La norma general es que el montaje, para que sea considerado correcto y preciso, debe pasar lo más desapercibido posible. Un buen montaje, con el apoyo de una banda sonora adecuada, es el mayor responsable de esa placentera sensación que es sentirse dentro de una película; esa especie de ruptura espacio-temporal en la que dos horas pasan en apenas veinte minutos. El montaje maneja el ritmo, la intensidad, te muestra dónde debes mirar, controla tus pulsaciones, te sitúa en la acción y todo eso sin que apenas te des cuenta. Por eso, cuando un director hace que ese elemento invisible pase a ser un elemento protagonista, otorgándole junto con la música, valor estético y con indiscutible buen resultado, no puedo evitar pensar en una cosa: A este tío le gustan los videoclips.

Y efectivamente. No solo le gustan, sino que además se gana la vida con ello.


Por sus manos han pasado artistas y bandas como The Prodigy, The Smashing Pumpkins, Rammstein, Ozzy Osbourne, U2, Beyoncé, The Rolling Stones, Coldplay, Iggy Pop o Madonna, y muchos, muchísimos más. Jonas Åkerlund ha realizado entre 1988 y 2014 alrededor de un centenar de videoclips musicales; tres docu-conciertos sobre Madonna, uno sobre Paul MCartney y uno más con Beyoncé y su marido de protagonistas; un genial cortometraje sobre amor yonqui –Try (2000)- que luego recicló como videoclip para su amigo Billy Corgan; y por si fuera poco, en medio de toda esta actividad, ha sacado tiempo para dirigir tres películas: Spun (2002), Horsemen (2009) y Small Apartments (2012), traducida en España nefastamente como Mi vecino el asesino.

Åkerlund debutó en esto del cine dejando su impronta con una insólita gamberrada llamada Spun. Aunque polémica y extraña, no somos pocos a los que esta alucinógena cinta nos dejó un estupendo sabor de boca. Reconozco que las historias que van sucediendo a los protagonistas son absurdas y no tienen intención de llegar a ninguna parte. Meras excusas para desplegar todos sus conocimientos técnicos y su espectacular manejo de la imagen. Pero poco importa, el resultado es jodidamente brillante. Una psicótica tragicomedia negra de personajes trastornados, interpretados muy decentemente por un elenco de caras de sobra conocidas (desde Leguizamo hasta el bueno de Rourke, pasando por la tristemente fallecida Brittany Murphy). Y una banda sonora en la que un Billy Corgan, más nostálgico que de costumbre, se recrea (además de hacer acto de presencia durante un breve cameo) con altas dosis de espiritualidad para añadirle un poco de melancólica ternura a esta frenética pesadilla rumbo al infierno. Todo ello, sin duda, conforma un debut transgresor y fascinante. Cine independiente con suficiente calidad técnica comercial y una pizca de experimentación.

Pequeños Apartamentos (Small Apartments) Jonas Akerlund - Maldita Cultura Magazine

Fotograma de Small Apartment. Jonas Åkerlund, 2012.

Pero surgía una duda; y es que viendo que la producción de videoclips de aquellos años no hizo sino aumentar, nadie sabía a ciencia cierta si Jonas Åkerlund se animaría o sacaría tiempo para dirigir un segundo largometraje. Lamentablemente lo hizo, y digo “lamentablemente” por que el resultado es decepcionante en todos los sentidos, tanto que a partir de ahora ignoraré por completo la fallida y vergonzante Horsemen. Eso es todo lo que diré de ella.

Un golpe de efecto y otro de ciego convertían al señor Åkerlund en un realizador cinematográfico impredecible e irregular. Así que cuando apareció, unos años después, Small Apartments, muchos nos tomamos la noticia de manera prudente, deseando que esta nueva obra estuviese más cerca, al menos en el aspecto visual y narrativo, de Spun que de la otra.

