Sucede demasiado a menudo: Tod Browning tuvo que morir para que su cine dejase de ser censurado y pasara de emitirse solo en televisión a lucirse como merece en la gran pantalla. En el Festival de Venecia de 1962, los espectadores entendieron qué es el terror fílmico cuando pasadas las horas Freaks continuó impidiéndoles conciliar el sueño. La resonancia de una pregunta los mantuvo en vilo durante noches: ¿Quién es Tod Browning? Solo existe una posible respuesta: Tod Browning es el padre de la fantasía del horror.

Tod Browning, héroe maldito del horror

Charles Albert Browning decidió cambiar su nombre cuando tenía 16 años. Sirviendo de precedente al José Arcadio Buendía que abandonó Macondo para descubrir el mundo de la mano de unos gitanos, el joven Charlie dejó a un lado su acomodada vida en Louisville, Kentucky, para convertirse en ‘Tod, el circense’. Atraído por el mundo del circo y la farándula desde que era un niño, por fin salía ahora a cenar con la mujer barbuda, sacaba a pasear al perro de tres cabezas y conocía al que sería su progenitor cinematográfico, Charlie Murray, quien lo contrataría como actor protagonista de varios de sus cortometrajes. Sin embargo, Tod continuó siendo solo ‘el circense’ hasta que, en un día de suerte para todos, el padre del cine moderno, David Wark Griffith (El nacimiento de una nación, Intolerancia), llegó a su vida. Junto a él trabajaría como actor, pero también como ayudante de guión, de realización y de montaje, para convertirse en Tod Browning.

Con todo lo que había aprendido del mejor del momento, el joven solo necesitaba inspiración y tiempo para poner en práctica su destreza. El caprichoso destino le concedió ambas cosas: un año postrado en una cama, con cada uno de sus huesos lastimados a causa de un terrible accidente de tráfico, fue tiempo suficiente para escribir más de un centenar de cortometrajes; el dolor, la culpa y la reflexión que le generó la muerte de su acompañante, provocaron a su percepción colmada de títeres y la transformaron en una imaginación terrorífica. Cuando al fin pudo ponerse en pie y sujetar la cámara, ‘el circense’ se convirtió asimismo en ‘el cineasta’, y Tod Browning filmó historias antes nunca vistas, quizás siquiera imaginadas: marionetas dirigentes del mundo interpretadas por personas de carne y hueso (Puppets, 1916); un hombre con brazos amputados que es lanza-cuchillos y conquista a una mujer con fobia a que la toquen (The unknown, 1927); una decena de trabajadores de un circo, enanos, tullidos y enfermos mentales, que durante una noche de tormenta se convierten en auténticos monstruos asesinos (Freaks, 1932).

Su modo de concebir el miedo y adaptarlo al celuloide no entusiasmó en absoluto a la crítica. Lejos de conformar éxitos de taquilla, sus películas fueron sometidas a la censura y apenas proyectadas en la gran pantalla. La muerte de su padre y la de su gran amigo y compañero de trabajo Lon Chaney (el famoso ‘hombre de las mil caras’), así como la marcha de su mujer tras una fuerte discusión, sumieron definitivamente a Browning en el alcohol y en la depresión por el fracaso vital y cinematográfico. Enamorada aún, Alice regresó poco después al hogar y ayudó al director a abandonar su adicción y a retomar el propósito de conseguir un asiento reservado en el mundo del cine. Sin embargo, de nuevo el fatal destino intervino: el matrimonio acabó con el fallecimiento inesperado de la mujer.

Desde aquel 12 de mayo de 1944 y hasta 1962, año en el que Tod Browning murió a causa de un cáncer, el público de la joven televisión admiraba a Béla Lugosi en su papel de Drácula, pero no se interesaba por el autor que, entre medio centenar de cintas de diversos géneros, había rodado aquel famoso y por entonces mutilado film en 1931. Tod Browning se convirtió en el hombre invisible que siempre le había fascinado. Un hombre invisible para sus vecinos de Hollywood, que aseguraban no haberlo visto jamás salir de casa desde el fallecimiento de Alice; para sus propios familiares, que soportaban a duras penas que Charles Albert Browning solo asistiera a los funerales y lo hiciera desde una cabina privada. Sin embargo, su enemiga se convirtió en camarada el día que entró en su cama y le quitó la vida. Desde el mismo instante en que su cuerpo fue depositado bajo una sepultura, y Freaks proyectada en el Festival de Venecia, la fantasía y el terror fílmico se sintieron huérfanos y revelaron su honra: ser los hijos de un circense-cineasta llamado Tod Browning.


