Casi un siglo después de la publicación de la novela de Leon Tolstoi, La muerte de Ivan Illich, fallecía el personaje real y homónimo, Ivan Illich, en el año 2002 en Bremen. Se nos iba su intelecto maldito, no sin una larga lucha, tras años de negación a los varios tratamientos contra el cáncer de parótida que los médicos le sugerían, encarnando así su propio modelo de pensamiento crítico contra toda estructura o institución social; en su caso, la de la “empresa médica” a la que siempre trató de combatir, pues su más destacada aunque olvidada obra “Némesis Médica” (1975), es quizá el texto de su categoría (un amplio ensayo de investigación) más provocador y radicalmente destructivo del ámbito de la medicina de todos los tiempos.

Ivan Illich - Nemesis Medica - Maldita Cultura Magazine


En sus últimos años, sufrió de cáncer, que intentaba combatir con yoga, la meditación, incluso opio o hachís, así como una gran dosis de optimismo vitalista. Algo de esto, o quizá todo en suma, le permitió prolongar su muerte diez años más de lo estipulado por los diagnósticos médicos, y no por una necesidad de extender su existencia a cualquier precio; ni siquiera con ningún tipo de creencia ciega en la medicina alternativa u homeopática; sino con la aceptación de su inminente defunción siempre por delante. Muy al contrario del Ivan Illich real, si repasamos las líneas que recrean al personaje de Tolstoi, vemos que éste no aceptaba la muerte, la temía en todas sus formas; temía la inconclusión de sus hazañas y aportaciones en vida. Si lo pensamos, bajo esta anecdótica comparativa, subyace uno de los dilemas humanos más trascendentales: el que gira en torno a la salud, a la experiencia con la muerte, a la conciencia del tiempo finito, pues a partir de aquí se desarrollan la mayoría de las nociones de poder/subjetividad/identidad que tienen cabida en la existencia humana. Por eso quizá se nos antoja importante el pensamiento de este autor que hoy rescatamos aquí justo en el 90 aniversario de su nacimiento. Pocas veces aparece un genio no monotemático, no especializado en un aspecto concreto (literatura, arte, ciencia…) sino multidiscursivo, capaz de arrojar luz en los rincones de nuestra cultura y civilización más distantes. Una palabra le define (y qué difícil es encajarle esta palabra a un autor): y es la de polímata. Asimismo, nunca un ideológo fue tan radical con todas las instituciones dominantes (religión, educación, salud…) y, al mismo tiempo, tan valioso como “destructivo”o en su aporte.

Sin duda todo un movimiento de renovación pedagógica que contrasta con su frágil recuerdo.

Ivan Illich y la senda de la reivindicación médica

«La medicalización de la vida no es sino un solo aspecto del dominio destructor de la industria sobre nuestra sociedad».

Ivan Illich - Retrato de Bata Nesha - Maldita Cultura Magazine

Ivan Illich, Retrato del artista serbio Bata Nesha.

Cuando nos acercamos a Némesis Médica, estamos ante un texto complejo, arriesgado y que enfoca múltiples áreas del pensamiento humano. Pero ante todo, estamos ante un estudio de sociología interpretativa de óptica crítica, comprensiva, que recupera el fervor del Versheten, la tradición de un tipo de pensamiento crítico cuyos precursores fueron Vico, Herder o Wittgenstein; esto es, el análisis más puramente crítico. Ivan Illich toma referencias de la antropología médica y sus grandes tradiciones de estudio, las terapias alternativas como el caso de los azande o la medicina china. Y es interesante este primer punto, pues una relectura actual de estas perspectivas, algo que no da tiempo a hacer aquí, nos ayudaría a acercar posturas entre la medicina dominante y la medicina alternativa, hoy tan polarizadas en Occidente: foros de Internet y cualquier otro espacio de debate, donde las posturas son tan acentuadas y las acusaciones tan ácidas que parecen los argumentarios de unos acérrimos hinchas de fútbol.

