Vinyl: La mitomanía del rock a través de un tv-show sofisticado

Concluye su primera temporada y la crítica general e internacional se ha cebado con Vinyl. De ella se ha dicho que cae en clichés, que es un puro engaño nostálgico, que vende un drama barato, que menosprecia la figura de la mujer e incluso que crea situaciones ridículas -como las fiestas y drogo-orgías en el epicentro de Century Records, una ficticia compañía discográfica en quiebra-. En definitiva, mucha gente se siente defraudada por la forma en que se falsea el momentum de la época, la cultura de ruptura de los setenta, construyendo desde su propio mito y no desde la realidad. Pero ¿acaso la ficción no ha hecho sino reinventar constantemente el pasado? En el caso del rock, esto ocurre con una mayor severidad, siendo una de las “comunidades imaginarias” más ambiguas y susceptibles de esta reinterpretación constante. Las nociones que hoy tenemos de iconos como Led Zeppelin, Lou Reed, Bob Marley o Alice Cooper -por mencionar algunos cameos estelares que tienen lugar en la serie- no son las mismas que las que teníamos hace sólo una década. Nuestros medios de difusión cultural no son más que poderosas herramientas de construcción mitológica, y Vinyl es una ficción que reescribe esa historia reciente, pronunciando rasgos, obcecándose en el exabrupto. Así pues, es normal que muchos críticos se tiren de los pelos a veces, pero, ¿y qué otra cosa podría engendrar el enésimo matrimonio entre Mick Jagger y Martin Scorsese? Pues un hijo pródigo que no es más que otra soberbia extravagancia; una gamberrada muy cara. Y paradójicamente, por eso nos gusta: es curioso, pero según vemos la serie, encontramos los entrelazamientos entre estos dos cerebros de la cultura popular del siglo XX; del primero, toma su oscuro pasado, del que parece que Jagger quiera redimirse, proyectando su mindscape personal, la alargada sombra de la “leyenda negra” del rock, «la más arrogante y narcisista de las súper estrellas» -como lo describe el biógrafo Philip Norman-. Por otro lado, Scorsese, el experto en el drama social que deriva de la dicotomía riqueza/opresión en USA, algo de lo que Vinyl bebe, pues se parece más a Boardwalk Empire, Goodfellas o Infiltrados, antes que a cualquier cosa en la filmografía musical en la que el director viene trabajando en las dos últimas décadas. Y es que nadie esperaba un Breaking Bad de la música; o a un Bobby Cannavale cuyo papel de Richie Finestra le hace parecer el Tony Montana de la industria discográfica.

Vinyl HBO serie - Maldita Cultura Magazine

Pero más allá de las hipérboles del guión, hay una cosa memorable: la función semántica de este drama reside en mostrarnos cómo el caos y la destrucción existen hasta en los contextos aparentemente más inocentes. Hasta en el inocente terreno de la música, parece que estemos condenados a una lucha encarnizada contra los demás. Bobby Cannavale encarna esto como buen antihéroe de manual. Inunda la pantalla con su mirada irascible, un explícito antagonista para todos: su pareja, sus amigos, y hasta para la propia música, por la forma en que la convierte en un mero business.

Y es entonces, que parece que el drama está en un primer plano, que más involucrados estamos con la esfera de destrucción de los personajes, cuando Vinyl nos da el golpe de gracia y nos enmudece con su narrativa sonora. Es en esos pasajes collage donde cada personaje reflexiona en soledad, esos tiempos muertos o síncopas, donde la serie nos seduce. La música aquí lo invade todo: es un recurso extradiegético pero también es el hilo conductor, nutriendo al rock de los setenta de su originario aura artesanal y frescura hoy Vinyl HBO serie - Maldita Cultura Magazinedesgastada. La banda sonora es la verdadera reina, HBO lo sabe y así la comercializó, antes incluso que la serie. Por suerte también podemos dejarnos caer por la playlist oficial de Spotify y encontrar esas canciones que dicen más de la historia que sus protagonistas: Stay with me, Baby -Chris Cornell-, Back Stabbers -Elvis Costello-, o esa Woman Like You de la banda ficticia Nasty Bits, que es transgredida y reconvertida en pleno directo, en pleno shock emocional de los músicos. Era tan necesario como sano que la música cubriera gran parte del minutaje de cada capítulo y, sin duda, aquí destaca el nombre de Randall Poster como supervisor musical, serio aspirante a Grammy por esta primera temporada. El amplio elenco de subgéneros de rock es tratado con bastante respeto y elegancia. A salvedad, quizá de la anecdótica aparición del rock progresivo, con un breve guiño paródico a Jethro Tull.

