Ayer, con la intención de quitarme el mal sabor de boca que la noche anterior me dejó La dalia negra (The Black Dahlia, 2006), me decidí a ver Vestida para matar (Dressed to kill, 1980), ese típico clásico del que siempre has oído hablar pero que nunca has experimentado por ti mismo. Atraído por la grata impresión que han dejado en mí algunas de las películas de Brian de PalmaScarface, The Untouchables, Carlito’s Way -, esperaba dejar atrás el experimento fallido que supuso la adaptación de la novela de James Ellroy en la que el director se explaya con un guión lioso y, sobre todo, una estética, filtros mediante, que intenta ser una L.A. Confidential y acaba siendo una TV movie.

Atención: contiene spoilers.


Desde el primer segundo de metraje, el cineasta de New Jersey muestra su intención nada disimulada de crear polémica con una escena que parece sacada de la parodia de una película erótica de bajo presupuesto: Kate Miller, personaje protagonizado por Angie Dickinson, fantasea que se acaricia de manera sugerente -y bastante ridícula- en una ducha llena de vaho mientras la música de Pino Donaggio crea una atmósfera de época que dista mucho de la esperada para un thriller. De Palma nos muestra a una mujer en plena crisis de los cincuenta, insatisfecha sexualmente con su marido, que recurre a los servicios de un psiquiatra al que intenta seducir en un intento inútil de reafirmar su autoestima. Esta necesidad de autoafirmación se sacia con una dilatada escena en un museo, que desemboca en un encontronazo sexual con un extraño en un taxi y su posterior culminación en casa de éste. Kate descubre que su amante casual tiene una enfermedad venérea para, en un inequívoco ejemplo de mcguffin, ser asesinada minutos después de manera idéntica a la archifamosa escena de la ducha de Psicosis: el cuchillo se sustituye aquí por una navaja de afeitar, la ducha se transforma en un ascensor y la música se torna chillona en un intento fallido de igualar a la melodía con la que Bernard Herrmann inmortalizó la obra maestra de Alfred Hitchcock. Liz, una prostituta testigo del crimen, y el hijo de la mujer asesinada, un genio inventor, unen sus fuerzas para descubrir la identidad de la asesina misteriosa. Ambos recorren un metraje salpicado de guiños constantes al maestro del suspense -la persecución de Liz en el metro (Con la muerte en los talones, North by Northwest, 1959), la aparición de la ducha como símbolo (Psicosis, Psycho, 1960), el voyeurismo (La ventana indiscreta, Rear window, 1954)…- sin abandonar el sello característico de Brian de Palma -pantallas divididas-. Al igual que en Psicosis, como no podía ser de otra manera, el asesino tiene una doble personalidad y se disfraza de mujer para cometer sus crímenes, de ahí el nombre de la película.

Vestida para matar - Dressed to kill - Brian De Palma - Maldita Cultura Magazine

Vestida para matar supone un auténtico mausoleo de celuloide al genio de Alfred Hitchcock, pero no aporta nada más al espectador que lo ya mostrado en Psicosis, auténtica alma mater del film de Brian de Palma. Con una actuación nada destacable de los protagonistas, una falta de originalidad palpable y una música que no sitúa la acción en el campo del thriller, me sorprende su inclusión generalizada en el selecto grupo de las obras maestras de la intriga. A pesar de todo, Vestida para matar me deja un sabor de boca agradable, quizás por su inintencionada faceta de comedia negra, y la sensación de estar ante una película de obligada visión. Corresponde a cada uno juzgar de manera personal si su éxito se debe al morbo suscitado por tratar temas controvertidos en el momento de su estreno -sexo, voyeurismo, transexualidad, asesinato- o a la calidad misma del film.