No se ofendan, Illich también se enfervorecía en cualquier línea de debate. Junto a autores como Erving Goffman, Anselm Strauss, Byron J. Good, Howard S. Becker, Thomas McKeown o Michel Foucault (para quien la medicina era, recordemos, una «estrategia biopolítica»), supondría una influencia para la sociología médica que, desde los años 60, revolucionarios para esta materia, toma la senda de la reivindicación de las funciones sociales y culturales en el ámbito de la medicina y la connivencia con la estructura social y jerárquica de poder que perpetúa este distanciamiento. Estos autores (aunque difícilmente englobables en una única categoría) alteraron, cada uno a su manera, el estatuto científico de la medicina, que como tal, se había ido alejando progresivamente del estudio del significado de las dolencias, del sufrimiento, para centrarse en el paradigma del “modelo de diagnóstico clínico”. Estas corrientes críticas tomarían, en cambio, perspectivas hermenéuticas, interpretativas o fenomenológicas.

En este punto, estamos enfocando de lleno el tradicional problema de la relación ambigua entre ciencias sociales y salud, y en el caso de Ivan Illich, estamos ante uno de esos autores generalmente olvidados, pero un referente y visionario de lo que ha venido ocurriendo en materias muy diversas como la educación, la gestión de los recursos naturales, la energía, la salud y otros bienes comunales. Pero lo más interesante es quizá el tema de la salud; el más ignorado. Una exclusividad que hace que sea el motivo por el que nuestra reflexión en torno a Illich se centra en este aspecto concreto de su pensamiento.

El binomio salud/enfermedad en Ivan Illich

Ya en la introducción de Némesis Médica, Illich describe un paisaje de lo médico y lo social que hoy parece impensable como hipótesis para un tratado de su categoría. Se resume su idea en tres explosivas citas:

  1. La medicina clínica «produce daños superiores a sus beneficios», cosa que está empeñado en demostrar con innumerables estadísticas y referencias bibliográficas de todo tipo, hasta la extenuación.
  2. Que el enfoque biomédico dominante, además, «enmascara las condiciones políticas que minan la salud de la sociedad».
  3. Que la medicina actual «expropia el poder del individuo para curarse a sí mismo y para modelar su ambiente», negando las capacidades y recursos que históricamente los pueblos del mundo han tenido para tratar la enfermedad de sus individuos.

Estas premisas pronto nos llevan a uno de esos desconocidos términos tan significativos, como es el de “Iatrogenesis“: el concepto que vertebra esta obra, algo así como el “error fundamental” de la profesión médica. Ivan Illich la desglosa en tres bloques: Iatrogénesis Médica/Clínica, Iatrogénesis Social y Iatrogénesis Estructural.

En una síntesis de sus ideas que se precie, es necesario hacer hincapié en que su noción de Salud se parece a su noción de Saber, ambas son puramente idealistas, sí, pero con un fundamento crítico único. Mantiene con firmeza una retórica política de igualdad de acceso a la sanidad, que según él, debe ser equidad y no igualdad, ya que una sociedad que aplique la igualdad de manera absoluta será una sociedad injusta, por no tener en cuenta las diferencias existentes entre personas y grupos. Es en este tipo de reflexiones de carácter humanista, que va introduciendo paulatinamente, donde encontramos al verdadero Illich, y la influencia de su pensamiento transversal en otras áreas como la educación (La Sociedad desescolarizada, de 1971, es su obra más reconocida, apenas cuatro años antes que Némesis Médica). Aquí un extracto de lo que aquella obra proponía:

El colegio se había alejado […] del modelo de casas de lectura, similares al shul judío, la medersa islámica  o el monasterio, donde los pocos que descubran su pasión por una vida centrada en la lectura pudieran encontrar la guía necesaria, el silencio y la complicidad del compañerismo disciplinado que se precisan para la larga iniciación en una u otra de las diversas “espiritualidades” o estilos de celebrar la cultura del libro […].

