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De carne y sangre

No me entendías.

Porque cuando yo hablaba

de amor, hablaba de odio

de la sangre rota

de la noche lenta en que tu cuerpo

escama seca

deslizaba su avaricia entre los pasos

de la ciudad que regresaba.

No querías este idioma.

Porque sin proponérmelo

encendía las velas de las curvas

tranquilas de tus huesos,

y hacíamos la pausa

hasta estallar dormidos

en las horas que nos dejaba

el silencio.

Pero nada de poesía.

Era frustrante verte predecir

la música

dormir al raso con los pájaros de azufre

oírte describir en cuatro versos

mil lenguas diferentes.

Pero nada de mis ruidos,

nada de la palabra colocada con exactitud

en la semilla.

Ahora es una pena.

Nos miramos y se abren las

historias,

pero

movemos la boca

y no hay forma

de mezclar

las lenguas.