiante. Los monos aulladores le dieron la bienvenida. En un par de horas a través del rio cruzarían hacia Guatemala. Adiós Belice, ese país había sido una úlcera en su estómago desde que lo pisó hace cuatro años. Disfrutó con la barrera de coral y con todas aquellas muchachitas de la calle que le ofrecían diligentemente servicios, pero no compensaba la persecución de esos chupatintas del gobierno, ni de aquel vecino norteamericano que se instaló los últimos meses. Greg Faull era un soplapollas, desde el primer momento que lo divisó lo supo. No era sólo por su cara de chorlito y sus camisas horteras, era una china en el zapato, un nuevo rico que creía que todos le tenían que lamer su fláccido culo. Y claro que amenazó con reventarle la cabeza, pero sólo era una forma de hablar. ¿Cómo iba a suponer John que se lo encontrarían con un tiro en la cabeza? La verdad que todo había sido muy extraño la noche anterior. No ayudó a aclarar las ideas aquellas botellas de Bourbon que tragó diligentemente de madrugada, pero la bronca con Amy fue sonora, y la Sed volvió. Siempre la reprimía, pero aquella noche cedió a sus vapores. No había que pensarlo más, en cuanto volviera a Estados Unidos pediría una recompensa para quien diera pistas sobre el asesinato de su compatriota. John subió a la lancha motora, Walter la arrancó tirando de la cuerda. Los cocodrilos se zambulleron al escuchar el zumbido. Todo le salía a pedir de boca a McAfee, Saravasti le guiñó un ojo desde otra dimensión.

El Personaje realiza el ritual del ajenjo enfrente de Ducasse. El Personaje es un secundario de un guion noir de Pizzolato. El Personaje procura que la vigilia sea duermevela. El personaje acude a una conferencia de Milo Yiannopoulos con su osito de peluche. El Personaje devora a su personaje.