La Cultura, junto con la Educación, son, aunque pueda sorprender, los pilares en los que Illich asienta su tratado crítico sobre Medicina. En cuanto a la Educación, Illich piensa que las sociedades occidentales han desarrollado una dependencia en los médicos, pues ya desde el nacimiento, todas las actividades de la vida en torno a la salud giran en torno a la biomedicina y sus espacios. Los seres humanos son endoculturados en un sistema al que se entregan ciegamente, pese a que a menudo ese sistema sanitario al que se entregan, no les aporta los resultados que, oficialmente, dice ofrecer. Illich retoma, como decimos, muchos de los argumentos que ya había desarrollado en su anterior obra, La Sociedad Desescolarizada (1971): la deslegitimación del modelo de enseñanza que ha convertido “el derecho a aprender” en “la obligación de la escuela” para generar un desinterés sistemático y alejar a las masas de un aprendizaje cualitativo/crítico/plural y en su lugar, imponer un aprendizaje especializado/práctico/acrítico. Es por eso que el pensador equilibró su obra completa en forma de una gran denuncia transversal, como propuesta para combatir la ignorancia en temas como la salud, la Medicina y sus estructuras de poder. Esta reflexión recuerda la filosofía marxista de Lukacs y su concepto de reificación en el terreno específico de la enfermedad, en la medida en que esta “tecnocracia de la salud” ha impuesto progresivamente la negación de la gente a descreer o a negar completamente su propia capacidad para resolver por sí misma sus necesidades vitales y construir necesidades nuevas basadas en el intercambio económico. La Salud, defiende Illich, es uno de esos ámbitos y bienes comunes de la humanidad (como decía con el ámbito de la Enseñanza); «la industrialización de las necesidades reduce toda satisfacción a un acto de verificación operacional». Esto convierte a la persona en dependiente de un sistema económico en torno a la salud. En esta visión, que agrede a la institución de la salud en Occidente, la tesis más primaria es que, con una mejor educación, tanto de pacientes como de médicos, se podrían solucionar la mayoría de los problemas que ocasiona el contacto de la población con la Medicina.

Bajo esta perspectiva que hemos trazado, Ivan Illich niega el que viene a ser uno de los grandes tópicos optimistas de la ciencia moderna y que le han venido permitiendo hacer cualquier cosa: que el progreso terminaría superando todas las dificultades; como ese pensaminto general de que la Medicina hace aumentar la esperanza y la calidad de vida en toda la humanidad. Illich busca aquí desmontar uno de nuestros más fundamentales mitos, y para ello, más que una visión cientificista, lo que hace falta es una perspectiva historicista de la salud y la enfermedad (y que los expertos en salud tienen cada vez más anulada) según la cual, lo más importante no es el avance técnico, que está ahí (no lo niega); pero lo importante es entender las enfermedades como un proceso histórico, pues se van superando a lo largo de la historia (tuberculosis, viruela, difteria, sida, incluso, una buena parte de las enfermedades cancerígenas, etc.) y donde el factor esencial para vencer una epidemia es el ambiente: la alimentación, la vivienda, las condiciones de trabajo, el grado de cohesión vecinal… la calidad de vida y por supuesto, la Cultura.

Esto justifica el por qué algunas enfermedades persisten en los países subdesarrollados aún existiendo procesos de tratamiento y cura en muchas de ellas. Tienen lo que llamamos un “grado de endemia”, una influencia del contexto social, político, económico, que la hace pervivir. La biomedicina trabaja con criterios como la productividad, rentabilidad, la popularidad, la tempestividad incluso (promovida por los medios de comunicación) que la hacen ser un modelo que promueve una “sociedad internacional” profundamente impersonal, pero jamás, nunca, ninguna institución, se utiliza este índice de gran valor, el grado de endemia, para medir los factores socio-culturales de una enfermedad.

De este modo, que podríamos seguir exponiendo con muchos ejemplos contenidos en Némesis Médica, Illich hace chocar la tradición con la modernidad. Lo hace, incluso con el concepto de némesis de la tradición mitológica grecolatina y que da título a la obra.

  • La némesis (justicia retributiva o “venganza divina”) y su opuesto, la hybris (la desmesura humana): «Nuestra hybris higiénica contemporánea ha conducido al nuevo síndrome de nemesis médica», sentencia. Él mismo justifica que estas son argumentaciones al margen de las ciencias puras, puesto que la realidad tampoco encaja con «el paradigma explicativo que actualmente ofrecen los burócratas, terapeutas e ideólogos para las crecientes diseconomías y disutilidades que ellos mismos han elaborado con una total falta de intuición y que tienden a llamar “comportamiento contra-intuitivo de los grandes sistemas”».

Aunque Illich promueva este tipo de analogías mitológicas, afirma no estar concibiendo ningún nuevo tipo de «filosofía médica». No pretende ningún tipo homeopatía, si bien, este debate probablemente donde empezó a endurecerse fue con él. Se autoexcluye de cualquier “pretensión mesiánica”, pero en realidad, su mensaje sí que va en esta línea, por la naturaleza misma de sus reflexiones. Aún pese a ello, este intelectualismo radical es siempre un reto estimulante para cualquier cerebro pensante que se acerque a él.

