Cuando reflexionamos acerca de la noción de tiranía, automáticamente nos sobrevienen al recuerdo esos personajes (históricos, cinematográficos o novelescos) que obtuvieron el poder sobre un estado o nación de manera ilegítima, imponiendo su voluntad sin atender a las bases judiciales ni del raciocinio; no obstante, y a pesar de la gran cantidad de connotaciones negativas que nuestra experiencia contemporánea atribuye a este término, debemos advertir que algunos territorios antiguos (véase el caso de la Elláda) no entendían esta acepción del mismo modo que nosotros.

Pero antes de zambullirnos en los pormenores de este proscribo histórico, abordemos la vital explicación etimológica del término “tiranía”; aunque durante varios siglos se estimó que el vocablo provenía de la raíz latina tyrannus (“gobernante ilegítimo”) lo cierto es que en realidad subviene del griego týrannos (escrito “τύραννος”) que a su vez resulta ser un préstamo lingüístico de la región de Lidia (Asia Menor) y que significa textualmente “amo soberano”. Para esta tríada geográfica (Roma, Grecia y el oeste de la península de Antolia), el “tirano” designa, por tanto, a un poder unipersonal identificado por una táctica de gobierno autócrata que habitualmente mantiene suspendidas o controladas las instituciones oficiales según le sirvan de obstáculo o de auxilio para amparar su hegemonía, motivo por el cual ha sido frecuentemente trasladado a la consideración de los wanax micénicos o a los basiléus arcaicos, concordando estos últimos con el género de soberanos de clase aristocrática integrada en la polis que obtenía su poder al convertirse en el titular de su núcleo cognado; el error más notorio en esta comparativa se debe al arquetipo de ascensión hegemónica, que en estos dos casos se debe a la herencia por sucesión de consanguineidad (caso de la primera) o bien por una conjeturada y espontánea designación divina (cuestión de la segunda), y que difieren claramente del gobierno tiránico obtenido de facto (es decir, por la fuerza) que se origina en el siglo VII a.C con Giges de Lidia.

Ahora muy probablemente, querido lector, se esté generando en tu juicio la siguiente pregunta: “Pero Tamara, habiendo otras opciones, más antiguas y que se habían demostrado perfectamente válidas, ¿por qué legitimaron la tiranía como método de gobierno?” Y para contestar a tu pregunta únicamente son necesarias tres palabras que han sido impulso ordinario de cientos de conflagraciones a lo largo de la Historia: cambio de paradigma. La mutación del dechado social (caracterizado por las formaciones gentilicias) provocó una debilidad del régimen común y una fuerte amalgama de pugnas constantes entre los miembros estratificados de la sociedad griega, precipitando una crisis y confusión comercial derivadas en la rotunda grieta económica que los políticos populistas (futuros tiranos) se ofrecieron a solucionar a cambio de una ascensión negociada con la máscara de un pacto de emergencia temporal.

Periandro de Corinto

Este tipo de tiranía concesiva (que fue denominada en la edad moderna como “tiranía positiva”) facilitaba amplios periodos de prosperidad y riqueza monetaria al estado, motivo por el que contaba con la aprobación acérrima del pueblo; uno de sus ejemplos más destacados fue sin duda la ciudad de Corinto, que encumbró su mayor grado de opulencia gracias al tirano Cípselo y a su hijo Periandro por medio de mesuras mercantiles que incluían a las colonias del sur de Italia y la adecuación de un impuesto de peaje marítimo para las naves que deseaban atravesar el itsmo a través de los diolkos (más conocidos como portajes).

Inconcusamente la situación tiránica creaba una dicotomía entre la generación de riquezas y la inversión imprescindible que debía mantener el gobernante para conservarse en el poder, comprando y favoreciendo sus apoyos ya que sin ningún tipo de capacidad divina o hereditaria resultaba muy complejo certificar la supremacía frente a posibles adversarios que únicamente convenían en discursos de mayor bonanza, sembrando castillos en el aire que eran lo suficientemente afanosos como para ganarse el favor (momentáneo) del pueblo y derrocar al anterior caudillo; esta situación pecuniaria propició que inexcusablemente fueran los miembros de la aristocracia los que rivalizaran y compitiesen por un protagonismo que los encumbraba hacia la dirección de la polis. Tanto es así, que el comienzo de la peyorativización del término reverberó cuando este mismo estrato social pretendió acceder a las magistraturas de mayor relevancia para prolongar de manera indefinida su potestad, un acto que se saldó con un desfile de acuerdos preventivos que establecían límites cada vez más estrictos para alcanzar dichas curias; de hecho, uno de los elementos más importantes para asegurar la independencia de las administraciones fue la decisión unánime de que la ciudad mantuviera siempre una de sus corrientes económicas alejada de la riqueza fundiaria (es decir, que pudiera desarrollarse la actividad lucrativa para el Estado en sectores ajenos a la aristocracia).

