En un alarde de dignidad y orgullo, once futbolistas ucranianos se convirtieron en leyenda al desafiar al todopoderoso III Reich en el cénit de su poder y dejaron escrito uno de los capítulos más emocionantes y conmovedores de la historia del deporte rey: el llamado Partido de la muerte.

Partido de la muerte - Maldita Cultura Magazine


Goncharenko, Tyutchev, Timofeyev, Trusevic, Kuzmenko, Komarov, Klimenko, Korotkykh, Sukharev, Putisin, Mielnizhuk. Once héroes que dieron pie a la leyenda y con ello a numerosas referencias -en ocasiones erróneas- en la cultura contemporánea. El partido de la muerte no enfrentó a una selección de soldados aliados de distintas nacionalidades -y tan variopintas como para tener en sus filas a Sylvester Stallone, Bobby Moore, Pelé u Osvaldo Ardiles- en el contexto de la Francia ocupada. Y ellos no huyeron de su reclusión, marea humana mediante, como nos enseñó John Huston en su Evasión o victoria (Victory, 1981). Tampoco fue del todo correcta -en el final sufrido por los protagonistas- la visión que nos dio el gran Eduardo Galeano en su libro El fútbol a sol y sombra (1995):

“También para los nazis, el fútbol era una cuestión de Estado. Un monumento recuerda, en Ucrania, a los jugadores del Dínamo de Kiev de 1942. En plena ocupación alemana, ellos cometieron la locura de derrotar a una selección de Hitler en el estadio local. Les habían advertido: ‘Si ganan, mueren’. Entraron resignados a perder, temblando de miedo y de hambre, pero no pudieron aguantarse las ganas de ser dignos. Los once fueron fusilados con las camisetas puestas, en lo alto de un barranco, cuando terminó el partido”.

Con la ocupación nazi de Ucrania, el fútbol -como tantas otras actividades- cesó su funcionamiento debido a la marcha de jugadores al frente o a su encarcelamiento en campos de concentración. Gracias al esfuerzo de un panadero aficionado del Dínamo de Kiev, en 1942 se fundó el FC Start con antiguos jugadores de los dos principales equipos de la ciudad: Lokomotiv y Dínamo. Tras jugar siete partidos contra equipos formados por guarniciones militares y de una liga local, su gran calidad y poderío -ganaron todos los encuentros con una ventaja media de seis goles- llegó a los oídos de los dirigentes nazis en la zona, que temían que esas victorias incentivaran la moral ucraniana. Para acabar con la amenaza de este buen ejemplo deportivo determinaron realizar un encuentro entre el FC Start y el Flakelf, equipo orgullo de la aviación alemana -la Luftwaffe-. El juego demostró la superioridad del potente equipo ucraniano encarnada en un marcador humillante (5-1), inadmisible para las fuerzas nazis que rápidamente organizaron la revancha.

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Los ánimos de venganza deportiva teñidos por la amenaza militar planearon sobre el estadio Zenit, lugar en el que los nazis convinieron jugar el partido-represalia el nueve de agosto de 1942. Al inicio del partido, los componentes del FC Start dejaron claro su posición al negarse a realizar el saludo nazi frente a las autoridades del palco. Además de la presión externa a la que se vieron sometidos -fueron advertidos de las fatales consecuencias que tendría otra victoria sobre el equipo nazi-, un oficial de las SS fue el árbitro designado para el encuentro en el que el juego sucio y violento de la escuadra alemana quedó impune a pesar de las airadas protestas del FC Start. Sobreponiéndose a todos los factores en contra, el equipo ucraniano alcanzó una ventaja importante (5-3) con la que se llegó a los últimos minutos del encuentro, en los que Klimenko protagonizó la jugada del partido. Tras sortear al portero alemán, el jugador ucraniano se giró sobre sí mismo y, en vez de anotar el tanto, chutó hacia el centro del césped como muestra de la superioridad del equipo de Kiev, a pesar de las artimañas, las amenazas y el juego sucio del equipo germano. El árbitro evitó una mayor humillación pitando el final del encuentro antes de terminar los noventa minutos reglamentarios.

Pero el encuentro aún no había terminado para el golpeado orgullo alemán. Tras perder en dos ocasiones en la cancha, el nazismo quiso ganar la disputa mediante el uso de su poderío militar, la única manera en la que pudieron doblegar a los honorables ucranianos. Una semana después del partido, los jugadores fueron arrestados por la Gestapo, excusándose en la exigua acusación de su pertenencia a un cuerpo policial soviético. Fueron sometidos a terribles torturas -uno de los jugadores no soportó el tormento y falleció en su transcurso- por la policía secreta del III Reich y posteriormente fueron trasladados a los campos de concentración de Syrets, donde solo unos pocos sobrevivieron a las duras condiciones de vida. Los nazis se tomaban así su particular revancha pero la orgullosa leyenda del FC Start permaneció en la cultura popular a pesar de las fatídicas consecuencias del llamado Partido de la muerte.

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