Me gustaría hablaros de otra época, de cuando HBO daba sus primeros pasitos como canal de boxeo y AMC ni siquiera existía, de cuando las series de televisión eran otra cosa bien distinta de lo que son ahora. Ni mejor ni peor, pero claramente diferentes. Allá por 1976, un premiado guionista de la televisión británica llamado Jack Pullman, adaptó las novelas históricas de Robert Graves y creó una miniserie para la BBC de trece episodios titulada Yo, Claudio (I, Claudius).


Yo, Claudio no tiene elementos técnicos-visuales suficientes para convertirse en una serie exitosa hoy en día. Ni la fotografía ni los movimientos de cámara traen innovación alguna. La ambientación es correcta pero no sorprende, al igual que la banda sonora. Visualmente, no estamos ante un producto referente. Nada que ver con las modernas y viscerales Roma o Espartaco. Sus casi cuarenta años no han pasado en balde. Hoy no es comparable, técnicamente hablando, a las superproducciones de la series actuales. Eso queda fuera de toda discusión. La sensación que resulta tras su visionado es de haber visto una obra teatral filmada. ¿Eso es malo? Pues depende del gusto de cada uno. Unos pueden descubrir el encanto de otra época en la que los medios técnicos y técnicas narrativas para la televisión estaban aún en pañales -el espectáculo era el cine, no la pequeña pantalla-. Otros echarán en falta recursos y elementos cinematográficos de los que hoy estamos tan acostumbrados, e incluso los considerarán indispensables para su disfrute y ni siquiera le darán una oportunidad. A este segundo grupo me gustaría dirigirme. Y es que tras esas “carencias”, Yo, Claudio contiene un poderoso elemento capaz de suplir cualquier plano secuencia, efecto especial o perspectiva imposible: EL GUION.

Son sus inteligentes, profundos y sarcásticos diálogos los que convierten esta serie en un producto casi inigualable. Una trama bien construida en la que sus personajes se mueven cómodamente con una profundidad e inteligencia pocas veces vista en televisión. El guion es su baza más poderosa y salva con creces una adaptación que, viendo la escasez de medios con la que ha sido representada, podría haberse convertido en una tediosa obra teatral filmada para rellenar el poco contenido cultural de la caja tonta. Pero no es el caso. Yo, Claudio desprende talento. Atrapa y convence al espectador, y de eso, gran parte de la culpa la tienen sus personajes. Por un lado tenemos a Augusto (Brian Blessed), primer emperador de Roma. Hombre que es considerado por muchos como un dios, sin embargo él deniega dicha idea. Su única preocupación es mantener y fortificar la grandeza de Roma, aunque para ello deba anteponerla a la felicidad y a la salud de sus amigos, familia e incluso de Julia (Frances White), su hija. También tenemos al protagonista, Claudio (Derek Jakovi), conductor y narrador de la historia, al que podemos ver desde su nacimiento, pasando por las diferentes etapas de su vida, hasta su vejez y decrepitud. Pero el plato fuerte es Livia (Siân Phillips), abuela de Claudio y la villana más perversa, manipuladora e inteligente que ha parido una serie televisiva (con permiso de Angela Channing –Falcon Crest-, interpretada por la oscarizada Jane Wyman). Esa mujer bien podría estar representada en la víbora que resbala por los mosaicos del opening. Taimada y siniestra Livia.

En definitiva, en apenas dos capítulos podrás intuir que Yo, Claudio es un portento en cuanto a guion, interpretación y rigor histórico. Esos elementos son más que suficiente para convertirlo en una obra digna y completa, didáctica y muy entretenida. Muy recomendable.