Si la memoria no me falla, corría el año 1998 cuando la canción “Depende” de Jarabe de Palo sonaba por todas las radios y avenidas de España y, para más, recuerdo que yo la tenía grabada en un CD de favoritos que escuchaba constantemente en mi discman (un aparato maravilloso que me tenía enamorada hasta que tropezaba con algo en el bolso y de golpe la pista se quedaba clavada en medio de cualquier estrofa). La base de la canción era la interpretación misma de lo relativo: nos hablaba de la línea entre el blanco y el negro, de lo subjetivo de un cielo nublado, de que para uno subir podía ser comparable a bajar… y, en definitiva, presentaba (sin saberlo) el complejo campo de la hermenéutica. Bien, no es que fuera una auténtica novedad descubrir que para cada persona el significado tras un hecho está sujeto a una concepción o a un modo de expresar la realidad, pero sin duda aquello de provocar cierta atingencia en el público al ritmo de un estribillo pegadizo, resultó original.

La hermenéutica, como ya he explicado en alguna ocasión, es esa interpretación exegética de las situaciones que vivimos y cómo las percibimos, y es imprescindible para entender la consecución de los actos y elecciones que nos guían por senderos inexplorados (a menudo tomados con una aceleración espontánea e irrefrenable). Si nos remontamos atrás en el tiempo, debo decir que este fue precisamente el caso de Diocleciano cuando accedió al poder en Roma y se encontró con un Imperio sumido en el caos.

Pongamos los antecedentes sobre la mesa: la etapa de los emperadores-soldado (siglo III d.C.) vino acompañada del fraccionamiento de la mayor parte de la fuerza bélica romana, el detrimento crematístico de la nación y la imposibilidad de controlar los lindes de un territorio que se había expandido demasiado, tres situaciones que favorecieron la asimilación de la monarquía como un régimen tiránico e inútil gracias a emperadores como Probo (276-282) quien había empleado al ejército para realizar servicios a la comunidad (una medida mal vista que terminó con la deserción y asesinato del general) y como el regente Floriano o su hermano Tácito, ambos traicionados y aniquilados por conducir a las tropas al sur sin la manutención necesaria (sus muertes, por cierto, fueron encubiertas bajo la apariencia de unas fiebres fortuitas); si a todo ello le sumamos el detrimento en la riqueza comunal y el aumento de la fortuna imperial, es lógico que el vulgo no estuviera contento con el rumbo que tomaba el Imperio. Tan sólo el gobierno dual de Carino y Numeriano, hermanos del emperador Marco Aurelio Caro (que, ¡oh sorpresa!, había fallecido en extrañas circunstancias) había contado con algunos aliados entre la población: el primero, estandarte de la fuerza marcial contra los cuados, fue reverenciado por mantener la seguridad de la región, mientras que el segundo (un gran poeta y literato) recibió alabanzas por no escatimar gastos en la financiación cultural. Y aunque ninguno pasó a la historia por sus grandes hazañas gubernamentales, lo cierto es que sí influyeron con su ejemplo en la imaginación de Diocleciano: si un gobierno conjunto había sido posible entre dos hermanos tan dispares, ¿por qué no apostar por un sistema parecido para su administración? Nacería así la idea de una monarquía plural y colegiada que recibiría el nombre de tetrarquía.

Escultura veneciana representando a la tetrarquía. Imagen: Nino Barbieri (Licencia CC 4.0).

El primer paso para asentar su proyecto fue nombrar a Maximiano (compañero y oficial) co-emperador, un cargo que se haría efectivo en el 285 en Milán y que contaría con una máxima de lo más confusa: ambos serían iguales en el cargo, pero Maximiano siempre estaría subordinado a Diocleciano en el cargo titular, al punto de que éste asumió el título de Jovius (similar al de “padre de los dioses” o “Júpiter”) y Maximiano tomó el de Herculius (es decir, “Hércules”, el más famoso hijo de Júpiter), concatenando así su relación de superioridad y obediencia como padre e hijo. No sería descabellado suponer que en el fondo lo que Diocleciano quería era un chivo expiatorio para compartir las culpas (o cuya cabeza pudiera sustituir a la suya en una pica, llegado el caso), pero a decir verdad el pueblo ensalzó esta decisión y comenzó a ver con buenos ojos al nuevo emperador, ese hombre que renunciaba al poder absoluto por salvaguardar el Imperio y cuyos orígenes humildes (como hijo de un escriba del senador Anulino) asegurarían su devoción a la plebe.

Ocho años más tarde, y habiéndose asegurado de que su compañero no suponía una amenaza para su hegemonía, cada augusto escogió a dos césares más para completar el cuadrilátero gubernamental (Diocleciano eligió a Galerio y Maximiano a Constancio Cloro), y para reforzar sus vínculos recurrieron a las alianzas matrimoniales: Galerio se casó con Valeria (hija de Diocleciano) y Constancio Cloro con Teodora (hijastra de Maximiano) una táctica que resultó impopular puesto que propició la idea de que la representación política quedaba limitada a aquellas familias poderosas que se unían con lazos de sangre. Sin embargo, para asegurar la equidad del sistema de gobierno, se estableció que la sucesión jamás sería hereditaria, sino que serían los caesares quienes se convertirían en augusti a medida que sus predecesores abdicaran (voluntariamente, claro) luego de veinte años de gobierno, encargándose posteriormente de nombrar a sus sustitutos en el cargo anterior (con quienes no podían tener relación fraternal o paterno-filial).

