La historia de Iván llegó hasta mí gracias a Juan Rulfo. Estábamos ahí, en Comala, Juan Preciado y yo buscando a su padre, Pedro Páramo,  cuando encontramos por sorpresa al papá de María Inés Roqué. Cansada de deambular sobre las brasas de aquella tierra de ancestros, dejé que Juan continuara su búsqueda y me devolví a la realidad con solo leer el nombre del documental: Papá Iván. En un instante, María Inés Roqué me trasladó de su actual México a su natal Córdoba, la de Argentina, donde me golpeó la violencia de los vientos pamperos, pero más aún la de los convulsos años setenta.


A mí, que los recalmones me desquician más que los fuertes vientos, el primer visionado de la película, poco antes del primer aniversario del 15-M, me hizo bullir durante 55 minutos y me provocó las ganas de agarrar un arma y hacer temblar a los poderosos. Aquella primera vez, sin embargo, María Inés Roqué consiguió también que la furia se deslizase por mis mejillas hasta disiparse con mi lamento, consumado en unas lágrimas que añoran no haber besado lo suficientemente a mi padre. Después de haber visto la película decenas de veces y haber sentido siempre furia y nostalgia a partes iguales, he asimilado que las contradicciones no siempre son incompatibles: Papá Iván es un metraje sobre violencia y amor; es un nudo en la garganta a la vez que un puño cerrado con ira; es casi una hora de debate interno que se materializa en una pregunta pronta aunque perpetua: ¿tú qué prefieres, un padre vivo o un héroe muerto?

La directora del documental, la huérfana de papá Iván, implora: “La mirada de un padre te confirma, te hace, te construye. Crecer sin un padre es crecer a ciegas”. Confieso que al escucharla siento lo mismo que ella; supongo que tú al leer lo que escribo sientes igual que ambas y entonces intuyo que estamos en lo cierto. Sin embargo papá Iván, Juan Julio Roqué, al que sus compañeros de clandestinidad también llamaron Lino, Mateo y Martín, me hace cambiar de opinión repentinamente. Él decidió partir en la búsqueda de su verdad hacia otra dirección, y de ella obtuvo lo que no andaba buscando pero sabía que podría encontrar: a un padre tan muerto como a una leyenda, siempre viva. Una lástima que las leyendas no alcancen a saber que son capaces de enjugar las lágrimas de algunos e incitarlos a partir en su misma dirección:

“Descubrir el dolor ajeno y sentirlo como propio es el primer paso para convertirse en revolucionario; desconfiar de las apariencias y buscar tenazmente la verdad, el segundo paso; vencer el miedo, el tercero.”

Fragmento de la carta que Iván dejó a sus hijos en 1972

Papá Iván Roqué documental - Maldita Cultura Magazine

Imágenes por cortesía de María Inés Roqué

María Inés Roqué nació en julio de 1966, días después de que el teniente general Juan Carlos Onganía derrocara el gobierno democrático de Arturo Illia e iniciara la dictadura que él mismo bautizó como Revolución Argentina. Ante el golpe de Estado, las universidades de las principales ciudades reaccionaron con manifestaciones, y la policía federal argentina, bajo intervención militar, respondió apaleando brutalmente a estudiantes y profesores. En vez de reprimirse, mucha de la gente que conformaba los grupos de protesta en la Universidad aceptó que solo con violencia podría defenderse de la violencia de estado. Entre esta gente estaba Iván, el reciente papá de María Inés, maestro licenciado en Ciencias de la Educación, profesor universitario y rector de un instituto secundario en Córdoba. El 12 de septiembre de ese mismo año, la policía cordobesa mató a un obrero estudiantil, y Juan Julio Roqué, al que todos recuerdan ‘siempre impecable con un par de libros bajo el brazo’, integró un grupo de choque y agitación masiva al que bautizó con el nombre del joven asesinado: Comando de Resistencia Santiago Pampillón.

