Hasta ayer, día de la fe perdida, David Fincher era para mí una garantía incuestionable de calidad cinematográfica. Solo rememorando alguno de sus trabajos anteriores, cualquiera puede darse cuenta de que su mérito es algo ganado a pulso. Para nada exagerado. Junto a Christopher Nolan ha liderado a una nueva hornada de directores con talento; con la capacidad de contar historias originales dentro de una industria hollywoodiense a la que se le acaban las ideas y con tendencia clara hacia el refrito de contenidos. Pero eso fue hasta ayer…


Si nos quedamos en el antes de ayer, David Fincher es referente del cine más rompedor del Hollywood de los últimos veinte años. Después de Alien³, tiró la puerta abajo con el excelente thriller Se7en, en el que Brad Pitt y Morgan Freeman bailan al son que les marca un efímero pero genial Kevin Spacey. Y siguió profundizando en su obsesión por desmenuzar los caminos de la intriga con The Game. Con la puerta ya derribada, presentó El club de la lucha, adaptación de la novela de Chuck Palahniuk, considerada por muchos, entre los que me incluyo, una obra maestra sin paliativos.

Sin abandonar el thriller psicológico y la creación de ambientes asfixiantes, firmó La habitación del pánico y Zodiac, una particular revisión de la historia del ‘asesino del Zodiaco‘, serial killer de la década de los setenta que ya inspiró al villano de Harry el sucio. Su trayectoria la completan tres largometrajes de considerable fama, todos ellos adaptaciones de novelas de mayor o menor éxito: El curioso caso de Benjamin Button, donde volvía a contar con Brad Pitt; La red social, en la que narra la vida del creador de Facebook; y Millennium: los hombres que no amaban a las mujeres, best-seller de Stieg Larsson. Pero ayer me decidí a ver su último film, Perdida (Girl Gone, 2014), precedido de una crítica excelente y auspiciado por la brillante carrera de su director.

Tras presentar a Nick (Ben Affleck) bebiendo bourbon a media mañana mientras se lamenta de los cinco años de matrimonio con Amy (Rosemund Pike), Fincher da paso a la voz en off de la protagonista/antagonista que narra su historia de amor/odio a la vez que la escribe en su diario. “He conocido a un chico, un tío estupendo, simpático, guapísimo y molón“. Molón, eso dice… La historia de ambos se inicia y presenta de manera inverosímil, tal y como sucederá con buena parte del resto del guión. A veces alimentada de diálogos banales que avisan al espectador de que cualquier parecido con la realidad será extrañísimo, y que dejan en el aire la pregunta sobre si la versión original subtitulada mejorará en algo al pésimo doblaje.

La maravillosa/penosa vida de la pareja es interrumpida por la desaparición de Amy y la posterior incriminación de Nick por parte de la policía, los vecinos y la opinión pública. Todos ellos, dirigidos por la prensa sensacionalista y su juicio mediático, dictaminan que es un asesino. Pronto descubrimos el plan maquiavélico perfecto que Amy ha trazado para vengarse de las infidelidades de su marido, el plan de una psicótica cuyo fin es suicidarse para, nunca mejor dicho, cargarle el muerto a Nick. La película se va enrevesando de manera cada vez más ilógica, abusando del espectador con un metraje largo y tedioso hasta resolverse en un final increíble.

Perdida Gone Girl David Fincher - Maldita Cultura Magazine

Si bien las expectativas creadas por una trayectoria inmaculada ponen el listón muy alto, en Perdida la frialdad y el estupor se apoderan del espectador. Lo destacable, además de la crítica a los juicios paralelos, es la actuación de Rosemund Pike, el perfecto trabajo de maquillaje (capaz de recrear a dos Amys totalmente distintas), la siempre impecable fotografía, y la excelente música de Trent Reznor y Atticus Ross, colaboradores de Fincher en sus dos últimas películas.

Me hubiera gustado sentir la genialidad en Perdida, pero solo alcanzo a pensar que a esta obra le pertenece un estatus distinto al que bien merecido ostentan las anteriores obras de su autor.