En el actual pueblo de Maní (Yucatán, México), se cometió en nombre del dios católico y su representación terrenal en Yucatán, una de las mayores atrocidades culturales y etnológicas de Mesoamérica, en la que, por orden de Fray Diego de Landa, se eliminaron piezas de un valor histórico-artístico incalculable. Pese a ello, el responsable de la tropelía acabó sus días entronizado como uno de los más férreos defensores de la cultura indígena.


Fray Diego de Landa - Maldita Cultura Magazine

Escultura de Fray Diego de Landa en Izamal

Fray Diego de Landa fue un fraile franciscano español, uno de los primeros en viajar a la península de Yucatán para la evangelización católica de sus habitantes, que profesaban una religión politeísta elemental. A pesar de una carrera truculenta en la que se vio obligado a justificar sus dudosos actos, fue recompensado por sus años de trabajo como evangelizador con el título de arzobispo de Yucatán en 1572, cargo que ostentaría hasta su muerte en 1579.

Diego de Landa es conocido principalmente por su obra manuscrita de 1566, Relación de las cosas de Yucatán, en la cual se registra de manera minuciosa las costumbres, creencias, instituciones y formas de vida de los mayas de la época además de recoger en su interior un alfabeto que se ha utilizado posteriormente para el desciframiento de los glifos mayas. El trabajo realizado en esta obra ha convertido a Landa en una figura fundamental -junto a los también frailes Bernardino de Sahagún y Bartolomé de las Casas– para la comprensión actual de las sociedades mesoamericanas y del proceso de conquista y evangelización (eufemismos de expolio y masacre) llevado a cabo por los españoles.

Pero a pesar de su reputada fama como etnólogo, Fray Diego de Landa fue un fiero inquisidor de la iglesia católica y llevó a cabo un adoctrinamiento religioso inflexible sobre los mayas. Sus medidas represivas alcanzaron su cota máxima en el famoso Auto de fe llevado a cabo en el doce de julio de 1562, en el actual pueblo de Maní (Estado de Yucatán, México). En él, se procedió a la incineración de numerosos y valiosísimos códices, libros, altares y glifos mayas, como represalia por la negativa del pueblo a abrazar la doctrina católica y su aferramiento a las costumbres ancestrales mayas.

No cabe duda que ese día en Maní se perdieron objetos de incalculable valor histórico que podrían haber dilucidado muchas de las dudas aún existentes sobre las costumbres y creencias de los mayas, así como haber ayudado a la comprensión del lenguaje utilizado en sus glifos, altares y estelas. Tras ello fue obligado a dar cuenta frente al Consejo de Indias por la tropelía cometida y para restituir su nombre realizó su obra más famosa.

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Placa acompañante de la escultura de Fray Diego de Landa situada junto al convento franciscano San Antonio de Padua, Izamal

A pesar del conocimiento de sus crueles actos, lamentablemente hoy en día se sigue considerando -en determinados círculos- a Fray Diego de Landa como el gran salvador de la cultura maya, se ha asemejado su labor a la de un héroe al obviar su responsabilidad en la mayor pérdida registrada de objetos de la civilización maya. Nuestro actual entendimiento de la antigua cultura mesoamericana sería muy diferente de no haber ocurrido aquel terrible suceso.

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