En los medios audiovisuales, literarios o incluso en nuestras diégesis particulares hayamos una dualidad que a menudo tiende a la exacerbada reiteración: se trata de la discordante relación entre el bueno y el malo. En toda exposición se presenta a un protagonista, un héroe magnánimo y paciente que se enfrenta a un malo, un adversario vil y amoral que destruye todo lo que toca como si esa fuera su única materia de estímulo en el día a día. Batman y el Joker, Gandalf y Saruman, Harry Potter y Voldemort… la dicotómica relación de toxicidad que impide a estos personajes existir sin su sombra acarrea la imposición de un rol desligado de cualquier tipo de empatía por la visión ajena, un eje que tendemos a trasladar a los demás ámbitos de nuestra vida. Piénsalo un momento, querido lector: cuando relatas a un allegado la última jugarreta de tu compañero de trabajo, el daño que te hizo ese reciente amor que te salió rana, la desavenencia con una amistad que no compartía tu misma perspectiva sobre un tema importante… ¿acaso no estás planteando sus actitudes con un cierto tono de ignominia? Nos quejamos (y me incluyo) de sus actitudes tachándolas de egoístas, antiéticas o despreciables, y de algún modo quien nos perjudicó se convierte a ojos de nuestro círculo axiomático en un bellaco, mientras quien nos apoyó toma el papel de compañero del héroe, un Robin o un Sam particular que nos ayuda a combatir aquellas prácticas que divergen de nuestra línea de normalidad. A veces (que no siempre) fue nuestra propia conducta la que supeditó las actitudes subsecuentes de nuestro antagonista, pero el reconocimiento de este hecho resulta engorroso cuando nuestra exegética social dicta que a nadie le gusta colgarse una etiqueta negativa.

Tendemos a implementar tan bizarramente esta duplicidad en el subconsciente que cuando doy una clase de Historia para niños éstos siempre me hacen la misma pregunta: “Y en este cuento… ¿quién es el malo?”. Nos enseñan y les enseñamos desde pequeños que tiene que haber un malo, un enemigo sin corazón que busca romper nuestros ideales, pero por suerte la Historia es uno de los pocos reductos en los que no existen ni buenos ni malos; en su lugar hayamos a individuos que actúan bajo sus propias pretensiones (a menudo tildadas de egoístas, incongruentes o perniciosas) y cuyos actos tendemos a conceptuar a posteriori en función de cuánto se ajustan a nuestra línea de conciencia, un trazo que por cierto se desdibuja cuanto más retrocedemos en el tiempo dado que nuestra implicación con épocas pretéritas resulta prácticamente nula. Y ya que en el precedente artículo hablamos sobre la variación y evolución que había sufrido la palabra “tirano” en Grecia, hoy mantendremos el engranaje interpretativo con los llamados pueblos del mar.

La cuestión de estos pueblos es posiblemente una de las más controvertidas dentro de la historiografía clásica, ya que nos quedan escasos textos sobre su llegada y origen; el primer dato que sabemos con certeza es que eran considerados piratas provenientes de grupos étnicos heterogéneos y que resolvieron centrar sus esfuerzos ofensivos en el delta del Nilo y el mar Mediterráneo, lugares por los que continuamente circulaban barcos cargados con valiosas mercancías que ellos abordaban para su posterior uso o venta.

Debemos tener en cuenta que la región sirio-palestina había vivido una época de terribles guerras que condujeron a sus habitantes a crear nuevos artilugios de combate como fueron el “carro de guerra”, una nueva denominación de soldados entrenados en tácticas colectivas (“mayuannu”) e incluso una tendencia por la diplomacia que facilitó no solo un sucinto periodo de paz sino también la evolución del comercio exterior con el Bronce Reciente. Precisamente con el incremento de los tratados de paz y las conexiones interpalaciales (muchas de ellas propiciadas por el matrimonio con princesas de otras castas), los comerciantes se sintieron más seguros y propensos a extender su círculo de mercado, en tal modo que la riqueza comenzó a arribar en las zonas que se habían visto desoladas por la lidia. No obstante, en el año 1200 a.C. esta tranquilidad se desvaneció con la venida de los llamados “pueblos del mar”, que provocarían la destrucción de los centros de mayor importancia del mar Mediterráneo Oriental. 

Bien, hagamos un parón. Hasta aquí podríamos argüir que estos son los malos, los enemigos de la concordia que buscaban beneficiarse arteramente del soplo de prosperidad que había llegado a la región, ¿no? Pero quizá estamos olvidando un detalle imprescindible: ¿Cuáles eran sus verdaderas motivaciones? Sabemos que toda acción-decisión es precedida por una causa que sugestiona la conformación de la misma y que, por irracionales que podamos llegar a ser los seres humanos, siempre escondemos un acicate mayor tras nuestras actividades. Con ello en mente, recapacitemos: si todas las ciudades de la zona estaban prosperando y enriqueciéndose por igual, ¿por qué un grupo tan basto de población recurriría a la piratería arriesgándose a una innecesaria muerte en combate o a un ajusticiamiento público que llevaría la deshonra y la pobreza más absoluta a su familia? Es posible que ahora se te pasen por la cabeza justificaciones como la mera codicia, el morboso reflejo de libertad que ha traslucido con los años en la piratería (esos hombres y mujeres que no se regían por las normas sociales sino por un código interno) o el deseo de alcanzar una fama infundida por el terror, pero yo voy a pedirte que vayas un paso más allá: estos individuos eran del todo anónimos, empleaban los barcos más rudimentarios y volvían a sus casas tras cada asalto para compartir su botín. Sabiendo esto, reconduzcamos nuestro interrogante: ¿por qué apelar a la piratería si “todas” las ciudades del territorio estaban medrando y lucrándose al mismo son? Y ahora sí, debieras cuestionarte: “Espera, ¿por qué hay unas comillas que enmarcan el vocablo cuantitativo? ¿Quizá no todas las ciudades gozaban del aumento pecuniario?” ¡Bingo! ¡He ahí el quid de la cuestión!