Para facilitar la gestión del territorio conquistado hasta el momento, Diocleciano dividió el Imperio en cuatro partes que fueron asignadas a cada emperador: él se encargaría de Egipto, Siria y Asia, Galerio de las provincias al sur del Danubio, Maximiano de Italia, el norte de África e Hispania, y por último Constancio de las Galias y Britania. De este modo, descentralizando el poder de Roma hacia cuatro núcleos repartidos en las provincias, se aseguraban la sumisión y prevenían cualquier connato de rebelión, aunque como efecto secundario la imagen de la capital quedaba debilitada frente a las residencias de los nuevos tetrarcas, con Diocleciano en Nicomedia (actual Izmit) o en Antioquía, Galerio en Sirmio (Sofía) o en Tesalónica, Maximiano en Mediolanum (Milán) y Constancio en Tréveris, los cuatro nuevos ombligos del mundo.

Mapa del Imperio Romano en los tiempos de la tetrarquía. Imagen: Coppermine Photo Gallery (Licencia CC 4.0).

Continuando con las precauciones para asegurar que su sistema sobreviviera sin subversiones, Diocleciano redujo el poder de los gobernadores en las provincias duplicando su número y añadiendo praesides ecuestres y procónsules senatoriales que actuaban en subdivisiones más pequeñas denominadas “distritos”; el territorio italiano fue uno de los primeros en sufrir esta nueva organización, quedando fraccionado en doce distritos gobernados por un vicarius que funcionaba como delegado del emperador (eso sí, siempre por debajo del prefecto del pretorio correspondiente) y cuya labor consistía en inspeccionar los aspectos militares así como el mecanismo de administración de justicia y finanzas, asegurándose de que ningún pretor incurriese en fraudes o actividades ilícitas que perjudicaran al gobierno. Por su parte, los gobernadores provinciales perdieron su capacidad militar, lo que imposibilitaba la adhesión al poder como líderes y los impulsaba a dedicar todos sus esfuerzos a la recaudación de impuestos, confiando en que ello les beneficiaría en las cortes de los tetrarcas.

Al final todo depende de cómo se mire, puesto que mientras Diocleciano creía que estaba asegurando la hegemonía romana por otros mil años más, lo cierto es que la fragmentación ya había comenzado y nada habría podido detenerla; en el año 305 comenzaron los primeros coletazos del fin tras la renuncia de Diocleciano y Maximiano a su mandato, el ascenso de Constantino Cloro y Galerio y el nombramiento de dos nuevos caesares (Maximinio Daya y Severo II), ya que cuando Cloro falleció durante la expedición de Caledonia contra los pictos aún no se había establecido con claridad quién sucedería a un augusto en caso de muerte repentina. Frente a la duda, su hijo Constantino se autoproclamó sucesor saltándose cualquier tipo de protocolo y, una vez abierta la veda, el hijo del tetrarca Maximiano, Majencio, decidió que él también estaba interesado en encumbrarse como augusto. Obviamente y a pesar de que Diocleciano trató de mediar, la situación se hizo cada vez más confusa, y en el 310 se llegó a tener siete augustos (¡mamma mía!): Constantino, Majencio, Maximiano, Galerio, Maximino, Licinio y Domicio Alejandro y, dado que ninguno de ellos estaba dispuesto a renunciar a su pedazo del pastel, los homicidios y tentativas de asesinato comenzaron a surgir hasta de debajo de las piedras. Tras muchas idas y venidas, en el 324 d.C. Constantino (apodado el Grande) se hizo con el poder único y sometió a la tetrarquía al principio dinástico, cubriendo los puestos subordinados con sus propios hijos y eliminando a casi toda la competencia (Majencio se salvó de milagro); bajo su mando aparecieron los magistri militum (quedando separadas la carrera militar y la civil), los agentes in rebús (correos personales del emperador que terminaron adoptando la función de controlar la correspondencia oficial de todo el Imperio), el consistorium (consejo privado del emperador, compuesto por juristas y militares) y la cancillería, con un magister officiorum (“jefe de servicios”) a la cabeza de una serie de altos funcionarios que tenían control sobre las fábricas de armas y la guardia palatina. Otra gran novedad fue que, a diferencia de la tetrarquía, aquí el patrimonio del emperador y el del estado estaban separados (una medida muy impopular, como es lógico) y por ello serían gestionados por dos organismos independientes, la comitia rei privatae y la comitia sacraru largitionum.

Busto de Diocleciano. Imagen: Alec Connell (Licencia CC 4.0).

A la muerte de Constantino se impuso un nuevo dilema: siguiendo con el modelo tetrárquico unos apoyaban como augusto a Majencio y otros, más amigos del modelo dinástico, a Constante (hijo de Constantino). Tras asesinar a su rival en el 350 d.C., Majencio tuvo que hacer frente a Constancio II, el augusto de Oriente (tambien hijo de Constantino, ¡como no!) que inició la ofensiva apoyado por un ejército de mercenarios romanos y alamanes. En la batalla posiblemente más sangrienta de la historia romana (la de Mursa en el 351 d.C.) perdieron la vida cincuenta mil soldados, entre los que se encontró al pobre Majencio, quien se había ahogado en el río por el peso de su propia armadura (también es mala suerte, chico). Constancio II reinaría según los dictámenes de su padre, si bien la monarquía colegiada aguantaría hasta el final de la dinastía teodosiana a mediados del siglo V d.C. cuando la interpretación hermenéutica dio lugar a la forma de gobierno absoluto.

Y es que ya se sabe que incluso en la política son nuestras experiencias las que nos marcan y que todo es según se mire, todo depende.