Pero si volvemos al plano narrativo, el vacío y el sinsentido se apoderan de Vinyl en cada episodio. Martin Scorsese es el director de cine que mejor ha sabido conectar con la música pop y rock de las últimas generaciones. Internet está repleto de recopilatorios de sus mejores momentos musicales en las películas que así lo atestiguan. Ahora en cambio, todos los méritos recibidos no parecen servirle para conectar con el público seriófilo más underground. Menuda paradoja, pues nadie como él se hubiera atrevido a algo así: a dejar al margen lo estrictamente musical y desarrollar una serie con una profundad en el análisis de la autodestrucción de las sociedades del progreso y del entretenimiento desde el recuerdo de los anárquicos setenta; a reflejar, aunque sea bajo el filtro de la ficción, los ambientes musicales y las comunidades estéticas; a constituirse, en definitiva a crear una saga de nombre mayúsculo, en el terreno ya sobresaturado de grandes series. Más en concreto, en el de las series musicales, que están viviendo una edad dorada, con otros casos como Empire -de Terrence Howard y Taraji P. Henson, sobre la música negra-, o Roadies -de Cameron Crowe, creador de Casi famosos-, y por supuesto Treme -de David Simon, creador de The Wire, sobre el jazz en Nueva Orleans- aunque esta última no necesita presentación. Series que ponen en primer plano la importancia vital de la cultura en el mundo de hoy. Vinyl pretendía enfrentarse a todas ellas con un escalofriante presupuesto de 100 millones de dólares. La pregunta es: ¿lo consigue?

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El gigante en vilo

HBO es, con un 30% de sus beneficios totales, la actual joya de la corona de Time Warner, la mayor compañía de medios de comunicación del mundo. Y por ello, este gigante del entretenimiento ha puesto muchas molleras de veteranos hippies bien envejecidos, y también a muchos ejecutivos a trabajar en la creación de un producto de éxito por la fuerza. Pero el problema es que este se basa en un pastiche que comprime en el tiempo numerosas escenas, estéticas y modos de vida en torno a la música de entre los años 50 y 80, lo que conlleva a una vulgar y evidente banalización del sentir de cada época, del auténtico espíritu del rock and roll, reduciéndolo a poses y a batallitas de machos alfa y sexo sucio. Con un repertorio de personajes construidos con el único fin de que choquen entre ellos, como muñecos de prueba de seguridad de coches (se me viene a la cabeza una banda de rock canadiense de los 90 llamada Crash Test Dummies, pero esto no viene a cuento), los críticos y entendidos no han encontrado ni disfrute ni mensaje en este producto. Las historias individuales, que se entrelazan sin sentido, hacen parecer a los chicos de la discográfica un tanto irreales, pero también atemporales; más que cruzar las oficinas de la discográfica, parece que entran y salen por puertas como las que hay en el Ministerio del Tiempo. Estamos en 1974 -el año en que el rock alcanzó la perfección, según Homer Simpson-, pero parece que viajamos por varias épocas. El anacronismo es un leitmotiv en Vinyl como si estuviéramos dentro de la mente de una rock legend con alzheimer. Algo que tiene su punto de gracia en casos como el de ese personaje negro, el músico frustrado Lester Grimes, que se busca un puesto por la fuerza en American Century, la compañía de Richie Finestra, quien en el pasado le abandonó a la suerte y le arruinó como músico, pero a quien ahora vuelve para recuperar lo que ha perdido por la fuerza. Se odian pero trabajan juntos, ¿cómo es esto? Esta incursión llevará a Lester a convertirse en el manager de una banda joven a quien ayudará a encontrar su estilo personal: los Nasty Bits, que por cierto son un clon de los New York Dolls con reminiscencias de Sex Pistols. Este cruce resultara extraño cuanto menos para cualquier espectador, pero tiene su picardía, pues encuentra su justificación en lo musical, cuando Lester, como maestro del blues, da a estos chavales protopunks una masterclass de estructura y composición musical. Vale, ha cuadrado medio bien, pero cuidado Scorsese, la música te ha salvado nuevamente de un drama sin mensaje.

