Marea saca nuevo disco y Kutxi arremete contra las bandas tributo. Dos titulares que ocupan en la prensa un espacio que de tan similar inquieta. Si hablamos de la difusión por redes y del tráfico que han generado miles de comentarios en los foros, gana por paliza el segundo. Rápido uno puede pensar en el sabido uso de la polémica como herramienta de promoción. Una táctica un tanto cutre usada en demasiadas ocasiones, con la que se pretende dar notoriedad a lo que se intenta vender gracias a la agitación que solo saben despertar las declaraciones más controvertidas. Lo vemos constantemente en el mundo del cine. No hay promoción de un súper estreno que no conlleve algún escándalo mediático. Como si la obra no pudiera despertar e ilusionar al público por sí misma. Como si se aceptara que ante la ingente cantidad de ofertas culturales solo funciona ya esa máxima que el márketing y el branding han tomado prestada a Oscar Wilde y que consiste en estar presente en el mayor número de conversaciones, el mayor número de veces, aunque solamente sea para generar un debate que nada tiene que ver con la película, el libro o el disco en cuestión. Que hablen de uno, bien o mal, pero que hablen. Es difícil no contemplar esa posibilidad, sobre todo si se tiene en cuenta que la banda también anuncia su regreso tras casi ocho años de parón y silencio.

Kutxi Romero, Uruguay 2007. Foto de Libertinus Yomango.

Sin embargo, por más que cuadre la secuencia lógica, me resisto a creer que Kutxi Romero, el resto del grupo o sus representantes hayan ideado dicha estrategia con el fin de darle bombo a lo nuevo de Marea. Entre otras razones, porque El azogue, su último disco, ya había despertado más que suficiente interés por parte de medios y seguidores. Interés incrementado de manera notable por lo que supone también el reencuentro de una banda que cuenta desde hace ya tiempo con un lugar propio entre los grandes del rock patrio. Por otra parte, el vocalista ya había mostrado anteriormente su rechazo a lo que él considera el mayor agravio que se le puede hacer a la música y a ellos mismos como músicos (por encima de la piratería y casi al mismo nivel que la reventa de entradas, según declaró en una de las últimas ruedas de prensa promocionales), se refería a las bandas tributo.

Kutxi no ha dejado de reafirmarse en lo dicho cada vez que ha tenido la oportunidad de hacer una declaración. De las bandas tributo ha llegado a decir que son “unos avergüenza familias”, “auténticos mercenarios” y (atentos a esta) que “son el VOX del rock español”, entre otras muestras de cariño que incluyen cuestionar su legalidad o meter en ese saco a los seguidores de dichas agrupaciones. El cabreo del vocalista es innegable. Más que un intento de hacer ruido, parece una verdadera declaración de guerra y de que esto es solo el principio de batallas más duras que han de venir (SGAE por medio).

Si aceptamos que estas declaraciones nada tienen que ver con la mercadotecnia, y que realmente la mera existencia de bandas que se ganan la vida tocando sus canciones hacen quebrar el corazón y el estómago del poeta, cabría preguntarnos cuál es el daño real y objetivo que una banda tributo puede ejercer sobre una banda ya consolidada. A primera vista, no parece que una imitación, que además se enorgullece de serlo, que ni siquiera lo oculta, sino que incluso se promociona anunciándolo a bombo y platillo, pueda competir con el original, puesto que los seguidores de uno son los seguidores del otro, y se me hace muy difícil imaginar que un fan prefiera ir a ver la copia a ver el grupo auténtico, aun si cuesta un poco más la entrada. Ciertamente no parece que las bandas tributos estén en posición de competir materialmente con Marea en nada, ni en llenar aforos, ni en vender discos, ni en ser recordadas más allá de ser un grupo que toca canciones de otro con mayor o menor acierto. Es por eso que pueden existir otros motivos para el odio vertido. Uno pudiera ser el económico, en el sentido de que, si alguien se está beneficiando tocando tus canciones, puedo entender que es justo que quieras que esas ganancias repercutan también en ti, ya que, al fin y al cabo, esas canciones son tuyas. Ahora bien, la autoría de estas no está en tela de juicio desde el momento en el que el grupo se anuncia como una representación del original, es decir, nadie está robando tu música para enriquecerse como si fuera suya, en ese sentido no hay ninguna trampa, todos los actores e implicados saben perfectamente cuál es el de verdad y cuál la imitación. Si no consigues llenar una sala mientras que el grupo que te imita sí lo hace (situación extraña donde las haya), el problema no es del grupo tributo.

Por otra parte, tiendo a pensar que también existe un conflicto más personal. Conflicto que puedo entender y compartir, puesto que imagino lo que debe de ser ver proliferar como auténticos hongos a grupos de imitadores surgidos de todos los rincones del país. Según parece hay tres bandas predilectas a la hora de decantarse por hacer un tributo. Estas son Platero y tú, Marea y Extremoduro. Casi contemporáneos entre ellos y no tan distintos en estilo, especialmente los dos últimos, que además son precisamente los más imitados. Otra coincidencia, Roberto Iniesta ha declarado en más de una ocasión la poca gracia y el hastío que le producen los grupos que se dicen tributo a Extremoduro. ¿Cuántos grupos tributo pueden convivir y prosperar al mismo tiempo representando a una misma banda? De momento seguimos sumando, y eso, tal vez no sea deseable ni saludable para la música. ¿O sí? Es complejo, porque, por un lado, guste o no, estos grupos llenan las salas. El público disfruta, el grupo hace lo propio encarnando a sus ídolos y el dueño del garito da palmas de alegría cuando cuenta la caja. Los miembros de muchos de estos grupos tienen además otros proyectos personales y es gracia a estos bolos que pueden seguir sacándolos adelante. En principio, salvo los grupos genuinos que se sienten ofendidos, no parece que exista perjuicio real alguno a tener en consideración. Pero hay una parte que no se puede obviar. Y es que mientras incontables grupos con ideas y proyectos originales cuya calidad es del todo incuestionable no encuentran un hueco en los circuitos de conciertos, los grupos tributos suelen tener tantas fechas cerradas o más que los propios grupos a los que imitan. Algo no está bien en todo esto, y sospecho que es la mercantilización de la música alternativa como un producto de consumo de masa. Es vergonzoso que algunos festivales rellenen el cartel con bandas tributo de grupos que siguen en activo. Por otro lado, dudo que grupos consagrados lleguen a tocar en bares de poblaciones pequeñas un domingo por la tarde de San Isidro. Como decía, es complicado, todo depende del contexto, supongo.

Estaría bien el uso de la reflexión por ambas partes. A la hora de hacer un tributo se debería tener presente el estado o la actividad de la banda que se pretende homenajear, y contar quizá con cierta aprobación o respaldo por parte de esta. Y los músicos que tienen la suerte (no dudo que merecida) de ocupar un sillón de prestigio en ese mundo casi imposible que es el rock’n’roll no deberían olvidar lo que significa tratar de vivir de la música. Y que, aunque no lo crean, cuando uno decide hacer un tributo a un grupo es porque ama a ese grupo, lo ama tanto que quiere ser ese grupo, o al menos, sentirse como si lo fuera todas las veces que le sea posible. No son [el partido ese de nazis de mierda] del rock.