Vittorio de Sica neorrealismo - Maldita Cultura Magazine

Vittorio de Sica. Imagen: Stevan Kragujević, 1959

Italia desolada, triste, sin futuro, en ruinas. Las colas de parados, las casas de empeño, los comedores sociales. Mendigos en las calles, hambrientos, pobres, desheredados. Todo esto es retratado por el neorrealismo italiano y su máximo exponente, Vittorio de Sica. La Italia de posguerra como escenario y motivo para contar historias. Historias de necesidad, de pobreza; pero ante todo de supervivencia. El neorrealismo italiano nos habla de supervivientes, aunque no exista felicidad en ellos. Han sobrevivido a una guerra, a una ocupación militar, pero la recompensa se resiste. La Gran Guerra ha acabado, mas no la lucha individual. Los que no han muerto ni se marcharon ahora se enfrentan a su propia guerra particular: seguir adelante.


Ladrón de bicicletas (1948) y Umberto D (1952) son dos golpes directo a la conciencia. Ambas poseen un enorme valor documental, pero son algo más que una denuncia. La carga pesimista de estas obras es aplastante, y ahí está su fuerza, su autenticidad. No esperamos finales felices, hablamos de realidad. Una realidad dura, pero honesta. Una realidad en la que queda patente el pesimismo de una época extraña y convulsa. Una época gris y miserable.

Los protagonistas de estas obras son personas al límite. Tanto Antonio (Lamberto Maggiorani) como Umberto (Carlo Battisti) son pasto de la desesperación y de la impotencia. Un entorno hostil en el que tu vecino puede ser tu mayor enemigo, ya sea por disputarse las migajas o simplemente por ignorarte. Nadie ayuda a nadie. Si vas a la policía a denunciar un robo ésta te dirá que no se puede hacer nada y que, por favor, vayas a molestar a otro sitio. Si no puedes pagar el alquiler, la casera hará lo imposible por ponerte de patitas en la calle, aunque seas un anciano. Vittorio de Sica no solo nos transporta a la miseria, sino que nos mezcla con las víctimas silenciosas. Almas dañada irremediablemente de manera colateral. La desesperación de los vencidos.

¿Similitudes? Muchas. Apenas cuatro años separan una cinta de otra. Mismo director -de Sica-, mismo escenario -una Italia devastada-, mismo movimiento -neorrealismo-, misma temática… Obviamente podemos encontrar multitud de semejanzas entre las dos. Todas las características del neorrealismo aparecen: actores no profesionales, rodaje en exteriores que muestran las ruinas fruto de la guerra, finales ambiguos y no felices… A parte de todas las proximidades formales y técnicas, destacaría por encima de todo, la idea principal de ambas películas: la dignidad humana. ¿Cuánto puede soportar una persona antes de caer en la más absoluta desesperación? Según de Sica, bastante. Los protagonistas de las dos historias sortean mil penurias antes de abandonar el camino recto. Solo cuando han agotado todas las posibilidades sucumben a sus propios miedos y desechan toda esperanza. Antonio roba una bicicleta y Umberto se se coloca sobre las vías para morir bajo los hierros del tren. Curiosamente, ambos también son rescatados por sus fieles compañeros. Antonio no es linchado ni denunciado gracias a las oportunas lágrimas de su pequeño Bruno (entrañable Enzo Scariola); y Umberto no hubiera tenido una segunda oportunidad de no ser por Flike, su perro. Estos dos secundarios tienen una fuerza tremenda en la narración. Carismáticos a más no poder y totalmente imprescindibles por dos razones: aumentar la desesperación de los protagonistas, ya que tanto el niño como el perro son dependientes de ellos; y hacer que el espectador no se suicide ante semejante drama, aportando un toque simpático e incluso humorístico -teniendo en cuenta las circunstancias-.

Como ya he dicho, las similitudes se pueden contar por docenas, así que vayamos a las diferencias, que también las hay.

Entre las dos películas hay –y esto es una opinión personal- una obra maestra, y esa es Ladrón de bicicletas. ¿Por qué? Pues porque fue antes, y eso se nota. La frescura y la honestidad que tiene Ladrón de bicicletas no la posee Umberto D. Con la primera, De Sica abre y referencia el movimiento neorrealista. Umberto D nace cuando dicho movimiento está bien asentado. Ya se conocen qué elementos debe poseer y cómo deben ir entramados. La sensación que queda al ver las dos es que Umberto D está encajada en la tendencia neorrealista, pero le falta la naturalidad de la primera. Puede gustar más o menos una u otra -no es lo que se está cuestionando-, pero el reflejo documental y la inocencia de la historia de Ladrón de bicicletas está muy por encima de esta segunda. Con Umberto D no consigo desprenderme de la sensación de estar viendo algo prefabricado, muy bueno, pero es una película, no es real. Esto no ocurre con Ladrón de bicicletas. La sensación de estar viendo un documental es bastante más intensa. Es neorrealismo italiano -y De Sica- en su máxima expresión.

Para terminar me gustaría mencionar una curiosidad que, si bien parece un toque anecdótico, podría desentrañar una conceptualización externa muy diferente, y también, puede que interesante. Hablo de Ladrón de bicicletas. En la mayoría de países donde se distribuyó la cinta se le renombró como “Ladrón de Bicicletas” –en sus distintas traducciones-. Este título referencia al ladrón que primero roba la bici de Antonio o a Antonio mismo cuando roba fallidamente otra bicicleta, según gusto. Pero a pesar de que internacionalmente es así conocida, su título original es “Ladri di biciclette” (Ladrones de bicicletas), ya que “ladri” es el plural de “ladro”, que vendría a significar “ladrón”. Parece algo sin mucha importancia –y quizás no la tenga- pero se me antoja muy diferente el concepto de la película si hablamos de ladrones. Cuando decimos ladrones hablamos de muchos individuos, una sociedad. Me explico. Un ladrón sería un sujeto individual sobre el que gira la trama de la película, pero si hablamos de ladrones hablamos de hechos plurales: a mí me roban, yo robo, él vuelve a robar… Es decir, una sociedad devastada, pobre y arruinada no produce un robo como un hecho puntual sino como una acción general en la que todos, y a la vez nadie, son culpables. Todos víctimas, todos “ladrones”. No es un hombre maltratado, es un país entero.