Por fortuna así fue. De nuevo podíamos divertirnos en el deleite de formar parte de perdedores, suciedad, drogas, paranoias, muertos, polis, basura, strippers, locura y, aunque sé que no es el uso correcto de esta palabra, creo que todos me entenderéis si os digo, bizarrismo. Solo Jonas Åkerlund es capaz de coger todos esos elementos, mezclarlos, aderezarlos, exprimirlos y que el jugo resultante se pueda beber; y hasta disfrutar. ¿El secreto? Ya hablamos de eso en la entradilla: el montaje. Tan efectista como creativo, el engranaje funciona con precisión matemática. Como un reloj suizo. Pero no es lo único. La iluminación y el sabio uso del color consiguen recrear una escenografía poderosa. Apartamentos nauseabundos de vivos colores. Escenas que se debaten entre lo artístico y lo grotesco, defendidas por una composición y una fotografía cuidadas hasta el más mínimo detalle. Espectacular por momentos. Y todo ello, llevado de la mano por la bella y cautivadora música de Per Gessle, el chico del dúo sueco Roxette. Es lo que tiene haber trabajado con tantas estrellas musicales, que siempre te podrán echar una mano con la banda sonora de tus películas.

La estructura formal es sólida y resistente. ¿Pero qué hay del fondo? Prometo que es la última vez que la comparo, pero a diferencia de Spun, en ésta sí se engendra una historia. Chris Millis (escritor y guionista) adapta su propia novela, de mismo nombre, a un guion que nos cuenta las aventuras y desventuras de Franklin Franklin –Matt Lucas, algunos lo recordarán de la serie británica Little Britain-, un pálido y obeso adicto a la coca-cola barata sin un solo pelo en el cuerpo. Franklin es excéntrico, misántropo y un verdaderos chapuzas. A parte de ir en calzoncillos a todas partes y coleccionar pelucas de todo tipo, vive obsesionado con la idea de viajar a Suiza, y entre tanto se distrae tocando su corno alpino, destrozándole los nervios al solitario y bohemio, aunque asquerosamente entrometido, señor Allspice –el veterano, James Caan-, su vecino al otro lado de la pared. También tiene un hermano, Bernard Franklin, –James Marsden, Cíclope en X-Men– ingresado en un centro psiquiátrico, desde donde le envía cintas de casete con la grabación de su voz para orientarlo filosóficamente ante la vida.

Pequeños Apartamentos (Small Apartments) Jonas Akerlund - Maldita Cultura Magazine

Fotograma de Small Apartment. Jonas Åkerlund, 2012.

A Åkerlund le justa jugar con los excesos, le encanta meterse en tu mente y hacerte participe obligado de la locura enfermiza de sus personajes. De sus miedos y deseos. Ellos tan solo son almas abandonadas, solitarias, pero todos tratan de buscar lo mismo; todos anhelan ser felices. Uno siente verdadera compasión de todos y cada uno de ellos. TommyJohnny Knoxville, Jackass– y Simone Juno Temple– (sus otros vecinos) persiguen el cambio, tienen la vista puesta en el futuro; a diferencia de Mr. Allspice y el investigador de incendios Burt Walnut –interpretado por un genial Billy Crystal– que están atrapados en sus respectivos pasados, en el recuerdo de lo que han perdido; y Franklin… bueno, digamos que nuestro lampiño protagonista se mueve entre esas dos dimensiones. Por un lado, el recuerdo de Bernard le sigue atando a su pasado, y por otro, cumplir la meta de viajar a Suiza en un futuro es la única ilusión que le queda. Su gran y único objetivo en la vida. Simple, como él mismo.

Y es que la felicidad es simple. Tanto que a veces pasa desapercibida y solo la podemos recordar. O imaginarla. Pareciera que el presente es un terreno vedado para ella. Cumplir nuestros objetivos nos hace felices porque así queda alguna constancia del camino recorrido. La satisfacción de cruzar la meta es en sí el mayor premio. El resto del tiempo trabajamos para ello o, simplemente, nos distraemos. Y algunas veces, es en esas distracciones donde la hallamos. Ya sea construyendo una pipa de agua, pintando un cuadro o viendo un show de striptease desde el sillón de nuestra casa.