En una tierra sin esperanza, un grupo de chicas y chicos soñaban con ser campeones.

Fotograma de Team Malí.

Ahora, en un momento en el que las canchas de baloncesto (y del resto de deportes de equipo) se han convertido en un desierto y con la sensación generalizada de que las cosas solo vienen en contra, es siempre recomendable revisar la conciencia que tenemos de este mundo. Y para ello no hay nada mejor que un buen documental, de esos que enseñan, entretienen y nos cuentan historias personales y comunes. Y si además de todo eso habla de baloncesto, la experiencia es completa y se titula Team Malí.

El documental, estrenado en 2017 y producido por Ébano Media y Deer Watson Films, narra la historia de los y las componentes de la selección de baloncesto de Malí que va a participar en el Campeonato del Mundo de Baloncesto Sub19 de 2016, evento celebrado en Zaragoza. Ante la imposibilidad, por falta de recursos económicos, de que dichas plantillas hagan la preparación del torneo en España, el periodista y director Jon Cuesta, el fotógrafo Francisco Castaño y la antropóloga Ana F. Delgado cargaron su equipo hasta Malí para documentar la vida de los adolescentes que conformaban dicha selección, de las vicisitudes de la misma para la preparación del campeonato y de sus dificultades para entrenar y alimentarse adecuadamente, hándicap importante frente a otras selecciones con muchas más facilidades.

Fotograma de Team Malí.

La cinta recorre las polvorientas canchas outdoor de Bamako -solo hay un pabellón cubierto en todo el país, el Palacio de los Deportes-, en las que algunos de los protagonistas machacan las redes a ritmo de rap antes de sumergirse en la dura realidad a la que deben enfrentarse tanto ellos como el conjunto de la sociedad de la antigua colonia francesa. Malí, independiente desde 1960 pero con unas fronteras aún derivadas del reparto colonialista, es una república en la que conviven numerosos grupos étnicos –existen más de setenta lenguas oficiales- con una economía basada casi exclusivamente en la agricultura, que sufre las numerosas sequías y el carácter desértico de gran parte de su superficie. A pesar –o a causa- de ser uno de los principales productores de oro del continente, Malí está a la cola mundial en el Índice de Desarrollo Humano (siendo el país número 184 de 189 en el año 2018 solo por delante de Burundi, Sudán del Sur, Chad, República Centroafricana y Níger). Desde la independencia se han desarrollado diferentes conflictos nacionalistas que se vieron agravados en 2012 por un golpe de estado militar que derrocó al presidente Amadou Toumani Touré y por la insurgencia del grupo rebelde MNLA (Movimiento para la Liberación de Azawad) y de otros movimientos yihadistas (MUYAO, AQMI y Ansar Dine) que desembocó en la intervención militar de Francia y la ONU.

En un entorno complicado para el desarrollo de los jóvenes, Team Malí nos muestra la lucha de los protagonistas por salir adelante apoyados en la esperanza que supone el baloncesto: el de verdad, el que pone el parqué (o el cemento) al servicio de la humanidad y se encuentra alejado de los focos. El film habla del baloncesto –y del deporte en general- como símbolo de la lucha y de la persistencia y de esa magia que solo puede nacer en las canchas sucias de los arrabales, esas que vieron gambetear por primera vez a Garrincha provocando a la poesía de Eduardo Galeano y que disfrutaron los saltos de Earl Manigault antes de que la pobreza y la heroína dejaran a gran parte de la humanidad de disfrutar de sus mates.

Fotograma de Team Malí.

Y todo ello en Malí, país con escaso pedigrí baloncestístico que nunca ha participado en un Mundial absoluto –ni femenino ni masculino- y con presencias casi constantes en los sucesivos Afrobasket que solo han arrojado cinco metales a sus vitrinas: un bronce para el equipo masculino (en el ya lejano 1972) y cuatro medallas para el mucho más exitoso combinado femenino, que logró en 2007 el único oro de sus historia hasta la fecha. Esta victoria espoleó al gobierno para construir canchas outdoor por todo Bamako y demuestra el poder transformador que puede tener el deporte en nuestra realidad. Bajo el cobijo de esas pistas se han futuros baloncestistas profesionales como Cheick Diallo, actualmente jugador de Phoenix Suns y segundo maliense en participar en la NBA tras el pionero Soumaila Samake, u Oumar Ballo, principal esperanza del basket maliense que lideró la heroica actuación del combinado masculino en el pasado Mundial Sub19 Masculino, evento en el que lograron una plata con sabor a oro y en el que solo la poderosa -y bien equipada y alimentada- escuadra estadounidense pudo vencerles.

Como sentencia Harouna Sissoko, uno de los protagonistas: Todo está en contra. Si quieres ser alguien, Dios tiene que ayudarte a salir de Malí. Eso es así.

Jon Cuesta (San Sebastián, 1983) es periodista y director de cine documental. Tras licenciarse en 2005, comenzó su carrera profesional en el diario Hoy. Tras trabajar como periodista y realizador freelance para diversos medios internacionales y cubrir reportajes en lugares como Argelia, Kenia o Somalia, fundó la productora Deer Watson Films y se volcó en el cine documental. Ha dirigido cuatro largometrajes: Huellas en la arena; La historia enterrada; Team Malí; y Víctimas de la impunidad.

Ébano Media es una productora audiovisual especializada en documentales, reportajes periodísticos y en formatos de programas televisivos. Ha rodado en países como España, Francia, Reino Unido, Rumanía, Somalia, Argelia, Kenia, Ruanda y Marruecos, entre otros lugares.