Thelma Ducoing Toole leyó el manuscrito que su hijo había tratado de editar sin éxito. Sintió que era su obligación intentar de nuevo que la obra fuese publicada, que el mundo reconociese el talento de su hijo. Pero al recibir hasta siete negativas, desesperada se puso en contacto con Walker Percy, autor de reconocido éxito en aquellos años. Percy rehusó leerla, pero ante la insistencia de Thelma comenzó su lectura, con desgana al principio, con gusto después, hasta el punto de darse cuenta de que estaba ante una de las mejores obras del siglo XX. En 1980, casi 20 años después de su finalización, La conjura de los necios finalmente vio la luz, y en 1981 John Kennedy Toole recibió el premio Pulitzer de ficción de manera póstuma.


“Al desmoronarse el sistema medieval, se impusieron los dioses del Caos, la Demencia y el Mal Gusto”.

Con La conjura de los necios J.K. Toole nos presenta a Ignatius J. Reilly, un personaje cuya primera impresión resulta degradable. Un tipo obeso con problemas estomacales debido al cierre de su válvula pilórica, con un bigote sudoroso y que viste siempre una gorra verde de cazador. Moralista hasta el extremo, aborrece la sociedad actual por su falta de “geometría y teología”, al tiempo que anhela el pensamiento medieval y se deja dirigir por la rueda de la Fortuna. Ignatius es el tipo de persona que va al cine para disfrutar de él, pero se pasa todo el tiempo criticando su “carencia de buen gusto y decencia”.

“«Cuando Fortuna hace girar su rueda hacia abajo, vete al cine y disfruta más de la vida.» Ignatius estaba a punto de decirse esto, cuando recordó que iba al cine casi todos los días, girase como girase la rueda de la Fortuna […]”

Pero al mismo tiempo, Ignatius es mucho más que eso. Es un personaje perdido en la sociedad decadente de Nueva Orleans. Revolucionario y contestatario a su manera. Bobalicón hasta resultar entrañable. Debido a una serie de calamidades y catástrofes, es obligado a salir de su claustro (su habitación sin ventilar) y entrar en el mundo laboral desde donde Fortuna le mostrará el hundimiento de una sociedad en la que no cree, estancada intelectualmente por su veneración a Mark Twain. Todo parece una conjura de necios contra él, el chico trabajador que se alzará victorioso frente a los desquiciados oficiales de policía, delincuentes juveniles, comunistas, bailarinas de striptease, pájaros, Cruzados por la Dignidad Mora, pornógrafas nazis y hasta su propia madre, la viuda señora Reilly, sobreprotectora y alcohólica, quien dará el pistoletazo de salida a todos sus problemas.

Y cuando el cine, los programas de televisión infantiles y Fortuna le dan un respiro, Ignatius refleja sus pensamientos en cuadernos que esparce por el suelo de su habitación a la espera de poder reorganizarlos en un conjunto; y en la correspondencia que mantiene con su amor perdido, Myrna Minkoff, esa mozuela almizcleña que tarde o temprano recibirá su merecido, pero con quien espera florecer algún día en la cosmopolita Manhattan.

El Quijote de Toole

John Kennedy Toole Maldita Cultura Magazine

Muy poco se sabe del autor (a excepción de datos bibliográficos) y no existen declaraciones suyas en hemerotecas. Escribió gran parte de La conjura de los necios durante el servicio militar, en Puerto Rico. Además, trabajó en puestos para los que estaba sobrecualificado, al igual que Ignatius, por lo que se piensa que el personaje pudo ser una caricatura de sí mismo (idea que se apoya además en la relación con su propia madre). Tras no conseguir publicar su obra, cayó en una profunda depresión que le llevó al suicidio en 1969.

He leído en alguna ocasión que la muerte de Toole nos privó de una posible mejor obra de este autor. En mi opinión, no tiene mucho sentido hablar de lo que pudo o no pudo ser. No tengo dudas de que la trágica historia que rodea al libro ha ayudado a que su éxito fuese mayor una vez publicado. Pero, aún así, La conjura de los necios es una excelente tragicomedia y se ha comparado a Ignatius con Don Quijote y al propio Toole con Cervantes. Éste es, para mí, el gran mérito de la obra de Toole: que utiliza la picaresca de todos sus protagonistas para hacer una crítica sobre la situación de una sociedad loca y perturbada que se precipita hacia el abismo arrastrada por la rueda Fortuna.

Precisamente Walter Percy escribió el prólogo del libro. En él nos cuenta que al principio no le apetecía leer una novela que le había llegado en papel carbón, apenas legible, a través de una insistente señora que llegó a acorralarle y dejarle sin escapatoria en su despacho. No tuvo más remedio que comenzar a leer. Y siguió, y siguió, y siguió hasta el punto de no poder creer que la historia fuese “tan buena.

“Quizás el mejor modo de presentar esta novela (que en una tercera  lectura me asombra aún más que en la primera) sea explicar mi primer contacto con ella. En 1976, yo daba clases en Loyola y, un buen día, empecé a recibir llamadas telefónicas de una señora desconocida. Lo que me proponía  esta señora era absurdo. No se trataba de que ella hubiera escrito un par de  capítulos de una novela y quisiera asistir a mis clases. Quería que yo leyera una novela que había escrito su hijo (ya muerto) a principios de la década de 1960. ¿Y por qué iba a querer yo hacer tal cosa?, le pregunté. Porque es una  gran novela, me contestó ella […]”

La conjura de los necios Maldita Cultura Magazine

Estatua de Ignatius Reilly en la puerta del D.H.Holmes (Nueva Orleans), lugar donde comienza la historia. Imagen: Lord Mariser, 2010.