La metáfora del Progreso; el poder profesional; la Muerte

Ivan Illich - Enfermo imaginario - Maldita Cultura Magazine

El enfermo imaginario (Honoré Daumier, 1879).

En la retórica de Ivan Illich predomina el análisis de la metáfora, y en este sentido, su figura intelectual se postula como uno de los precursores de los usos actuales en la ciencia interpretativa que ha venido luchando contra el problema epistemológico de las representaciones dominantes e impuestas, como la metáfora del progreso. Por ello, se postula el concepto de iatrogenia, arriba resumido, y la obra no es más que el desarrollo amplio de las implicaciones de este concepto. Pongamos un ejemplo: hoy en día, son muchos los que defienden el argumento “illichiano”, más o menos popular, de que los efectos secundarios de los medicamentos son la tercera causa de muerte en los países Occidentales. O la segunda, o la primera, según la fuente que se consulte. El tema es muy serio pero los datos nunca parecen seguros o definitivos. La idea, por manida, nos resulta siempre difícil de creer. El prejuicio a combatir el “desarrollo” se resiente.

El poder profesional es una noción que para Illich está imbuida de un corpus metafórico, simbólico, de representaciones sociales instauradas, que lo legitiman contra esa iatrogenia sistematizada. Conviene rescatar íntegramente una cita amplia:

«… los cuerpos de especialistas que hoy dominan la creación, adjudicación y satisfacción de necesidades constituyen un nuevo tipo de cártel o agrupación de control. Están establecidos con más arraigo que una burocracia bizantina, son más internacionales que una Iglesia universal, más estables que un sindicato industrial de la misma rama y están dotados de competencias más amplias que las de cualquier chamán y de un poder sobre lo que ellos dicen ser víctimas mayor que el de cualquier mafia […]. Hoy los doctores y los asistentes sociales (como antes sólo lo hacían los sacerdotes y los juristas) consiguen poder legal para crear la necesidad que, por ley, únicamente ellos están autorizados a satisfacer […] Las autoridades que, durante la era liberal, estaban unidas en el médico individual para el tratamiento del cliente se las ha apropiado ahora la corporación profesional. Esta entidad se modela para sí misma una misión social. Es un hecho que durante los últimos veinticinco años la medicina ha dejado de ser una profesión liberal para pasar a ser una profesión dominante, al obtener ese poder de dictar lo que constituye las necesidades sanitarias de la gente en general. Los especialistas de la salud, en cuanto corporación, han adquirido la autoridad de determinar qué cuidados sanitarios deben proporcionarse a la sociedad».

Esta reflexión nos acerca al concepto de muerte. Especialmente, cuando menciona a  la “corporación profesional” y al actual estado de la capitalización y medicalización de la salud como una perspectiva dominante. Y dice, no sin cierto aire poético: «la muerte mecánica ha vencido y destruido a las demás muertes». Se atreve a desarrollar sus “etapas” socio-culturales en la historia de la Humanidad; un recorrido que concluye en la objetivización de la muerte de un sujeto como un fenómeno de carácter meramente utilitarista: el sujeto muere «cuando deja de ser productor y consumidor».

Al final de la obra, en su propuesta para superar esta fase histórica que es la némesis médica, arguye que hace falta recuperar ” la autonomía personal” en el ámbito de la salud; un “despertar ético”. Algo que tiene su parte de razón, en la medida en que reclama algo que el tiempo ha hecho aún más evidente: la necesidad de un nuevo código, tanto moral (para el paciente-enfermo), como deontológico (para el experto-médico) a la hora de afrontar la enfermedad, así como la erradicación del modelo de empresa médica. Pero también tiene su parte de error, al no concebir que el pensamiento es colectivo, dinámico y evolutivo, y la ciencia ha entrado de lleno en todo esto: el conocimiento cada vez más profundo de la naturaleza (física y psicológica) genera avances innegables en el mundo de la salud. Aunque la ciencia invade todos los aspectos de la vida, el avance de la cultura no es algo que pueda ser obviado. Illich denuncia, eso sí, la forma en que tiende a reducirla al mínimo, a “expulsarla” progresivamente de determinadas parcelas del saber, como la salud. Aquí es donde entra, como una aguja hipodérmica (nunca mejor dicho), la teoría de la lucha de clases del marxismo tradicional en materia de Salud.