Monstruos pasados, lobos eternos

Me niego. Después de haber escrito este breve perfil del maestro de lo macabro, he bajado las persianas y he subido el volumen de la tele para volver a ver, diez años después, la película que me presentó a su director: Freaks. Pero va a ser que no… Que no quiero, que no puedo. Que solo con tenerla entre las manos he revivido esa angustia que… Que no, que paso. Que esa ya nunca más la veo.

Tod Browning Freaks - Maldita Cultura Magazine

Y habrá quien me diga que no se debe hacer una reseña de una película si no se ha visto hace poco. Y a lo mejor está en lo cierto y no se debe. Pero algo es seguro: sí se puede. Porque a veces una película te marca tanto que, aunque la hayas visto hace una década, se te revuelve en la mente ante diversas circunstancias: cuando estás solo en casa en una noche de tormenta, cuando un circo desvencijado llega a tu pueblo (y al mío llegan como poco dos al año), cuando te cruzas con alguien de talla baja y cara de pocos amigos. A veces una película se te enclava tanto que incluso la asocias con cosas que no tienen nada que ver con ella: desde el día en el que vi Freaks, cada vez que oigo el inicio de Civil War de Guns N’ Roses no sé por qué me acuerdo de Hans, el adorable y espeluznante protagonista de la película. Puro horror constante… Ya veréis como se puede.

Freaks es una historia de amor y de engaño; de discriminación y venganza. Si nos ceñimos al guión, Freaks no es una película de terror hasta pasada la hora y, estad atentos, porque el metraje termina solo cinco minutos después. ¿Por qué da tanto miedo entonces? En Freaks no hay sustos, no hay sangre, no hay aullidos ni tampoco susurros de ánimas errantes. Pero hay monstruos, o lo que es lo mismo, hay personas; muchas personas muy distintas, pero monstruosamente iguales.

De un lado tenemos a un grupo de hombres y mujeres que tienen discapacidad física o intelectual: jóvenes sin piernas ni brazos (el medio hombre, la maravilla sin brazos, el torso hindú), unas hermanas siamesas, unos cuantos chicos con enfermedades mentales (las cabezas de alfiler, la cigüeña humana) y otros tantos con trastornos que les han provocado distintos tipos de enanismo. Todos conforman el equipo de un circo, y sus alteraciones son el espectáculo por el que paga y con el que disfruta el público. Del otro lado, se suman a la farándula un hombre y una mujer que, aunque gozan de salud, padecen discapacidad emocional (por decirlo de un modo suave); ella trabaja como trapecista, y él desempeña el papel del hombre forzudo.

La sinopsis de Freaks es sencilla: Hans el enano se prenda de la belleza física de Cleopatra la trapecista. Aprovechando la circunstancia, la mujer prepara junto a su pareja, Hércules el forzudo, un horrible plan: enamorar a Hans, casarse con él y después matarlo para heredar su fortuna.

El director de la película, mi admirado valiente Tod Browning, nos hace saber el propósito de los dos jóvenes pronto. Y pronto también nos sumerge en una atmósfera de empatía con el resto de personajes al mostrarnos cómo, de manera corriente, conviven en el circo. El cineasta realiza un bello retrato coral del día a día de estos seres, criaturas que pueden resultarnos extrañas, pero que realmente son personas con discapacidad. Muchas incluso apenas parecen ser conscientes de estar interpretando un papel: sencillamente se desenvuelven en su vida ahora convertida en atrezzo. De este modo, mientras realidad y ficción se entremezclan, el mensaje comienza a llegarnos y el terror recorre nuestras espaldas en forma de escalofríos. Enganchados al morbo desde mucho antes de que el hombre gusano fuese una función de circo, abrimos bien los ojos cuando vemos esa escena en la que un actor sin brazos ni piernas lía y enciende un cigarro solo con su boca como herramienta. Sin embargo, nuestros corazones se encogen de terror ante la verdad del film: homo homini lupus, y da lo mismo que el homo tenga las piernas bien fornidas o los brazos amputados…

Puro horror constante… O, pensándolo mejor, no. Se me viene ahora a la mente la secuencia más famosa, aquella en la que Cleopatra, borracha, grita a sus compañeros de circo y a su prometido “¡freaks, freaks: marchaos de aquí!”. Aún puedo recordar los sobrecogedores retratos de unos ‘monstruos’ transformados en niños asustados; la maestría con la que, como si se tratase de cine mudo, Browning rodó cada escena y me incrustó el horror de la inminente venganza. Entonces la venganza me dio miedo, pero ahora, pasados diez años en los que no he dejado ni un minuto de estar en el bando de la inmensa minoría, me siento fuerte en la manada de los lobos eternos, y me tranquiliza saber que, como demostró Tod Browning y sentenció Balzac: en la venganza el débil es siempre más feroz. Os dejo, que acaba de empezar la película.

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