Vinyl se salva gracias al enorme paisaje musical que recrea y a la satisfacción que nos produce contemplarlo en esta escala. Porque más allá del crisol de anécdotas y cameos a otros artistas, más allá del despelote íntegro de Olivia Wilde -y el correspondiente despliegue de superficialidad dado en las redes sociales- y más allá de cualquier otro componente viral que hoy toda superproducción seriada está obligada a incluir, estamos ante un memorable trabajo, con carencias, pero con grandes momentos tanto musicales como dramáticos. Entre ellos, el punto de ruptura que vive el personaje femenino, Devon Finestra, reprimiendo su ansiedad con la fotografía, inmortalizando los destrozos domésticos de su marido, que luego será el símbolo de cierre de la temporada. Olivia encarna, quizá sin ser algo pretendido, la revolución sexual y la segunda ola de liberación de la mujer en los 70. También momentos de pausa y reflexión, como el de Zak Yankovich, el hombre de confianza de Richie Finestra y promotion manager, cuando contempla, estupefacto, a un emergente David Bowie con su Life on Mars -a quien HBO le dedicó el capítulo, coincidiendo con su fallecimiento en el tiempo-. Zak es, de hecho, la voz de la razón y siempre parece como si observáramos a través de él la inevitable fatalidad de la compañía discográfica; pero también lo hacemos para con la realidad musical en plena ebullición de la época, un arquetipo que recuerda a homólogos en otras rockmovies como Adrien Brody en Cadillac Records, o Tony Hendra en This Is Spinal Tap. De seguro, el de Ray Romano es el tercer y más valioso papel en la serie. Por último, cabe destacar, dentro de esos papeles que evolucionan con la historia, el de Jamie Vine -encarnada por la actriz Juno Temple-, la secretaria que encarna primeramente el tópico de ‘Penny Lane’ y acaba dando una patada en las pelotas a sus superiores, demostrando una mejor capacidad intuitiva para reconocer talentos emergentes, más allá de la experiencia.

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Pero si todo esto supone una inversión en tiempo a la que no estáis dispuestos, es bueno saber que el episodio piloto es un anzuelo extraordinariamente efectivo y auto-concluyente -más les valía, con los treinta millones de dólares que se invirtieron-. El transcurrir de la serie no aguanta el mismo peso: el binomio Zak-Richie es intenso aunque insuficiente, y nos hace preguntarnos a dónde ha ido tan ingente cantidad de presupuesto aquí. Invita a pensar si toda la cocaína que aparece en la serie es real.

No, en serio, y para concluir: estamos ante un entretenimiento eficiente donde desgranar las referencias e ir encontrando las parecidos y rupturas entre ficción y realidad son el gran aliciente para el espectador más avezado. Así parece entenderlo también el autor del clásico Por favor, mátame: La historia oral del punk, Legs McNegil, coetáneo de todo esto, y que, muchos otros, tampoco ha podido callarse ante el efecto mitificador de Vinyl.

Martin Scorsese, creador de documentales como Shine a Light, El último vals, o conciertos filmados de The Rolling Stones y The Band, es la cabeza pensante tras un proyecto de nombre ambicioso y que aspira a perdurar. Pero su fracaso parece haber sido tan estrepitoso como ocultado financieramente, por lo que esperamos con doble expectación -sobre el entorno ficcional y el entorno real- el futuro de Vinyl, la más ambiciosa producción audiovisual sobre música rock de todos los tiempos.