Toda publicación que se honre en serlo, lleva consigo un principio inquebrantable: atender a la expresión artística indisoluble entre fondo y forma, cómplices en la seducción del lector.


EN AQUELLA OCASIÓN ERA LA LUZ. Y en esta, quizás con más necesidad ética, debiera serlo también. Por más que el contenido discursivo sea ilustrativo del pensamiento, en la edición de libros la tipografía reúne sobre sí el vértice de la obra. Si bien esta reflexión parece atender a lo concreto –el texto-, en realidad reflota ese aspecto menos atendido –imprenta- a la que pudiera conceptuarse como abstracto. En la lectura nos desposeemos del mundo material. Iniciamos ese viaje clandestino que nos reserva sorpresas y atenciones variopintas. Entre ellas la forma e imagen. Por más austeras que parezcan y aún diluidas en el propio hecho lector, su significante mayor es incardinarse en él sin apreturas. La figura del editor queda donde debe de estar, al margen y, sin embargo, en el genuino centro de la edición. “Cuando yo escribo desaparezco por completo”. La edición comporta el inherente eclipse del editor. Está ahí, pero oculto tras esa labor que se convierte en la linde de su desaparición.

LA REFLEXIÓN POÉTICA DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ en su obra Elejía, bien podría reformular esa condición creadora del tipógrafo. El poeta moguereño también ejerció como elegante y refinado impresor “La poesía verdadera se hace sola, como la flor o el fruto luego de una rama. El árbol da la flor y el fruto pero no los hace, no tiene voluntad de hacerlos. El poeta debe ser el sostén de su poesía; suya porque viene por medio de él, pero no porque él sea su autor”. Ejemplo de ello fue la edición de la revista Índice (1921-1922). Su corta vida no le resta importancia como muestra reconocible y reconocida de la poesía española de ese momento. Además de invitación manifiesta a los autores hispanoamericanos, como así reza en la página final del primer número, “Índice no es revista de «grupo». Sus redactores son escritores y artistas de las más distintas tendencias, españoles e hispanoamericanos, unidos sólo por el interés común de la exaltación del espíritu y por el gusto de las cosas bellas”.

Edición Portada-del-primer-número-de-la-revista-Litoral

Portada del primer número de la revista Litoral

OTROS OFICIOS, OTRA ÉPOCA, OTROS LIBROS. Linotipistas, cajistas, minervistas, maquinistas, fotocompositores, montadores, regentes y encuadernadores. En estos sustantivos se sustancia el aplicado trabajo y recorrido del noble oficio de la edición. José Bergamín, Max Aub y Manuel Altolaguirre emprendieron este viaje al corazón de las palabras impresas en el papel. Aunque de entre ellos sobresale el autor de Islas invitadas, que junto a Emilio Prados, cazador de nubes, como lo calificara Federico García Lorca, creó la revista Litoral a través de Imprenta Sur. En su obra Vida y poesía: cuatro poetas íntimos, publicada en 1939, nos habla con fascinación y ensueño de este proyecto que, sin duda, consolidó su labor como editor en otros futuros desarrollados París, Londres o Madrid, a través de las que bautizó como “imprentas de bolsillo”, en las que publico un ingente número de libros y revistas, como Poesía, Héroe y Caballo Verde para la poesía antes del forzado exilio tras la Guerra Civil,  “Nuestra imprenta tenía forma de barco, con sus barandas, salvavidas, faroles, vigas de azul y blanco, cartas marítimas, cajas de galletas y vino para los naufragios. Era una imprenta llena de aprendices, uno manco, aprendices como grumetes, que llenaban de alegría el pequeño taller, que tenía flores, cuadros de Picasso, música de don Manuel de Falla, libros de Juan Ramón Jiménez en los estantes. Imprenta alegre como un circo y peligrosa para mí cuando Emilio Prados, tirador seguro, dibujaba mi silueta en la pared con unos punzones.(…) Son recuerdos prosaicos. Pero la imprenta era un verdadero rincón de poesía. Con muy pocas máquinas, con muchos sillones, con más conversación que trabajo, casi siempre desinteresado, artístico, porque Emilio era y es el hombre más generoso del mundo”.

Edición - Manuel Altolaguirre y Emilio Prados

Manuel Altolaguirre y Emilio Prados

Casi un siglo desde su nacimiento en 1926, y tras varias atropelladas etapas desde la inicial que abarcó hasta 1929, el pasado año 2016 celebró su nonagésimo aniversario. Los dos autores malagueños concitaron en su quehacer literario y cultural la sobresaliente amalgama artística de la época. La revista bautizada por Rafael Alberti, tuvo en su primer número al pintor jiennense Manuel Ángeles Ortiz como ilustrador de la portada con la obra El pez saltarín, que se ha convertido en la seña de identidad de la publicación que actualmente dirige Lorenzo Saval, sobrino nieto de Emilio Prados. Los dos poetas malagueños recalaron en Hispanoamérica. Este último en México donde permaneció hasta su muerte en 1962. Manuel Altolaguirre primero en Cuba y posteriormente en México, en la que desarrollo una fecunda etapa creadora como guionista, productor y director cinematográfico. Falleció en un accidente automovilístico en 1959 cuando regresaba del Festival de Cine de San Sebastián.

NOS RECONOCEMOS EN LA BELLEZA. La riqueza visual de la tipografía es un elemento favorecedor de la defensa, fomento y promoción de la lectura. En ese viaje hacia lo desconocido que abordamos al entreabrir las páginas, la buena edición es aliada y cicerone de este propósito. Esta ambivalencia resulta altamente benefactora para el interés activo de la propia obra y del lector que acude a ella. La voracidad del mercado editorial nos regala contradictoriamente la posibilidad de convertirnos en piratas en busca de La isla del tesoro. Las librerías de lance nos procuran ese gozo aventurero donde la voz del libro reclama su atención y rescate. Hojear su contenido nos reorienta hacia el tiempo en que fue abandonado. Desde entonces espera pacientemente al lector que reconozca en él su destino y lo reclame para sí, como así lo hiciera Robert Louis Stevenson. Los aborígenes de Samoa le llamaban Tusitala, “el que cuenta historias”, con ellos convivió hasta su muerte. La quebradiza salud del escritor escocés no le resto ganas de descubrir mundo, realizando reportajes de esos periplos: viaje en trasatlántico en camarote de segunda o atravesando en tren América desde Nueva York hasta San Francisco, en los que incluía la inquietud y denuncia social ante el exterminio indio o el desprecio a los inmigrantes chinos. Reflejo de una época que, en pleno siglo XXI, sigue estando de triste actualidad en consonancia con esa demostración de desprecio que se ejerce desde instituciones democráticas como son la del actual Presidente de los Estados Unidos de América o de la Unión Europea en el trato a los inmigrantes. El aforismo del autor de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde bien pudiera incorporarse como principio lector y editor, “Es mejor caminar lleno de esperanza que llegar”. En toda edición y lectura hay una senda que recorrer que nunca acaba. Un libro nos embarca nuevamente en otro. Editor y lector son compañeros de travesía. Aparecen en el rol de la tripulación literaria. El viaje es un fin en sí mismo, y con él hay un deseo de espera solícita, de expectativa pendiente, de demora convenida, de dilación motivada por el anhelo de ser reinventado en cada lectura. En toda obra artística, y la edición lo es, ese aplazamiento se consuma en soledad, la que exclusiva y legítimamente corresponde al lector, y a la que el editor debería invitar a hacer interminable a través de su trabajo tipográfico bajo el ideario del primor.