Un tiempo después, capturado, torturado y asesinado ya el Che Guevara, y tras tomar las calles el 29 de mayo de 1969 durante el punto de inflexión que para la historia argentina supuso el Cordobazo, Juan Julio Roqué fundó las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Córdoba. Tenía poco más de 27 años, pero ya sabía desde hacía mucho tiempo quién era:

“Recuerdo exactamente cuándo comencé a convertirme en revolucionario. Fue un día de invierno muy frío en que un compañero de la escuela cayó congelado en la puerta del edificio donde estaban las aulas. Yo tendría ocho o nueve años. Vi que ese chico tenía solo el guardapolvo escolar encima de una camisa rotosa. De pronto sentí una profunda vergüenza por mis ropas abrigadas, por mis zapatos y medias de lana. ‘Todos somos iguales ante la ley’, decía la maestra. Me comenzó a parecer estúpido ser iguales para la ley y no estar igualmente abrigados para aguantar el frío…”

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María Inés Roqué, de apenas cuatro años, preguntaba dónde estaba su papá, mientras otros se cuestionaban si Iván, el hombre que jamás representó a la autoridad frente a los alumnos, sino al diálogo, ciertamente era el asesino de Juan Carlos Sánchez, jefe del Segundo Cuerpo del Ejército. Las contradicciones no tienen por qué ser incompatibles: el teórico, el maestro que odiaba a la violencia tanto como amaba a la educación, recibió instrucción militar y dejó de sostener con sus brazos a los libros para disparar un fusil.

A pesar de las paradojas, el documental transcurre sobre una verdad absoluta: la vida familiar y la lucha armada son irreconciliables. La voz de Azucena Rodríguez, la madre de María Inés, resume afligida el motivo y subraya con ello el tema de la película: “Utilizar la violencia es inmolar tu vida, y la vida es para vivirla, no para inmolarla”. Papá Iván sacrificó la suya el 29 de mayo de 1977 en Haedo (Buenos Aires). Tenía 36 años, y probablemente al despertar aquella mañana conmemoró el octavo aniversario del Cordobazo y lamentó un día más sin ver a ‘su flaquita’ y a sus otros dos hijos, Iván y Martín. Pancho Rivas, su compañero en FAR y Montoneros pero sobre todo -como demuestra su mirada desconsolada- su amigo, asegura que si él hubiera muerto luchando habría deseado hacerlo como Iván: Juan Julio Roqué esquivó las cientos de balas que entraban por todas las puertas y ventanas de la casa; hirió de gravedad a varios agentes de las fuerzas de seguridad que tuvieron que ser auxiliados en helicóptero; encendió una hoguera y quemó todos los documentos que pudieran incriminar a FAR y Montoneros; tomó una pastilla de cianuro para dejar bien claro que solo él había acabado con su vida, y después de varias horas de combate explosionó la casa haciendo estallar una granada. Casi parece el heroico final de una leyenda, sin embargo se trata de la muerte de un hombre, el padre de una joven que llora su ausencia mientras realiza un documental.

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Si bien la película no destaca por su calidad técnica -María Inés la rodó como trabajo fin de carrera y por tanto con un presupuesto de estudiante-, el testimonio de las voces que componen su relato valió a Roqué el Premio Ariel al Mejor Cortometraje Documental. La cineasta no solo logró sentar frente a sí a las personas que mejor conocieron a su padre: ella también logró sentarse frente a quienes lo traicionaron y procuraron su muerte.

Al final de la cinta, María Inés Roqué se pregunta si la búsqueda y el encuentro con papá Iván no ha sido en balde. En mi búsqueda personal para construir este texto, encontré a una encantadora mujer que, para conseguir la verdad que buscaba su padre, lucha con los medios que le enseñó su madre, abanderando acciones políticas no violentas contra la violencia de estado. La mirada de un padre te construye aunque jamás la hayas visto, siempre y cuando exista una madre que te la describa tal como fue.

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