Errores y aciertos de Ivan Illich

Ivan Illich - Maldita Cultura Magazine

Fotogramas de la entrevista con Jean Marie Domenach en la serie “Un certain Regard” (1972).

El pensamiento de Illich fue complementándose con cada obra; entre todas ellas había una relación en fondo y forma, llegando a momentos de gran inspiración de su aportación crítica al desarrollo humano; pero también a algunos errores metodológicos sustanciales. El primero y más remarcable quizá sea el de la crítica desmedida. No hacía falta un argumentario tan radical, disparar sus balas como una ametralladora, hacia todas las direcciones, para defender en cambio, argumentos tan presumiblemente válidos. Algo que resolvió la automoderación de esta perspectiva, que irá comprendiendo progresivamente ese «papel excesivamente preponderante de las profesiones sanitarias en general y de la médica en particular, en la definición de la enfermedad y sus remedios, cuestionando así la capacidad de los servicios sanitarios en la prevención y curación de ésta».

El panorama social que podemos imaginar tras las lecturas de los textos más relevantes de Ivan Illich resulta muy desalentador, aboca a una especie de idealismo catastrofista, aunque la realidad parece en muchas ocasiones estar cumpliendo todos los pronósticos al pie de la letra (el mundo de la Salud Pública no está viviendo su mejor momento, precisamente). Pero como investigadores no podemos caer en algunos de estos “augurios” porque de este modo, estamos guiando nuestra investigación hacia una crítica descontrolada. Sin embargo, el brillante currículum de Ivan Illich hace precisamente eso, deslumbrarnos con su transversalidad en la ciencia y el pensamiento humano, que además en su caso, con su movilidad y su facilidad para los idiomas, se convirtió en un intelectual tanto para los países del este, como para los países anglosajones o Latinoamérica. Su arriesgado y en ocasiones desesperado planteamiento, nos ayuda en el fondo a entender al ser humano holísticamente (bio-psico-social). Y sin embargo, nos encontramos con una pregunta que a menudo nos viene a la cabeza: ¿por qué el mundo académico se olvidó de Ivan Illich? A día de hoy, ha quedado encasillado en el intelectualismo de resistencia, con influencias posteriores (no exento de ser un “mesías” del underground también) en corrientes de la Contracultura como el Decrecimiento (fue amigo suyo Jacques Ellul). Se movió en dos corrientes de escritura: la de la acción crítica y la de la teleología; entre ciclos de guerra y la paz espiritual se le puede imaginar en nuestros días.

Han tenido que pasar muchos años para que el modelo biomédico sea puesto en entredicho de una manera amplia y abierta. La Medicina de nuestros días ha asumido, más que en el momento en que se escribió esta obra, que no está en posesión de la verdad absoluta sino que es un método, un camino, entre otros tantos. Pero este “avance” en la capacidad autocrítica de los profesionales de la salud no es suficiente, no exime de las irresponsabilidades estructurales, de la injusticia sistematizada a través del tejido corporativo global, y por ello, resulta estimulante la lectura del pensador vienésen pleno siglo XXI, y encontrar argumentos que en su momento (y también hoy) nos parecen extravagantes, como que «los pacientes descubren que les hubiera ido mejor sufriendo, sin recurrir a la medicina».

Sin embargo, tarde o temprano, en el avance de cualquier texto de Illich, nos encontramos con declaraciones que se reducen a un mero exabrupto. Por ejemplo, incurre en el mismo error que critica, al emplear la estadística descriptiva como fuente de verdad; abusa del dato estadístico y a menudo lo instrumentaliza para que encajen en sus propios argumentos; este uso es continuado y llega a resultar un leitmotiv en sus reflexiones, que necesita “objetivizar” con referencias y fuentes de todo tipo. Abundan vagas afirmaciones del tipo «el 80% del presupuesto médico se dedica a subsanar errores médicos». Si extrapolamos a la actualidad esta reflexión, encontramos que el Gobierno ha intentado en numerosas ocasiones combatir este fenómeno con informes oficiales como el Estudio Nacional sobre los Efectos Adversos (EA) ligados a la Hospitalización o el más ambicioso y muticéntrico Proyecto Idea, que promueven una labor activa aunque poco crítica, respecto a este problema. Aunque haría falta un espacio más amplio para poder analizar los pros y contras de estos informes.