Sin duda y como probablemente conjeturarás a estas alturas, querido lector, las dificultades que se instauraron en torno al acceso del poder tiránico derivaron en el asesinato de oponentes, al resultar insuficiente la ya manida compra y venta de favores; por ende el término que nos ocupa tomó las últimas notas descalificativas que lo acercarían inexorablemente a nuestra acepción contemporánea. El propio Heródoto relataba el despotismo de Periandro que, siendo un joven tirano, preguntó a Trasíbulo de Mileto (tirano del siglo VII a.C.) cómo podía mantenerse en el poder a toda costa y éste, tras señalarle un campo de trigo, le indicó que debía sesgar las espigas que sobresalieran entre las demás (una metáfora bastante grandilocuente de sus intenciones opresivas).

Pero no quisiera terminar este artículo sin hablarte de dos de los grandes acontecimientos despóticos de la historia de nuestra reverenciada Atenas, tierra que no por ser considerada el epicentro de la democracia renunció al encumbramiento de tiranos. Su mayor matriz la topamos en Pisístrato, filósofo y profesor nacido en una familia aristocrática muy cercana al afamado legislador Solón (valedor de una estratificación fiduciaria muy pareja a la de Aldaberón de Laon en la Edad Media) quien aprovechó su renombre y popularidad para conformar un nuevo grupo político, los diakrioi o hyperakrioi, sujeto por gente humilde que ambicionaba una revolución global del sistema social. La popularidad de Pisístrato fue tal que nada pudieron hacer los pediakoi (demandantes de un gobierno oligárquico) ni los paralia (que pretendían mantener la estratificación en su favor), y en el año 561 a.C. tomó posesión de su cargo, manteniéndose en el timón durante tres períodos más (hasta cerca del año 528 a.C.); el embellecimiento de la ciudad con templos dedicados a Zeus y Apolo, la proyección y conformación del primer acueducto de Atenas y del Liceo, la creación de una fuerte red de mercados y la consiguiente construcción de caminos seguros para los comerciantes, destacan junto a su política de recursos abiertos para aquellos atenienses que deseasen invertir en la industria, convirtiéndole en uno de los gobernantes más venerados por el pueblo de la ciudad helénica.

Tras su muerte en el 527 a.C. se dejó el poder en manos de sus dos hijos Hipias e Hiparco, una resolución que pudrió el periodo de buen criterio dada la actitud autoritaria, dictatorial y egoísta de los hermanos; su régimen (que data entre el 527 a.C. y el 510 a.C.) abordó el horizonte de sus demarcaciones con los movimientos de los llamados Tiranicidas (Harmodio y Aristogitón), estimados héroes y mártires de la libertad que combatieron su omnipotencia enardeciendo consignas y conjurando el asesinato de Hiparco en el 514 a.C. (si bien no debemos olvidar que no es oro todo lo que reluce, y que según afirma Tucídices la motivación de estos “paladines” fue ocasionada exclusivamente por la violación de la hermana de Harmodio por parte de Hiparco, que pretendía burlarse de su linaje impidiendo la entrada de la joven como canéfora en la procesión de las Panateneas).

Tras dicho homicidio Hipias se empleó a fondo en sembrar el pánico entre la población y cerrar las puertas de Atenas a todo contrato capitalista con el exterior, lo que se saldó con su exilio en el 510 a.C. tras rendir cuentas al poder de Cleómenes I (rey de Esparta), a quien la obstrucción de las fronteras con la ciudad-estado había perjudicado gravemente. La democracia que habían ansiado los tiranicidas (honrados con una efigie de bronce que se colocó en el Ágora y fue tomada por los persas como botín en el 480 a.C.) y que había convertido a Atenas en una isónoma (una comunidad con las mismas leyes para todos) se hizo patente con la llegada al poder del alcmeónida Clístenes de Atenas; pero por desgracia la sed de preponderancia del heredero vivo de Pisístrato no conoció reposo y (en su vehemencia) animó al rey Darío a iniciar la 1ª Guerra Médica bajo promesa de que, una vez hubiera recuperado el trono y hostigado a sus detractores, convertiría la polis en sierva del Imperio Persa.

Por suerte todas estas promesas y esfuerzos serían infructuosos e Hipias fallecería en la batalla de Lemnos (poco después de la batalla de Maratón 490 a. C) junto con los últimos resquicios de tiranía que la sociedad transigió hasta la llegada de la Edad Moderna; pero esa, querido lector, ya es otra historia.