En las ofensivas representadas en los relieves de Medinet Habu se distingue a los peleset (filisteos que se unieron a la causa de los pueblos del mar) de los egipcios por el uso de tocados y por unas costillas extremadamente marcadas, un recurso empleado exclusivamente para manifestar la desnutrición o hambruna de un pueblo. Debemos considerar que las ciudades más prósperas fueron Amurru, Hatti, Kadi, Karkemish, Arzawa y Alashiya, núcleos urbanos que dominaban la subsistencia oriental en todas sus facetas: Amurru gestionó un fuerte control eclesiástico (que heredó luego Babilonia con el dios Marduk), Hatti esgrimió el control de las transacciones gracias al empleo de la escritura cuneiforme (heredada de los sumerios), Kadi y Karkemish establecieron ininterrumpidas exploraciones y colonizaciones que ampliaron el ratio de acción comercial así como los productos de cabotaje, mientras Arzawa y Alashiya se colocaron en cabeza gracias a su ingente capacidad minera (especialmente con el cobre, el oro y la plata). El resto de ciudades, embestidas por las inclemencias meteorológicas (que dificultaban la obtención de una cosecha proporcionada para superar la carestía) y por una rotunda inestabilidad interna, hubieron de hacer frente al indefinido silencio que sucedió a su grito de socorro cuando la demografía comenzó a caer en picado; fue inexcusablemente este mutismo indiferente (que no respondía siquiera al ofrecimiento de pleitesía) el que propició la cohesión de los poblados más afectados en una nueva estructura (marítima) que centraría sus esfuerzos primigenios en el ataque y venganza contra las seis ciudades mencionadas, llegando al punto de que varias islas del Egeo aplaudieron la iniciativa y resolvieron convertirse en centros de bandolerismo internacional, favoreciendo la irrupción de los cargamentos palatinos para poder sobrevivir. El asalto continuado a estas ciudades fue tal que en las cartas del regente de Alashiya (Chipre) se hizo mención continua a la defensa de las naves de Anatolia que transportaban la plata, pues los pueblos del mar ya habían logrado abordar los cargamentos de cobre (tan necesario para abastecer el armamento militar) y ahora tornaban su mirada hacia un blanco de mayor valor fiduciario. Quizá ahora nos cambie un poco la perspectiva sobre estos “malos” y su continua y diligente acción de saqueo, ¿no?

Pero por si no es así, veamos un poco de la historia de los “buenos”, ¿te parece? Hasta nuestros días han llegado fascinantes fragmentos de la correspondencia entre Hammurabi (conocidísimo rey de Ugarit) y el rey de Alashiya (presumiblemente Tudhaliya IV), que muestran un interesante paradigma por el supra. Por su parte el primer interpelado deja traslucir la inseguridad y miedo frente a este nuevo enemigo que amenaza su hegemonía, y aunque quiere hacer notar su rango recomendando la fortificación de las defensas vecinas no se encuentra en disposición de auxiliar a Chipre a pesar de que la flota de la ciudad se hallase en Lukka (Asia menor) amparando justamente sus intereses gubernamentales. De hecho, hay por parte del rey de Alashiya un cierto tono de reproche a su aliado, quien mantiene a su vez un matiz condescendiente de ordenanza como si el enemigo no estuviera a punto de cernirse sobre él. No deja de ser interesante que estos archivos suponen el arquetipo perfecto del idios (la necesidad particularizarse para despuntar) que cede a Hammurabi como celebrador de su idiosis (amparo sobre el idios) y al rey de Chipre como el idiote (el perdedor frente al idios).

Tras la devastación de estas localidades el siguiente punto de mira será Egipto, que en el 1800 a.C. comenzó a recibir las arremetidas navales estando bajo el gobierno del faraón Ramsés III. Luego de las numerosas derrotas del ejército autóctono (que le valieron a su rival el sobrenombre de “enemigo del sol”) el regente resolvió hacer uso de la vía diplomática cediéndoles territorios de Palestina no contributivos a cambio de su asistencia como mercenarios (destinados a servir de muro de contención para aquellos que intentaban penetrar en el Delta del Nilo). La situación de bonanza y aceptación propició que se mezclasen con la ya existente población cananea, y adoptando el modelo de sus ciudades se unieron en una confederación (“pentápolis”) que contaba con sistemas defensivos comunes y una vasta tropa entrenada para la custodia de un reino que ya sentían como propio. Y por arte de birlibirloque de pronto “los malos” se convirtieron en “los buenos”.

Pero por supuesto y como ya supondrás querido lector, la necesidad de un “villano” continuaría presente pese al asentamiento y pacificación de este aguerrido clan, así que cuando en el tránsito entre la Edad de Bronce y la Edad de Hierro los grupos nómadas hebreos se instalaron en Palestina, los filisteos se toparon con un enfrentamiento invasivo inesperado que en los anales de la Historia quedaría reflejado con el referente del sanguinario Goliat (de nuevo les tocaba ser la alevosa nación, esta vez por no profesar la misma religión que los recién llegados). Sería el rey David (sucesor de Saúl y mítico contrincante del gigante) quien lograría la unificación de ambos reinos y culturas al tomar la ciudad situada entre ambos territorios (Jerusalén), aunque por desgracia la reiteración de esta continua antonomasia bifurcada se mantuvo tautológica e historiográficamente hasta nuestros días.