Volviendo al autor y su fervor intelectual, detectamos también que su empleo de las fuentes es caprichoso, y parece planteado para agotar al ojo más crítico antes que para respaldar sus opiniones. Si bien, no busca ser críptico, pues su discurso no posee una alta especialización, sino más bien un tono divulgativo más cercano a la etnografía antropológica. Se sumerge en la dicotomía del positivismo contra el idealismo de manera entusiasta y aplicada a contextos concretos como, en este caso, la salud. Pero Némesis Médica, igual que otras grandes obras del austríaco, no está exenta de declaraciones polémicas, que parecen no haber sido bien medidas o contextualizadas debidamente. Su “espectro ideológico” llega a pasar de un polo a su opuesto, pues alguna idea parecería expresada por un neoliberal de nuestros días: «la medicina fomenta las dolencias reforzando una sociedad enferma que no sólo preserva industrialmente a sus miembros defectuosos, sino que también multiplica exponencialmente la demanda del papel de paciente». Y si no, que se nos explique, qué significa exactamente “preservar a los miembros defectuosos”, y hacia dónde pretende ir el autor con esta reflexión.

Más adelante, en Iatrogénesis Estructural, se echa en falta una explicación más detallada de su perspectiva respecto al dolor ¿Cómo generalizar la idea de que toda la sociedad en conjunto rechace irracionalmente el dolor y la muerte, sólo porque exista un modelo cultural de salud impuesto? Existen fundamentos de sobra para defender que hay una cultura del dolor bien extensa. Uno de los visionarios al respecto fue David Le Breton, con su célebre obra y un best-seller; Antropología del Dolor.

La reflexión de Illich sobre experiencia sensitiva (dolor) y sujeto (cuerpo) no es pobre, pero si inconclusa. Esto afecta a una obra que vio la luz en el contexto de la década de los setenta, con el pleno auge de las corrientes de “antropología del cuerpo” (Mary Douglas, John Blacking, Paul Ekman, Judith Hanna, Andrew Strathern…, y en los 80, Lévi-Strauss, Michel Foucault o Judith Butler), un paradigma en el que la corporalidad es entendida como una perspectiva de análisis que fue integrada en el estudio de diversas problemáticas socio-culturales. De no haber caído en una visión unidimensional e idealizada del dolor, Illich hubiera despejado la senda de esta escuela tan prolífica. Esta “falta de perspectiva”, y la obsesión por el dato, nos hacen sospechar del autor y que sus críticas resulten contraproducentes, recayendo sobre la credibilidad de su texto.

Las réplicas posibles no acaban aquí; hay más declaraciones “genuinas”. El autor también critica los fondos estatales destinados a la Sanidad, pues los considera excesivos. Es otra reflexión polémica y peligrosa, aún cuando su crítica vaya encaminada hacia la fuga de capital intelectual, económico y material, de los recursos para los pobres hacia el monopolio de los ricos. Cae en la ambigüedad en este y otros aspectos, y se olvida de planteamientos que podrían haber sido de gran interés si se hubiera prestado una mayor atención: como por ejemplo, la construcción social de las enfermedades, o disciplinas hermanas como la Psicología, la cual Illich ignoraría sistemáticamente. También es preso de su época, al no considerar la relevancia de fenómenos que la teoría y práctica antropológica fueron integrando: la importancia de las redes sociales, los efectos del racismo, la discriminación y otros elementos acentuados con la globalización, como el papel de los procesos laborales. Pese a la visión marxista en él y la importancia que da al trabajo, como el origen de la enfermedad y la insalubridad, trata este aspecto con relativa superficialidad.

A veces llega a enigmáticos niveles de abstracción crítica: «El paciente queda reducido a un objeto en reparación; deja de ser un sujeto al que se le ayuda a curar. Si se le permite participar en el proceso de reparación, actúa como el último aprendiz de una jerarquía de reparadores. Generalmente no se le confía ni siquiera la ingestión de una pastilla, sino que la enfermera tiene que dársela».

Pese a todo esto, insistiremos aquí en que el pensamiento de Illich sigue vigente por lo arriesgado que resulta y por su honorabilidad a la hora de demandar una mayor implicación de todas las fuerzas y agentes sociales para «ejercer relaciones humanas, verdaderas, y directas, que cortocircuiten las mediaciones (técnicas, económicas, etc.), restablezcan lazos dignos, significativos, y promuevan la creatividad social en el mundo actual: canaliza sabiamente esa consigna marxista de la autogestión radical y su larga tradición libertaria» (estas últimas palabras pertenecen al análisis que realiza el activista mexicano, Ramón Vera Herrera).

En cambio, entre sus principales aportaciones que le convierten en un ejemplo único está el de acertar en su previsión de un futuro peligroso para la salud pública, universal y gratuita. Hay grandes aciertos en su enfoque, como la marcada preocupación por la creciente dependencia farmacológica. La palabra monopolio es reiterada hasta la saciedad en su discurso. Esto parecería algo obsesivo (un error estilístico cuanto menos) si no fuera porque constituye una de sus grandes predicciones. Es su pronóstico sobre el “monopolio curador de los médicos”, y que es el reflejo de lo que hoy denominamos de muchas otras formas como, mismamente, el proceso de privatización de la salud pública, en este cambio de paradigma que estamos viviendo; el paso del modelo de “Sociedad del Bienestar” al Nuevo Orden Mundial de las grandes corporaciones. Illich distingue lo que sería la “buena medicina”, en la medida en que esta sea competente para luchar contra la sintomatología de una enfermedad, pero no puede considerarla una “ciencia de la salud en general”, porque siempre tendrá que ser tenida en cuenta la experiencia vital del sujeto, sus condiciones de existencia, donde la biomedicina sencillamente no tiene ningún interés en profundizar.

En definitiva, las reflexiones de Illich superan el terreno médico y de la salud, desborda el debate más “técnico” que cabe esperar en un texto de su naturaleza, y más que un tratado de antropología médica o sociomedicina, este ensayo consolida su gran proyecto: la teoría crítica de la sociedad industrial. Por todos estos motivos, y aún habiendo recibido las más superlativas valoraciones de intelectuales de la talla de Erich Fromm, la influencia de Illich es apenas memorable en tanto en cuanto sepamos entender ese modelo de “razón cínica” de un filósofo que siempre tuvo un pie en la tradición académica de su tiempo, en los convencionalismos de la antropología crítica y radical. Queda así, como en un segundo lugar, su aportación a la antropología médica y los revisionistas la encasillaron más bien junto con la de otros críticos de los pilares de la sociedad industrial moderna como Pierre Clastres, Maurice Godelier, Eduard Bernstein, etc. Pero quizá, Ivan Illich merece más. Su trabajo escrito fue, en suma, un esfuerzo intelectual por demostrar que la Razón, y su cara más embaucadora, el Progreso, pueden desembocar en la sinrazón. O como dijo Maurice Godelier: «nuestra racionalidad económica está exclusivamente inspirada en un modelo de desarrollo que entraña un gigantesco riesgo, y despilfarro de recursos en pos de interés a corto plazo». Después de prometer la abundancia, ha traído la miseria para la mayoría de la humanidad. “La traición de la opulencia” que decía Jean-Pierre Dupuy; la “traición de la razón” según Stefan Zweig.

Quizá la mejor metáfora que sirve para autoconcluir el pensamiento de Illich, allá cual sea la dirección en la que viaje, sea una expresión suya de sus últimos años en vida: «Lo Último que debería atraer al peregrino no es la “Ciudad Celestial”, sino, más bien, una forma de “Bondad Suprema”».

Nemesis Médica ha abierto el camino para otras obras críticas que han venido llegando mucho después. Especilamente significa me parece Pharmageddon (David Healy, 2012). También está resurgiendo la figura del periodista independiente en el entorno médico. En españa no contamos con muchos exponentes, pero los pocos son buenos, como es el caso de Miguel Jara.

Si quieren continuar esta línea de reflexión y debate que hemos abierto (algunos autores lo han denominado “humanismo radical” y nombrado a Ivan Illich uno de sus principales estandartes), este es quizá el mejor itinerario. Por último, si a alguien le ha parecido lejano o distante todo este espacio de reflexión, no hay más que aproximarse a un tema de inmediata actualidad, como el caso Nadia, para ver la importancia del pensamiento crítico en materia de salud. Y es que, como reza una de las míticas sentencias del salubrista vienés, «Con los argumentos, sólo se obtienen las conclusiones; sólo las historias generan sentido». El verdadero Illich eran este tipo de sentencias inolvidables; oro puro, oculto tras el análisis frío, que sólo la lectura, como un cedazo, puede cribar.

Ivan Illich - Bibliografia - Libros - Maldita Cultura Magazine

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Bibliografía y Referencias consultadas: